Etiquetas

sábado, 3 de febrero de 2018

Viejo corazón



Viejo corazón, cuantos dolores, cuantas añoranzas, cuantos deseos. Cuántas veces llamó la vida a tu puerta y no te atreviste a abrirle y hoy recuerdas con nostalgia esos momentos, pero la vida no se detuvo allí, continuó su marcha y poco a poco fuiste aprendiendo a hacerle frente. Las ocasiones que el placer de la vida se te escurrió entre los dedos de tu mano ya no volverán pero has aprendido que lamentarte no sirve de nada, la vida es como un río, es el mismo cauce pero el agua qué pasó por él nunca volverá atrás, aquella en la que te zambullas conserva tu nombre pero no todos aquellos que pasaron por ella. Viejo corazón, los años han pasado por ti pero ese agua siempre es nueva. Aquello que has ido ganando quizás lo ganaste gracias a tus pérdidas y hoy que sabes manejar tu cuerpo este ya no se mueve y las ocasiones para disfrutarlo ya no se producen, y hoy que has aprendido a utilizar tu boca, a prescindir de lo innecesario y a no dejar pasar la oportunidad de decir lo esencial, el silencio te envuelve y el vacío te ocupa. La vida se va convirtiendo en una llamada en el desierto y las ondas que la propagan se van alejando de ti y quién sabe si le llegaran a alguien y podrán serle beneficiosas. Viejo corazón, a pesar de todo, quieres creer en tu utilidad; en la vida creces al tiempo que disminuyes, cuando ya vas siendo nadie empiezas a ser alguien que nunca hubieras sido sin tus errores y caídas, sin hacerlos tuyos y entender donde se encontraba tu pecado.
Viejo corazón si el vacío te rodea que no inunde tu interior, si tu cuerpo se paraliza no dejes de moverte hacia el infinito, si tus gestos son incapaces de expresar los afectos nunca dejes de sentir, si tu voz se va apagando nunca ceses de pensar, si el final se va acercando no dejes de apurar cada instante. Viejo corazón, la vida se renueva en cada momento y con ello tu ocaso se abre a otros amaneceres, acompáñales, llegue tu final cuando tenga que llegar. Viejo corazón, en ese devenir tú siempre tendrás alguna novedad.

domingo, 21 de enero de 2018

Prejuicios





Cuando entró por la puerta de mi casa no pude evitar un sentimiento de rechazo. Era una persona que conocía únicamente de vista y la impresión no era buena. Lo recordaba a la carrera por la calle y escandalizando con dos niños pequeños de la mano y acompañado de un hermano mayor que él. Sabía cuál era su familia y creía conocer así como tenía que ser él. El trabajo para el que lo requería era demasiado delicado e íntimo como para que una persona como él pudiera realizarlo con un mínimo de eficacia y sensibilidad pero mi vergüenza me impidió decirle no en aquel momento. El no es una palabra difícil de utilizar cuando juntas prejuicios y una visión política y humana en su contra. Complicada de decir salvo que la enmascares con una retórica falsa cuya única intención es salvar tu reputación aunque sea engañando a los demás. Esa impresión era sólo eso, puro y estricto prejuicio. Afortunadamente no fui capaz de decir no y la vida me vino a demostrar hasta el aparente reducto de mi cama el evidente error que intelectual y humanamente supone el prejuicio, juzgar sin conocimiento por mucho que creas conocer; se trata de un recelo y monomanía que pertenece al mundo de  lo emocional y no al racional. Supone un orden jerárquico en el que tú te encuentras arriba y temes que semejante individuo venga a desbaratar tu poder y estabilidad. Repito, afortunadamente no fui capaz de decir no y esa persona sólo desbarató, para bien, parte de mis miedos y obsesiones, te das cuenta de la manera en como te forjas opiniones sin más argumentación que tus prejuicios de clase. También lo personal es político, la manera en como tú te enfrentas a los demás. Entendí muchos años después por qué esa persona corría por la calle llevando de la mano a esos dos niños y eso sólo puso de manifiesto su altura moral y la pequeñez de mi pensamiento.
Hoy soy un niño necesitado de muchos cuidados, alguien cuyo concepto de intimidad cambió hace tiempo, alguien para el que el sentimiento de pudor desapareció casi por completo, alguien para el que su situación necesariamente trastoca su forma de ver la vida. Afortunadamente no me sentí capaz de decir no y hoy es él quien me cuida, el que forma parte de mi intimidad y ante el que me replanteo muchos de los prejuicios que me han acompañado durante mi vida.
La mayor humanidad, la mayor sensibilidad, la mayor ternura la he encontrado en personas cuyos grupos sociales hoy y aquí pueden seguir estando cargados de esos prejuicios que vienen a complicarles la vida, me refiero a familias desestructuradas y económicamente cerca de la miseria o cargando directamente con ella, personas homosexuales en las que esta condición viene a agravar su problemática social, subsaharianos qué han tenido que luchar por hacerse un hueco en nuestra sociedad supuestamente no racista, musulmanes a los que en este momento se les mira con desconfianza por la supuesta amenaza que representan. Ellos son los que me han cuidado, de los que he aprendido a cuestionarme mi propio engreimiento, por los que me he sentido querido, en los que he descubierto la ternura, los que han acariciado y besado a este niño que hoy se encuentra en una edad difícilmente cuantificable pero claramente a merced de los otros.
Prejuicios que hoy leemos en las portadas de los periódicos se llamen como se llamen los grupos sociales que los padecen. Prejuicios que es el objetivo central a transmitir por los diferentes grupos políticos. Es el componente emocional el que viene a asegurar el voto y para eso es necesario identificar al enemigo, dejar claro quién es la amenaza, establecer un juicio ya mascado por otros que nos evite el esfuerzo de hacerlo por nuestra cuenta. Prejuicios políticos, prejuicios religiosos, prejuicios étnicos, prejuicios nacionales, prejuicios sociales que llamamos nuestra forma de pensar. Y aquí encontramos el que ha de ser nuestro principal esfuerzo: desguazar el motor que nos pone en movimiento para poder desmontar cada uno de los muchos prejuicios con los que se nos pone en funcionamiento. Enfrentarnos a la vida con nuestro propio pensamiento, aquel que sabe poner en cuestión todo lo que nos llega para abandonar lo que levanta barreras y quedarnos con lo que nos hace avanzar. Abrir nuestra puerta y dejar entrar al prejuicio para que vaya directamente a la chatarra y evitar que antes de tiempo quedemos oxidados.

martes, 9 de enero de 2018

El pulso




El cuerpo dice basta, la mente, continúa.

Basta, el río desaparece, su cauce se encuentra seco.
Continúa, las nubes anuncian lluvia, la tierra se abre a ella.

Basta, la carrera te ha agotado, cargas con demasiado peso.
Continúa, no es tu carrera ya, es por otros por quién la corres, la historia venidera te la ha arrebatado.

Basta, arrastras tus pies lentamente, prácticamente inmóviles.
Continúa, vuelas hacia rincones que no visitarás, el pensamiento se empeña en lo imposible, por eso continuas volando.

Basta, sueño es tu alimento, asfixia su digestión.
Continúa, ellos van realizando  aberturas en tu inutilidad que alivian tu ahogo.

Basta, ebrio de penas no hay oráculo que dé respuesta alentadora.
Continúa, no hay futuro, solo tu presente importa y este puede ser brillante e inagotable.

Basta, la fuerza del vendaval es ahora brisa tenue y delicada, el férreo músculo una tela deshilachada.
Continúa, tu debilidad es ternura, tu fortaleza reside ahora en tu sabiduría. Es ahora aquello que debes ofrecer.

Basta, el cuerpo se cae a pedazos, nada lo podrá reconstruir.
Continúa, los fragmentos de ti que vas dejando marcan el sendero de tu recuerdo.

Basta, la incertidumbre te ciega, la ansiedad te devora, el tiempo venidero deseas no verlo, no vale nada.
Continúa, atravesar la niebla redobla tu mérito. No importa tanto el lugar a donde llegues como aquel que vas siendo en el camino que recorres.

Basta, eres lo que haces, lo que ibas haciendo va cayendo en el saco del olvido. No eres nadie.
Continúa, no confundas hacer con el movimiento. Nada te impide amar, es posible tu sonrisa, tu pensamiento no está cautivo. Desde tu celda puedes transmitir la necesidad de cambiar.

Inevitablemente, llegará un momento en el que ambos se pondrán de acuerdo, ese será el final.

sábado, 6 de enero de 2018

Enclaustramiento



Hace unos días vi la película de Julian Schnabel “la escafandra y la mariposa” basada en el libro del mismo título cuyo autor fue Dominique Bauby que sufrió un síndrome de cautiverio cerebral tras padecer una lesión del tronco encefálico. En dicha situación el paciente está alerta y despierto pero no puede moverse o comunicarse verbalmente debido a una completa parálisis de casi todos los músculos voluntarios en el cuerpo excepto, como mucho, los ojos. El enfermo se ve enclaustrado en su propio cuerpo. Puede ver y oír pero no puede hablar ni realizar cualquier otro movimiento, la incomunicación es total salvo que pueda establecerse una vía a través de los movimientos de los párpados.
Mi esclerosis múltiple no llega a ese extremo pero poco a poco se va acercando. No llegará al mismo, al menos quedará el lenguaje verbal, la principal característica que diferencia a los humanos del resto de los animales. No obstante, la sensación de encontrarse cautivo en el propio cuerpo puede que sea inevitable, ya por fin convertido en mero espectador. En ese momento puede sentirse que la propia vida sobra, pero no la ajena, especialmente la vida en flor, la infancia que te mira sorprendida, puedes todavía ser protagonista en la sorpresa. Inmóvil, en silencio, te has convertido en el centro de atención para ellos y ellos para ti, su pujanza vital es puro espectáculo. La juventud, el genio que palpita en ella, la ilusión que tú dejaste atrás y que observas con condescendencia y cierta envidia. No te sientes con la dureza suficiente para quebrar ese sueño, no estás convencido de su imposibilidad y de la inutilidad del esfuerzo. Quizás todo pueda haber quedado en la inutilidad de tu vida para alcanzarlo. Escuchas el eco de tus palabras y a veces dudas de su sentido, temes que sólo sean sonidos vacíos. Sólo puedes transmitir pequeñas lecciones de andar por casa, el decaimiento físico pone en evidencia que también nuestra grandeza, si llego existir, decae, es la humildad lo que te enseña esto, lamentablemente en la segunda mitad de tu vida; es entonces cuando puedes deslindar el trigo bueno del malo, la mies sucia de la limpia, en ese esclarecimiento puedes irte quedando solo, por ley de vida, es la vejez o la muerte la que acude a separar los verdaderos amigos de ti, o puede tratarse de otra no menos ley vital: la huida del dolor, el miedo a ver el futuro que está aguardándote. Son  esas lecciones de quién es en verdad el pequeño y quién el grande, qué es riqueza y qué engaño, cuándo camino hacia delante y cuándo hacia atrás, cuando está justificado el orgullo y cuándo la vergüenza, cuándo es el largo túnel que lleva a la salida o el corto que desemboca en un laberinto. Es únicamente eso lo que puedes ofrecer: palabras, diálogo, escucha; algo devaluado hoy en día en el tiempo del mensaje breve, en el que a ti, con facilidad, te podrán tildar de abuelo cebolletas.
Puedes encontrarte atrapado en tu cuerpo, pero este, inmóvil, sigue estando ahí, y con él el deseo. El deseo del cuerpo en la otra persona. La juventud, la belleza del cuerpo humano en su mejor momento, poder contemplar su desnudez, el lento descubrimiento de la piel, de cada centímetro, de los rincones ocultos, el espectador privilegiado de la Venus, de Afrodita. Una caricia, un beso, una mirada tierna, Apolo inmóvil sufriendo en sí mismo la cercanía de la muerte con el único instrumento que tiene para ello: la imaginación, la cuerda a la que te agarras para no terminar de caer, para creer que no estás solo, que todavía la vida te regala. El pozo de agua en el que intentas en parte saciar tu sed.

Y con él la memoria, el recuerdo de aquello que te hizo feliz. Atrapado en este cuerpo, con una frágil memoria, sólo lo emocional es capaz de aportarme pequeños momentos de felicidad: la infancia de mis hijos, el recuerdo de su cuerpo en mis brazos, la casi vivida sensación del contacto con mis manos, el peso, su olor, su cabeza sobre mis hombros, los momentos de juego, el tiempo de lectura antes de dormir, las madrugadas en vela; tantas sorpresas y  regalos que mi mujer me ha aportado, tanto tiempo, tanto esfuerzo dedicado; el recuerdo de las personas han sido importantes en mi vida, ya sea  unos días, unas semanas, unos meses, unos años; aquellos momentos en los que he llorado de emoción; el cariño que percibo a mi alrededor. Ese recuerdo que suaviza tu vida al mismo tiempo que te hace más pesado ser una carga.
Enclaustrado en el cuerpo es contemplar la belleza, la alegría de vivir, su fuerza y dinamismo, lo que puede hacer merecer la pena un nuevo minuto de vida y los recuerdos placenteros que siempre otras personas te han aportado en el pasado los que justifican el tiempo transcurrido a pesar del dolor y las lágrimas que también han podido acompañarlo. Belleza y alegría, fuerza y dinamismo, la deidad que ha recorrido y recorre contigo esa vida.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Prohibido no ser libres





El sonido de la música es capaz de crear en ti el sonido de tus palabras. Fue pensar en la variedad de formas y sonidos que permite el jazz cuando creí entender su única prohibición: la de no ser libres.

Prohibido no ser libres

Prohibido llenarse de certezas y no dejar espacio para la duda y la interrogación. La certeza se convierte en dogma y el dogma en grilletes.
Prohibido ansiar un espacio en el rebaño y dedicar la vida a no quedarse nunca atrás. Terminaremos creyendo que el único olor en la vida es el de el estiércol.
Prohibido elegir el pensamiento de moda y evitar el esfuerzo de tener uno propio aunque diferente al de los demás. Copiar el pensamiento de los otros termina por hacernos olvidar la manera de generarlo.
Prohibido evitar los espejos por miedo a ver reflejadas nuestras deformidades. 
Prohibido tener miedo al miedo o de tanto temor terminaremos asustándonos del aire que nos rodea.
Prohibida la angustia de sentirse solo. La soledad puede ser la ocasión para encontrarnos a nosotros mismos.
Prohibido añorar los laureles y rechazar los dolores. Los primeros, si son artificiosos, nos reducen, los segundos nos pueden hacer crecer.
Prohibido silenciar la expresión, sea verbal o física, sea emocional o racional. Solo de esa manera llegará uno a ser ex preso.
Prohibido el recelo a ser señalado y el deseo de permanecer oculto en la masa. Olvidaremos aquello que nos distingue.
Prohibido hipotecar tu vida tanto que todo tu mañana sea siempre un pasado.
Prohibido decir sí a todo. De tanto bajar la cabeza la cerviz quedará agachada.
Prohibido el deseo de desear y la obsesión de acaparar. Olvidaremos todos los nombres, sólo recordaremos el nuestro.
Prohibida la prohibición de no ser libre, que tu única atadura sea el amor.

martes, 31 de octubre de 2017

EL SUR






Me siento despreciado, escupido, pretendiendo arrancar con ello toda la pestilencia que llevan dentro. Me siento subestimado, se me ha querido reducir a la nada por aquellos que se creen autorizados para mirarte por encima del hombro. Me siento desdeñado, expulsado con displicencia como si mi presencia perturbase el aire que es común. Se me ha querido engañar con hipocresía, argumentando valores en voz alta y quebrantándolos en silencio. Se me ha querido destruir sin aspavientos, en un bajo tono de voz, ejecutando con educación el crimen. Los del Norte son así, todo lo hacen limpiamente, cagan sin que su ano se manche, clavan la espada sin que la sangre les salpique, insultan y por la boca sólo les salen flores, recogen basura e inmediatamente esta se convierte en tesoro, levantan rejas y estas se convierten entonces en obras de arte por las que sólo ellos pueden entrar y salir. Como no envidiarles, como no desear su riqueza. Todos queremos ser Norte.
En la actualidad, en España, se refleja ese rechazo del Norte hacia el Sur, de Cataluña al resto de España, rechazo que no es solo nuestro sino el mismo que existe del Norte de Italia hacia el Sur, es el que se muestra en el muro de Estados Unidos hacia México y del norte de África hacia el África subsahariana, así como el que se refleja en la Europa que rehúsa acoger a los ciudadanos sirios y afganos o en la España que hace lo mismo con los que cruzan el Estrecho. El norte y el sur que se esconde en todos nosotros, sólo queremos ser Norte y queremos el Sur lo más lejos de nosotros. Ser Norte y si es posible con ínfulas sureñas, nacionalistas que pretenden separarse celebrando jornadas internacionalistas que hablan de unión, burgueses denunciando la pobreza del Sur y exigiendo la riqueza del Norte, ciudadanos con una ética reducida a una estética. El estigma que sufre el Sur es únicamente su pobreza y por ella es señalado. Los grupos sociales del Norte no se encuentran divididos por su adscripción a una clase social sino que están unidos por su territorialidad, dentro de esos grupos sociales unidos hay que incluir a los más pobres que rechazan con igual fuerza la llegada del Sur. El intento de independencia catalán se encuentra dentro de este juego, no hay derechos históricos, no existe sustracción económica aunque éste se realice bajo disfraz de progre. Es paradójico, patético y sonrojante que el Norte se atribuya el papel de víctima frente al Sur allá donde esto suceda.
El Sur existe y no lo podremos evitar, él será nuestra unidad de medida, no nuestras palabras sino como nos comportemos con él, como lo incorporemos a nuestro ser y a nuestro actuar. El sur nos interroga, nos mancha, nos golpea, nos ilumina, no nos deja vivir tranquilos pero se convierte en nuestra razón de vivir. Hoy que con razón tenemos esa queja de agravio, es el momento de mirar donde tenemos nuestro Sur.

miércoles, 25 de octubre de 2017

En segunda fila




Recibo la llamada mensual del Servicio de teleasistencia y sonrío mientras hablo con la mujer que está al otro lado imaginando que ella cree hablar con un anciano, pero yo, pienso, estoy lejos de ese momento. El tiempo transcurre pero uno cree que lo hace para los demás pero no para sí mismo. Los espejos se empeñan en desmentir esto. La juventud eterna no existe, la mujer del principio sí se encuentra hablando con un hombre mayor, desvalido, necesitado de una atención permanente. Aquel joven quedó muy lejos. El tiempo transcurre para todos.
Cuando no te mueves, cuando todo tu tiempo lo pasas en la silla de ruedas o en la cama, entonces sí es cierto que el tiempo pasa de ti, de alguna manera, te has ido quedando atrás. A tu alrededor la vida continúa, hay conversaciones, información, acuerdos, conflictos e inevitablemente tú no estás allí. A veces te llegan los ecos de las mismas, a veces no. Pareciera que tú vas perdiendo tu lugar, tu posición, en el grupo. No hay responsables, únicamente es el mundo que ahora gira de otra manera y en ese girar tú vas perdiendo vueltas. El hecho de que a ti se te vaya liberando de tomar decisiones no supone en realidad liberación alguna, a menudo, al contrario, lo que hace es generar ansiedad. Contemplas como te vas quedando atrás, en segunda fila, te das cuenta de que en muchas situaciones tu colaboración va a ser cero, en una urgencia tú puede que no seas una ayuda sino un lastre . Vas quedando relegado pero no por desprecio alguno, se trata de ley de vida, tu papel en ella va cambiando, tu presencia no deja de ser cualitativa pero inevitablemente pierdes peso cuantitativo. En la familia, paradójicamente, esa vida gira alrededor tuyo, el tiempo se regula en función de tus necesidades, pero, aunque tú seas el centro, tu iniciativa es nula, los pasos, las gestiones, son de los otros. Ellos viven para ti pero tú te planteas qué puedes hacer por ellos. Comprendes así la vivencia de muchos ancianos que se sienten fuera de lugar, ese mundo ya no es el suyo, carecen de vida propia, todo aquello que la conformaba parece haberse ido por el sumidero; la realidad les sobrepasa, ya no entienden qué pintan en ella más allá del incordio que suponen.
La segunda fila a la que ahora te ves destinado no tiene por qué suponer que tú seas tu propio sumidero, que te conviertas en un agujero negro que absorba todo lo que suponga vivir, ese agujero negro te absorbe a ti y absorbe a todo aquel que se encuentre a tu alrededor. La vida puede ser vivida desde el gallinero, no es el lugar que ocupas en ella el que determina tu derecho a la vida, eres tú, con tu actitud el que te puedes ganar el derecho de reivindicarla, como también te ganas, con esa actitud, el derecho a ponerle fin. Tu vida es también la vida de los otros, es en ellos donde puedes ver reflejado como te vas ganando esos derechos. Ya no eres el que eras, pero esa segunda fila no tiene por qué significar que seas menos, puede que te hayas convertido, fundamentalmente, en un espectador, pero es casi seguro que la vida te brindará momentos en los que puedas demostrar tu verdadera altura, aunque tu escenario haya quedado reducido a tu casa y el número de tus compañeros de obra sea cada vez menor.