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domingo, 31 de octubre de 2010

EL HADA


Dentro de la triste, rutinaria y gris realidad se pueden abrir espacios de luz. Las hadas (y los hados) existen, es necesario buscarlos. También dentro de nosotros mismos.


Laura llevaba años atrapada en el férreo cerrojo de la realidad. Una realidad en la que se repetían una y otra vez las mismas sombras, los mismos desalientos, la misma mirada desprovista de luz y de confianza en los demás. Las mismas rutinas una y otra vez acechándola sin descanso. Se levantaba cada mañana porque había que levantarse, desayunaba repitiendo desganadamente los mismos gestos, se enfrentaba cada mañana a una persona que en el espejo le resultaba cada vez más ajena, más lejana, a esas arrugas cargadas de dolor y a esas ojeras a las que se asomaba y sentía el vértigo de un mundo que cada día se le hacía más grande y extraño, más inabarcable, del que había ido perdiendo los pocos asideros que le quedaban. Cada mañana el mismo semblante inexpresivo, la misma sorda cadencia marcándole los tiempos y ella ejecutándola fiel y disciplinadamente, con el desapego y minuciosidad de quien ejecuta un papel que sabe que no es el suyo pero que, sin embargo, es el único en el que se reconoce. Cada mañana cerraba la puerta de su piso dando dos vueltas a la cerradura, comprobando que quedaba firmemente cerrada, bajaba las escaleras y se iba a trabajar.
No era así antes, pero tampoco sería capaz de determinar cuando quedó atrapada en este abismo sin rostro. Se trataba de un manto que la había ido cubriendo lenta y silenciosamente, sin que ella percibiera nada extraño, sin que dejara de ser ella misma, la misma que el día anterior, la misma de siempre. Y sin embargo, al cabo de esa continuidad hecha de reiteraciones y de lugares comunes, de reproducirse a sí misma una y mil veces, no se identificaba. ¿En qué momento se perdió? En qué momento perdió aquella niña que hacía de su mundo una fantasía permanente, que trepaba por sus sueños para escapar de la tristeza. En qué momento dejó de creer en las hadas.
Sin embargo, aquella mañana sí quedaría grabada en su memoria para siempre. No sabría recordar el día exacto, sí el mes y aquello que comenzó a removerse en su interior. Fue un mes de abril, la primavera ya había brotado en todo su esplendor, pero aún guardaba lo mejor. Cuando llegó al trabajo llevaba ya preparadas las mismas complicidades baratas que frecuentaba desde hace años con sus compañeros, la misma sonrisa puesta sobre su desdicha, el mismo recelo a todo aquello galopando en su interior. Se creía preparada para todo pero a veces basta una sonrisa para desarmar las frágiles durezas que nos creamos. Y eso fue lo que ocurrió.
Una sonrisa que no esperaba, diferente, nueva y libre de toda la carga de los sedimentos espesos y turbios que acostumbraba a descubrir en las otras sonrisas, en la suya propia; ese cieno al que se había hecho y que le hacía mirar la vida con un cinismo solidario en el que todos se coaligaban para esconderse unos de otros. Una nueva compañera había llegado. No se sabía cómo había aterrizado allí una extraterrestre. Se trataba de una mujer normal y a la vez diferente a todas, quizás porque el ejercicio de esa normalidad que decimos se ha vuelto cada vez más extraño. Tenía la tez morena trabajada a medias por la vida y por el sol. Era quizás lo primero que saltaba a la vista porque sugería una biografía muy distinta a las que le rodeaban. Se encontraba en plena madurez y sin embargo era todavía una madurez inocente que hubiera podido parecer en un primer momento mero producto de la falta de sucesos vitales, una inocencia coyuntural, expuesta abiertamente a los zarpazos de la vida, y perecedera, rápidamente perecedera, deseablemente por todos perecedera, necesariamente perecedera para ellos. Pero no. No sería así. Lo insólito se hizo familiar sin dejar su singularidad.
Desde el primer momento Laura sintió que aquella sonrisa, aquella persona, venía a resquebrajar ese cómodo terreno pantanoso en el que se había convertido su vida. Sintió un pequeño cautiverio que con el paso del tiempo se fue acrecentando, un poder mágico incomprensible, una fuerza que no era capaz de identificar pero que la fue tomando por completo, al principio cargada de una armadura de perplejidad que se iría cuarteando poco a poco.
Sin embargo, no era nada especial aquello que la atrapaba. Cosas de siempre (y cada vez parecía más que de nunca).Descubrió en ella una mirada distinta sobre la vida que fue recuperando de sus profundidades pequeñas actitudes que habían sido tapadas bajo espesas mantas de conformismos y mimetismos tranquilizadores y que fueron configurando un gran mosaico en el que lentamente se fue reconociendo.
Descubrió que no se es más por estar eternamente enojada, que levantar la voz una y otra vez para reclamar lo que se quiere o para manifestar su opinión no es carácter, es sin más mala educación y que se puede decir mucho más desde la tranquilidad y el tono de voz suave, que simplemente ya con eso decimos mucho más. Que estar siempre enojado nos amarga ese carácter y nos envilece como personas y nos hace perdernos lo mejor de la vida, los pequeños logros que vamos alcanzando y que son los que nos hacen saborear los deliciosos jugos que el tiempo se ocupa en irnos dejando a nuestro alcance.
Descubrió que las cosas raras veces se consiguen a la primera vez y que eso no es motivo para abandonar en seguida ni para descargar rápidamente la culpa de una manera despreciativa y simplista en el otro, sino que, desde la paciencia, es un momento para el reto personal, para quedar reflejados en él quienes realmente somos, quizás para equivocarnos y volver a equivocarnos, hasta llegar a acertar; que es momento para mostrar nuestro equilibrio personal, que a veces nuestro equilibrio personal se hace sobre la cuerda floja pero que debemos diferenciar: la que está floja ha de ser la cuerda, no nosotros.
Descubrió que los demás merecen y necesitan lo mismo que necesitamos y nos merecemos (aunque a veces malamente) nosotros, cariño y sus gestos aquí en la tierra de lo palpable: besos y abrazos; aunque ya nos hayamos hecho a este desierto de afectos y nos incomodemos con los que recibimos y nos lleguemos a incomodar (la burla no es más que un mecanismo de defensa) cuando percibimos que otras personas los prodigan.
Descubrió que en este mundo todos hemos nacido desnudos y que, por ello, todos somos iguales y que, incluso, el rey es poco para su siervo, y que al menos, la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero. Descubrió que poner en la práctica lo contrario no es ser juicioso, sino ser servil; que ser dictador con los débiles y pequeños no ser estricto, sino ser cobarde; y vino a darse cuenta desde la simple educación al contemplar atónita y maravillada a la vez, como ella trataba a todos por igual con la misma cortesía y respeto, fuera cual fuese su condición social o puesto laboral, su edad o la incapacidad física que tuviera. No hacía más (ni menos) a quien era más en la escala laboral, ni menos a quien estaba por debajo en esa misma escala. Descubrió que la visión de la vida se tiene en la práctica de la vida y que con los que son dados a los discursos grandilocuentes ocurre como con los del refrán que quién mucho habla mucho yerra.
Descubrió que negarse a participar reiteradamente no era signo de ser crítico e inteligente, sino de puro y simple escaqueo. Descubrió que quien encontraba siempre razones virulentas y militantes para escurrir el bulto sólo era realmente militante en eso. Que el verdadero pensamiento crítico y carácter se mostraba en estar siempre dispuesto a participar en todo lo que fuera bueno para el trabajo y para aquellos a los que les afectaba; y en no dejarse arrastrar sin más por las inercias que los dictadorzuelos de baja estofa llevaban a la mayoría, la mayoría también por miedo o por mera falta de opinión.
Descubrió con qué facilidad del árbol caído todos hacen leña y cómo se aprestan a seguir echando leña al fuego hasta cuando éste amenaza con quemarles y cuan interesados están algunos en hacer un mundo de pequeños problemas, pero cuanta hondura de ser hay en aquellas personas que siempre tienden a hacer más pequeños los problemas cuando son inútiles o gratuitos, cuando amenazan con no solucionar nada y llevarnos con ellos. Cuando ejercen de mediadoras entre las demás muchas veces con su mera presencia.
Descubrió que éste no es un mundo de hadas pero que sí existen. Las podemos encontrar escondidas en batas de médica o enfermera, sentadas tras otra de las mesas de nuestro despacho, enfundadas en un mono de mecánico, o dentro de las paredes de una escuela infantil; pero están ahí, sin conocer ellas mismas el poder mágico que tienen, siendo ellas mismas las sorprendidas del efecto que causan, pero cautivándonos para sus fines que no son sino para los que hemos nacido: vivir y transmitir la vida y las ganas de vivirla con profundidad y alegría.
Laura llevaba años atrapada en el férreo cerrojo de la realidad. Una realidad en la que se repetían una y otra vez las mismas sombras, los mismos desalientos, la misma mirada desprovista de luz y de confianza en los demás. Las mismas rutinas una y otra vez acechándola sin descanso. Se levantaba cada mañana porque había que levantarse, desayunaba repitiendo desganadamente los mismos gestos, se enfrentaba cada mañana a una persona que en el espejo le resultaba cada vez más ajena, más lejana, a esas arrugas cargadas de dolor y a esas ojeras a las que se asomaba y sentía el vértigo de un mundo que cada día se le hacía más grande y extraño, más inabarcable, del que había ido perdiendo los pocos asideros que le quedaban. Cada mañana el mismo semblante inexpresivo, la misma sorda cadencia marcándole los tiempos y ella ejecutándola fiel y disciplinadamente, con el desapego y minuciosidad de quien ejecuta un papel que sabe que no es el suyo pero que, sin embargo, es el único en el que se reconoce. Cada mañana cerraba la puerta de su piso dando dos vueltas a la cerradura, comprobando que quedaba firmemente cerrada, bajaba las escaleras y se iba a trabajar.
Pero esta mañana sintió al levantase el “clic” de un cerrojo que saltaba y vio que la luz entraba con más intensidad de la habitual por las rendijas de su persiana y que no había sombras, ni desalientos acechándola al levantar las sábanas. Se levantó y aquella mañana se hizo su primer regalo del día: una estupenda tostada con mantequilla y mermelada de naranja amarga (la única cáscara amarga que había decidido saborear durante el resto de las veinticuatro horas) con un buen café con leche bien cargadito y un zumo de naranjas recién exprimidas. Se miró al espejo y reconoció a esas arrugas y a esas bolsas en los ojos. ¿Cómo no había de reconocer aquel rostro si llevaba conviviendo con él más de cuarenta años? Reconoció esas arrugas y las hizo suyas, las reconoció una a una, sabiendo qué habían traído consigo: su vida. Esta mañana marcó un tempo distinto y se atrevió a coreografiar en el pasillo de casa unos pequeños pasos de baile. Cerró la puerta del piso dando dos vueltas a la cerradura pero sin comprobar si estaba firmemente cerrada. Total, para lo que había para llevarse. Bajó las escaleras y se fue a trabajar.
Aquella persona que un día aterrizó como una extraterrestre y que con su sonrisa y saber estar se quedó, le había enseñado día a día otro viejo refrán: que es de bien nacidos ser agradecidos. Por ello Laura sentía la necesidad de agradecerle a ella esta mañana y esas otras muchas que a partir de ahora se presentaban. Pero a partir de esta mañana ya no la vería allí, ya no estaba entre ellos aunque sentía que sí lo seguía estando, iba con ella en su interior. Nunca los dejará, nunca la dejará. Por eso, justo antes de dar esos cortos pasos de baile se puso a pergeñar este escrito que ahora, mientras camina llena de nerviosismo y emoción, lleva doblado en el bolsillo superior izquierdo de su camisa, justo delante de su corazón, para que ella lo pueda leer y reciba esas gracias una vez más.

viernes, 29 de octubre de 2010

EL VIENTRE DEL CABALLO




¡Que viene el neoliberalismo! clamaron aguerridas las huestes de la escuela pública y se aprestaron a defender con uñas y dientes la titularidad estatal de la escuela y con ella, sin hacer distingos, las viejas y rancias prácticas en ellas instaladas. Se trata de una provocación, es evidente, sólo quiero con ello empezar haciendo mención a que hoy por hoy la amenaza no se centra en el desmantelamiento institucional de la escuela pública, hoy por hoy, irrealizable, sino que se centra a corto plazo, más bien, en el modelo de escuela pública que queremos, y sólo a medio y largo plazo, sobre el carácter público de la institución educativa, si la escuela pública ha de seguir existiendo dentro de la esfera pública, si procede entonces su desmantelamiento institucional. Y dentro de ese cambio de modelo interesa saber cuál es nuestro propio aporte, de qué manera este complejo ideológico y político va colonizando también el pensamiento docente, va configurando, construyendo, su propia identidad como docente, y en concreto, como docente de la educación pública. ¿Qué queda del pensamiento neoliberal (neoliberal, neoconservador, ¡qué más da!) en el profesorado de la enseñanza pública? ¿De qué manera va introduciéndose en su propio pensamiento y va forjando la identidad docente? ¿Cómo cristaliza en esta identidad? ¿De qué manera, pudiera ser, que incluso los supuestos defensores de la escuela pública estuviéramos colaborando al hundimiento del modelo? Me atrevería a apuntar algunos rasgos que entiendo se van extendiendo entre el colectivo docente y que van construyendo un pensamiento más o menos ideologizado, que amenaza con convertirse en un pensamiento hegemónico y que en muchos núcleos se instala como pensamiento único.
Externalizar las responsabilidades. Una de los mecanismos exculpatorios clásicos del pensamiento neoliberal es la externalización de responsabilidades. Dentro de los conceptos clásicos de la economía está el de la externalidad o el efecto-difusión cuando la producción impone costos a otros que no son pagados por los que los imponen. Se trata de derivar los riesgos a asumir por la producción de un determinado bien hacia otros sujetos. La economía neoliberal se encuentra repleta de estas prácticas de externalización de los riesgos por las cuales se hace recaer en los consumidores, usuarios o en la sociedad en general en el caso de muchos bienes públicos, los riesgos (y sus consecuencias) propios de la producción de un bien. Externalizar es no hacerse responsable de las consecuencias de la producción de un bien. Esa externalización se ha convertido también en una práctica ideológica común por la cual se desvía la responsabilidad del fracaso en la producción de un bien (podríamos incluir la enseñanza bajo este apelativo) hacia otros sectores. Quiero recalcar que ese proceso de externalización se produce fundamentalmente en el fracaso y no en el éxito puesto que éste tiene siempre suficientes “padres”. Esta es la práctica política a la que asistimos en muchos procesos de descentralización o de fomento de la autonomía en los centros, especialmente cuando éstos no conllevan aumento de recursos más bien al contrario, en muchas ocasiones suponen un estancamiento o descenso de los mismos. Se trata de derivar la responsabilidad del fracaso hacia el profesorado. Esta filosofía política de la descentralización tiene lugar en un contexto de aumento de demandas por parte de la sociedad al sistema educativo; derivado de este aumento de demandas hay un aumento de las responsabilidades de los centros escolares y con ello de las funciones requeridas al profesorado. El discurso de descentralización supone que ante la opinión pública aparezcan los centros escolares como responsables únicos de la satisfacción de esas demandas. Ese fenómeno implica que al aumentar las exigencias (la escuela se ha convertido en la clave casi mágica de la solución de todos los problemas económicos y sociales y con ello la responsable última de los fracasos en esos mismos problemas) aumentan con ellas las culpas, y con ello se genera una reacción en el profesorado con diversas consecuencias, la primera de ellas es clara: el profesorado también practicará el mismo mecanismo de externalización de responsabilidades que viene sufriendo. La responsabilidad del fracaso de la educación puede aparecer en primer lugar en los propios alumnos, al fin y al cabo el empeño del profesorado en que aprendan no se trata sino de algo inútil, de donde no hay no se puede sacar, este es el sentir cada vez más común. Las capacidades innatas y familiares del alumnado se convierten en factor determinante del éxito o fracaso escolar. En consecuencia la externalización también alcanza a la familia, el profesorado requiere la colaboración ineludible del entorno familiar sin el cual cualquier labor docente es inviable. Es evidente la importancia que en la educación tiene las capacidades innatas del alumno y su entorno familiar, pero también lo es que inculpar a ambos del fracaso escolar supone un planteamiento determinista que conlleva una devaluación de la labor docente. El profesorado pretende conseguir su exculpación a cambio de negar su papel en el proceso educativo. El error de este mecanismo de externalización no reside en la búsqueda de diferentes responsabilidades de los fracasos, sino en la exculpación de uno mismo ya que esto pone de manifiesto dos cuestiones: en primer lugar, la falta de reflexión crítica y autocrítica, de dinámica reflexiva; y en segundo lugar, una pérdida de compromiso con el hecho educativo. Del mismo modo, argumentando esta externalización aparece una ideología del experto.
Ideología del experto. Asistimos en el pensamiento neoliberal al establecimiento de una blindaje del territorio. Frente a la visión política de la educación que otorga su cuota de poder y responsabilidad a la comunidad educativa, se reacciona defendiendo en ella el exclusivo dominio del experto. El experto es a la vez el técnico en la materia que defiende su espacio propio frente a intromisiones ajenas. En esa guerra de reparto de responsabilidades, el docente siente como una amenaza el que cualquiera pueda tener su opinión acerca de lo que procede en la enseñanza, sobre lo que está bien y mal, sobre las causas y las responsabilidades, es entonces cuando surge la retórica de la profesionalización, que como bien dice Mariano Fernández Enguita “no es más que la expresión débilmente sublimada del deseo de librarse de cualquier control externo, pero muy particularmente del control del público”. Carece de sentido que un técnico en la materia, un profesional, pueda ser controlado por quien desconoce lo mínimo en el dominio de la misma; “es profesional quien cuenta con un conocimiento exclusivo, incluso esotérico, en un ámbito determinado, en el cual los demás, y en particular el público, quedan por tanto relegados a la condición de legos”. Es así como nos encontramos con un proceso aparente de desideologización (que como no podía ser menos esconde su propia ideología) por el cual el componente ideológico explicitado y reflexionado se bate en retirada frente a una visión tecnocrática y pragmática. En el lugar central del conflicto generado por esta ideología (esto es aunque no se presente como tal) se encuentra el problema de la participación. Sin poderse oponer frontalmente a la idea de participación, el profesorado se siente ofendido por ser la única profesión a la que se le reconocen funciones de control y gestión a su clientela. En este desarrollo de una mentalidad de asedio (en terminología de Stephen J. Ball ) se produce de igual manera el cerramiento por “arriba”, esto es, la descalificación de las propuestas e iniciativas de políticos y teóricos (en este calificativo podemos incluir a personal muy variado, profesionales de la administración, catedráticos de Universidad, asesores de Centros de Profesores, trabajadores de equipos de apoyo...), bien argumentando el desconocimiento pleno del hecho educativo o la pérdida del contacto con la realidad que le hace perder de vista la complejidad y los matices de ese hecho. Se genera con ello una coraza teórica que sirve tanto para justificar posiciones como para descalificar supuestas o posibles agresiones. En la práctica se trata de un proceso de apropiación de la institución educativa por parte del profesorado. En esta visión de la educación (y de la sociedad) tecnocrática, cada especialista ejerce su dominio sobre un campo, con el único objetivo de alcanzar soluciones eficaces por encima de otras consideraciones de tipo ideológico o político y en la pugna por cerrar su territorio se opta por una concepción de profesionalismo como acotación de un campo exclusivo de competencias, en detrimento de una profesionalización entendida como el desarrollo de un conocimiento abstracto al servicio de las necesidades concretas de su público (M. F. Enguita ). El desarrollo de una ideología del experto no implica únicamente una lucha por el poder sino que conlleva también un cambio en la concepción de la educación al pasar ésta a ser considerada principalmente un problema técnico.
La educación, un problema técnico. La pregunta dominante en la enseñanza gira en torno al cómo habiendo dejado arrinconados en el rincón del olvido el por qué y el para qué. La educación se ha convertido en un problema fundamentalmente técnico, de dominio de herramientas y estrategias. Esta tiranía de lo tecnocrático extiende sus garras más allá del centro educativo y coloniza también las redes de formación permanente. En la gran mayoría de las actividades de formación (que no hay que olvidar en el contexto mercantilizado en el que se producen) el profesorado demanda recetas como si la educación fuera un mero dominio de técnicas independientemente del contexto en el que se desarrollan esas técnicas, del talante con el que se llevan a cabo, del sentido que adquieren (o no) en un todo. Recetas desproblematizadas en una educación desproblematizada. La paradoja es que la aparente obsesión por las técnicas tenida en un contexto en el que se ha perdido la reflexión ideológica y política, en un contexto de encastillamiento para lograr salir indemne de las amenazas y las críticas que vienen de fuera, degenera con facilidad en la rutinización. La educación sin el acicate ideológico pierde con facilidad su carácter innovador. La innovación requiere necesariamente un análisis y diagnóstico de la realidad, una reflexión crítica sobre la misma. Ese encastillamiento que persigue “dignificar” la profesión docente paradójicamente la devalúa al rutinizarla. El docente llega a lo más a ser un correcto aplicador de técnicas. Persiguiendo el sueño de lo profesional de la enseñanza, la realidad deviene en mecánico de la enseñanza; a lo más un correcto y digno mecánico, en la medida en que se ha separado la concepción y la ejecución del trabajo. El docente corre el riesgo de quedar limitado a mero ejecutor de técnicas ya establecidas por el saber común. Es conveniente resaltar la pretendida (e imposible) neutralidad y objetividad y sus consecuencias prácticas.
Vuelta al puro y duro instructivismo. Desde el discurso de la neutralidad sólo hay un paso hasta el instructivismo unilateral. El objetivismo pone el acento en aquello que puede ser claramente medido, la valoración implica cuantificación, en esa línea lo que se debe enseñar es aquello que se puede aprehender. El acto docente ha de ser un acto de asepsia en el que el maestro (profesor) no se ensucie con cuestiones que no competen a la función docente. El profesor rehuye cualquier cuestión que exceda en todo o en parte los límites del grupo clase o de la propia materia y marca con claridad cual es el territorio de su competencia, qué se incluye en él y qué no. Este comportamiento implica varios niveles de desafección. M. Fernández Enguita habla de la desafección hacia la organización para indicar que el profesor no quiere saber nada de nada fuera de lo que entiende es su cometido, la materia, el aula, evitando todas las funciones distintas de la instructiva y que tengan que ver con la dinámica del centro, en estos casos el centro no sería una comunidad de aprendizaje sino una suma de agregados con intereses particulares. Enguita incluye en estos casos el rechazo a la realización de actividades docentes más allá de su aula o materia (tutorías, orientación, apoyo...). Pero junto a la desafección anterior conviene hacer referencia a un par de ellas más.
Una desafección hacia lo transversal y extracurricular. Si en el discurso de renovación pedagógica de hace unos años se contemplaba este campo como una manera necesaria de completar la labor educativa que se quedaba corta, en la actualidad asistimos cada vez más a un rechazo del mismo. La labor docente viene marcada no sólo por los límites de la materia sino que está igualmente delimitada por el horario lectivo y el aula o, en el mejor de los casos, por el centro. Nada que se salga de esos tres límites es contemplado como propio de la función docente. Y también una desafección hacia la función educadora. El docente se va quedando poco a poco con la función instructiva, ahí establece su campo de competencia. El objetivo es ser un profesional libre, neutral y con una actuación impersonal. El experto burócrata tipificado por Max Weber.
Perfecto burócrata. Perfecto funcionario. La versión en el sistema educativo de este experto burócrata para Weber sería el de profesor como simple instructor, los valores quedarían reducidos al ámbito privado y la enseñanza pública se trataría de una enseñanza libre de valores que como afirmó Carlos Lerena conduce al reinado de los valores dominantes y a la dictadura del funcionariado. El funcionario se limita a aplicar una reglamentación legal, es ajeno a la realidad sobre la que trabaja y por lo tanto i-rresponsable de los desajustes que pudieran darse entre esa reglamentación y la citada realidad; tienen sus competencias perfectamente delimitadas de las que estatutariamente no debe salirse. Frente a la percepción de incremento de demandas al sistema educativo interpone la reglamentación, la limitación, el estatuto, la neutralidad... el muro.
En esa dictadura del funcionariado los expertos y la razón tienden a disolver la política, la educación y la cultura en un proceso de desencantamiento. En él los profesores se convierten en simples instructores dejando la educación en valores como asunto privado. Ese profesor-burócrata, por tanto, ha de regirse por la absoluta neutralidad. En el imaginario colectivo de los docentes aparece el funcionario como ideal, como referencia, establecido principalmente en tres aspectos, la limitación de su tiempo laboral, la limitación de sus funciones y la limitación de sus responsabilidades. Asistimos a un proceso de mimetismo por el cual el profesorado va adoptando esas características que cree ver en los funcionarios. El profesor se desentiende de todo aquello que ocurra más allá de su tiempo de presencia obligada en el centro. Se va estrechando el círculo de las competencias docentes al rechazar todos los aspectos transversales y extracurriculares; se van reduciendo las responsabilidades debidas a su función en un doble proceso, el de la externalización de esas responsabilidades que ya hablé al comienzo y en un segundo de extrañamiento, de alejamiento de la realidad, de desentendimiento de ella. Se produce un distanciamiento progresivo respecto al arquetipo de maestro permanente y respecto a la realidad escolar. El maestro cada vez más vive dos vidas, la laboral (que siempre se pretende que ocupe menos lugar) y la personal, cada vez más distante geográfica y psicológicamente de la primera, muy cerca de la figura del extraño sociológico que utilizaba Carlos Lerena para reflejar ese estar en la comunidad pero no formar parte real de ella.
Desencantamiento y conformismo social. El fenómeno del desencantamiento al que he hecho referencia no se trata sino la culminación de una tendencia histórica en el proceso educativo (y de la sociedad en general), la de encontrarse inmerso en un proceso de secularización. “Para que ser maestro sea sinónimo de ejercer la docencia, y para que la de enseñar sea una ocupación definida, ha sido preciso que el trabajo de enseñar, aprender, se desgaje de su primitivo tronco: un tronco en el que estaban confundidas las posiciones y papeles de, por de pronto, padre, director espiritual, maestro, sabidor o especialista, juez, médico y señor” (C. Lerena ) Ese proceso C. Lerena lo ejemplifica en nuestro país en la sustitución del término maestro por el de profesor, y posteriormente por su “replica secularizadora”, la de enseñante, “el último escalón en el que se borra el ser y aparece el mero hacer”. A la devaluación definitiva del término vocación le ha continuado el distanciamiento cada vez más profundo entre el ser y el papel desempeñado, A la desacralización (ahora total de cada uno de los rituales establecidos en la docencia) le ha seguido el desencantamiento. Al oficio cargado de deberes y cargador de las dolencias del mundo propio de una visión moralizadora y “sacerdotal” de la profesión le ha seguido el camino hacia la indolencia cada vez mayor propia de una visión “neutral” de una burocracia ajena a los desequilibrios de la sociedad. Ese desencantamiento libera a la visión de la realidad de magia alguna y genera dos consecuencias, la primera la dependencia de la racionalidad, pero de una racionalidad del burócrata, una racionalidad de medios, técnica, que pretende ser neutral; la segunda el conformismo social resultante, no importa lo que le sucede a los demás y, si importa, nada se puede hacer. Se adopta un fatalismo que conduce a la pasividad y al inmovilismo.
Individualismo exacerbado. “El culto al individualismo ha infectado profundamente la cultura ocupacional de los profesores” afirma A. Hargreaves . Ese culto al individualismo genera a la vez una cultura del aislamiento que limita profesionalmente al docente a la vez que es “el caldo adecuado para el cultivo del pragmatismo, la pasividad, la reproducción conservadora o la aceptación acrítica de la cultura social dominante” (A. I. Pérez Gómez ). Atrapado en la mentalidad de asedio el profesorado agudiza su aislamiento psicológico y con ello refuerza aún más (el modo de hacer docente ya está claramente orientado hacia el individualismo como consecuencia de unas condiciones físicas y arquitectónicas y una fragmentación horaria y disciplinar que fomentan el aislamiento) el aislamiento ecológico, generando el fenómeno de la balcanización (A. Hargreaves ) que supone una organización configurada en torno a espacios cerrados en la que se pierde la visión del conjunto del proyecto educativo del centro. Así organizada la escuela el profesorado siente que el tiempo de reflexión común, de preparación común es algo de escaso o nulo valor. Sin embargo, en la cultura escolar tradicional el individualismo se trata de una herejía teórica que es necesario al menos disimular, frente a él la colaboración y la colegialidad aparecen como claves fundamentales del proceso educativo. Institucionalizada esa colegialidad a través de órganos colegiados y tiempos comunes desde la cultura del individualismo deviene en una colegialidad artificial reglamentada por la Administración, que se vive como obligatoria, que aparece fija y limitada por un tiempo y un espacio y de la que se puede prever unos resultados perfectamente previsibles.
En el año 1992, J. Félix Angulo , proponía la imagen del Caballo de Troya para advertir de los riesgos que conceptos importantes y amplios, como calidad, igualdad de oportunidades, informática, podían tener dentro, y de la necesidad de ser muy cuidadosos y de colocar el discurso retórico que los justificaba en el objetivo de nuestra crítica, no fuera a ser que su interior nos sorprendiera al llegar la noche, antes de que los creyéramos conquistas y exigencias incuestionables de nuestra prosperidad, y antes de que lo que escondía delimitara y determinara los parámetros de nuestra reflexión y de nuestra práctica. Quizás ya no hay problema con todos esos conceptos y “conquistas” arriba mencionados, son moneda común, se dan por supuestos y se verbalizan con toda naturalidad, quizás el que resulta extraño es aquel que los cuestiona. No hay problema porque hemos convertido al caballo en Troya y lo que puede ser peor, a Troya en el caballo. Ideológicamente queda poco por conquistar. Parece que todos nos hemos ido a vivir al caballo, sin dejar de permitirnos el lujo de afirmar que lo seguimos haciendo en el corazón de Troya. Defendemos nuestras conquistas de las amenazas del caballo (de Troya) y lo hacemos desde la comodidad y las miserias en las que nos hemos instalado en el vientre del propio caballo. Hemos asistido a una disociación entre práctica y teoría a partir de la cual se ha hecho posible la existencia de prácticas similares recubiertas de discursos diferentes. Esto ha sido así porque en nuestra sociedad mercantil, el discurso con frecuencia no pasa de ser una escaparate para la venta o para el consumo que no refleja la realidad que se esconde detrás. La afiliación política, sindical, o la ideología verbalizada puede ser menos relevante que otras dimensiones de la existencia individual que reflejan con más fidelidad la base ideológica subyaciente de ese comportamiento y de la categoría social en la que se encuentra. Con frecuencia reivindicaciones laborales o pretendidamente educativas no sólo no han puesto en cuestión el discurso educativo dominante sino que, en buena medida, han colaborado a consolidarlo. Por ello, puede interesar más que la ideología públicamente expresada, los comportamientos micropolíticos concretos (el currículum oculto que aparece en cada una de las prácticas educativas, sociales, políticas, sindicales...). Es necesaria para lograr sobrevivir con cierta higiene mental, la recuperación de un discurso global y complejo que tenga en cuenta estos matices y que anime a su concreción en el mundo educativo. Nos toca intentar salir del vientre del caballo y dejar que el aire del amanecer nos sacuda el rostro y nos despierte, a pesar del frío que podamos sentir, a pesar de que podamos descubrir que estamos solos y de que los troyanos nos contemplan con pavor, extrañeza, desprecio u odio, asomados a los estrechos ventanucos abiertos en el vientre del corcel.

domingo, 24 de octubre de 2010

FUERA DE LA IGLESIA NO HAY SALVACIÓN


El axioma extra Ecclesiam nulla salus ―"fuera de la Iglesia no hay salvación"―, que enunció san Cipriano, es un dogma de la Iglesia Católica Apostólica Romana y fue introducido en el IV concilio de Letrán, en la bula Unam sanctam, de Bonifacio VIII y en el concilio de Florencia.
Leí hace tiempo un artículo del escritor Suso de Toro en el diario El País en el que en torno a una reflexión sobre vida y literatura realizaba la siguiente afirmación “…en España, con una cultura social fundada sobre la moral católica y que no exige coherencia a un autor: aquí más bien se le pide complicidad, lo leemos si es de los nuestros”. Un comentario que puede aplicarse ahora al revuelo levantado con la concesión del Premio Nobel al genial Vargas Llosa.
Es innegable el reflejo que tal axioma tiene en toda la política (no se puede aplicar otro nombre) que la Iglesia Católica ha practicado durante estos últimos años en España, y es innegable que tal política sólo responde a una intención de conservación de poder, de estatus, de posición social primigenia. Pero también es innegable que en una cultura social fundamentada en esa moral católica es extremadamente difícil erradicar un dogma que no en vano es un fundamento capital, un principio básico de una doctrina, de una manera de pensar, de una estructura de pensamiento y de comportamiento. Un dogma creado para controlar y que pervive en nuestra sociedad mucho más allá de lo eclesial, disfrazado a veces de secularización y modernidad.
Fuera de la iglesia no hay salvación. Fuera de la iglesia sólo hay pecado. Se trata de una necesidad de establecer una frontera ideológica entre un ellos y un nosotros. Ellos, por definición dogmática, siempre están en el error; la verdad no se encuentra en una creencia sino en un espacio. El cambio de espacio no modifica el axioma, fuera de este nuevo espacio, de esta nueva iglesia, no hay salvación.
Extra Ecclesiam nulla salus, qué si no esto representa todo el discurso simplista hasta extremos inclasificables, fuertemente sectarista que predomina en las iniciativas políticas, sindicales, eclesiales... Extra Ecclesiam nulla salus, es la necesidad del nosotros frente a un ellos, es la necesidad de un pensamiento líquido fácilmente moldeable y excitable, en el que faltan argumentos y sobran tripas. Vísceras sobre las que se construye la fidelidad que ha de premiarse. No se busca inteligencia, se busca complicidad. No se busca riesgo se desea seguridad. Un nosotros que nos justifica en la medida en que la existencia de un ellos da razón de ser a nuestra caricatura de pensamiento. Y sobre ese axioma hemos crecido y hemos ido construyendo nuestras instituciones y hemos conformado nuestra estructura mental y hemos conformado también nuestra estructura moral.
Sin embargo, sólo fuera de este axioma hay salvación, la del pensamiento crítico, la de la libertad, la del crecimiento moral y humano, la de la inteligencia; aunque sea a costa de la condenación de los mediocres agarrados a su tabla de salvación extra Ecclesiam nulla salus sin entender que sólo van camino de la catarata.

martes, 19 de octubre de 2010

CASI POEMAS (1)

No somos pura y dura racionalidad, todo nuestro ser se encuentra atravesado de cabo a rabo por las emociones y las expresamos aunque juguemos a no dejarlas ver, las vivimos, aunque se conviertan en un caldero hirviendo en nuestro interior; las sentimos, aunque a veces no queramos o no sepamos reconocerlas, es entonces cuando nos confunden, nos irritan incluso, aquella actividad en nuestro interior tan fuera de nuestro control.
Son difíciles de expresar a tarvés de las palabras algunas emociones, de verbalizarlas, su lenguaje, sobre todo, es el del cuerpo. Es difícil y es ahí donde entra en juego la poesía, aunque difícilmente se llegue a comprender lo que se escribe, lo que se lee. Quizás baste con llegar a provocar una emoción, si esto es así, el objetivo está logrado. Esa emoción, de igual manera difícil de expresar, también es poesía, aunque sea menor, como estos "casi poemas".


Si no eres frágil, quebradiza, débil.
¿De qué material sensible construiré yo mi coraza?
¿Con que ingredientes jugaré yo con la muerte?


* * *


El pájaro de tu nombre ha hecho nido en mi cabeza
y está incubando sueños de amanecer
mientras, el rocío de mis lágrimas moja su plumaje.


* * *


Has convertido en escamas de serpiente los poros por los que transpiraba la vida.
Temo la mordedura definitiva que nos envenene a los dos.


* * *


Entre el placer y el dolor me ha gustado cabalgar.
Más tormento cuanto más lejos te ibas.
Más deleite cuanto más te reencontraba.
La vida que se me había ido
eyaculaba con más intensidad entre tus brazos.
La locura más hiriente y la razón más lúcida
acechaban tras la puerta.
La locura cabalgando sobre Clavileño.
La razón sobre Babieca.
Y yo jugando a la vida.


* * *

Sordos de no querer oír,
ciegos de no querer ver,
mudos de no querer gritar,
asistimos impávidos al desfile de las cohortes de la mentira y el odio.
Pero la palabra tiene vida propia
y tiene que estallar.
Tiene que estallar.
O estallaremos nosotros.


* * *


He sido fiera rugiendo en la espesura.
He sido angustia hundida en el abismo.
Pero estoy cansado y he visto en mis ojos
el torpe desaliño de mi vida,
y sólo, ya, quiero ser ternura.
Sólo ternura.
Pero temo que las zarpas que me quedan desgarren mis caricias
y que el dolor se me haya enquistado y anegue la calma.

* * *

Ansiedad soy en ríos sin cauce
y torrentes encerrados en un pozo.
Vida sin poder vivirla.
Sueño de luz en mis tinieblas.

domingo, 17 de octubre de 2010

DIOS ES LAICO


Dios es laico, no tiene religión, no la necesita. Son los hombres los que se empeñan en inventarlas, en crearlas para poder atraparlo, entenderlo, o quizás gobernarlo. Esfuerzo inútil porque Dios es por definición inatrapable, inabarcable, incomprensible, ingobernable, se escurre entre nuestros dedos al intentar asirlo y sólo nos queda la sensación, quizás ilusoria, de que alguna vez llegamos a tocarlo. Nos queda el esfuerzo más o menos afortunado por llegar a comprender su silencio o por rellenar ese silencio con nuestras propias palabras y hacerlas palabras de dios, palabras de hombres que juegan con dios, que juegan a serlo. Soñé que fui a su encuentro y no pudo verme, y no pudo oírme. Se encontraba postrado en cama, inútil, desvalido, a mi merced. Se me cayó la ilusión de un Dios guiando y protegiendo mis pasos, orientándome. Estaba allí, vivo pero inerte. Incapaz de nada, salvo existir, totalmente dependiente de mí. Él (ella) lo hacía de mí, no yo de él. Yo podría protegerle o no, cuidarle, curar sus llagas, limpiar sus desperdicios, o cerrar la puerta e irme. Era sólo yo el que tomaba la decisión, él no me la reprocharía, estaba ajeno a ella. Yo debía elegir entre el deber de cuidarlo o la necesidad de abandonarlo. ¿Qué me obligaba a estar allí, a mantenerlo vivo? Bastaba cerrar la puerta para matarlo. Le hablaba, le contaba mis cosas, le pedía ayuda, confiando (o soñando o jugando a ello) en que aún en su estado me podía oír; era la necesidad de sentirme en comunicación con él, de tener la experiencia subjetiva de formar un solo ser, hablaba conmigo, hablaba con lo de él que permanece en mí.
Fue solo un sueño engarzado a ese otro permanente de la humanidad llamado Dios. Es pura fragilidad, pura realidad secular quebradiza y dependiente. Es sólo realidad secular, fuera de ella no está. Un gran agujero negro que desconocemos y en el que se encuentra atrapado y que atrae al hombre desde el principio de los tiempos. Un enigma al que nos empeñamos en darle forma humana para asirlo, como podríamos darle fórmulas matemáticas para hacerlo más lógico, como podríamos no darle forma y dejarnos interrogar por ese vacío.
Estamos solos ante la decisión de qué hacer con el mundo, con la vida, con los hermanos, con él. Nuestra es la responsabilidad de la decisión. No existe pero se empeña en seguir existiendo, en seguir dando lugar a las preguntas y motivos para el abuso de las respuestas, pero él o ella (el pronombre sólo es un intento de hacerlo cercano) no da respuestas, las tenemos que descubrir en el día a día, en las noticias que nos golpean, en lo que queremos ser o hacer de nosotros. Es pura laicidad, es patrimonio de todos. Sólo los que lo alejan del mundo se alejan de él, aunque lo hagan en su nombre y ostenten cardenalatos, utilizando lo que no pudo decir, lo que el hombre ha creído escuchar en el silencio, ver en la oscuridad. Huyamos de los que quieren construir un mundo gobernado por dios, por su idea de dios, porque sólo pretenden gobernarlo ellos. Porque él sigue ahí mudo, ciego, dependiendo de cada uno de nosotros, como el mundo y las personas que nos rodean.
Nos corresponde a nosotros la última palabra, somos responsables, somos libres, pero nadie nos librará de las preguntas, ni del dolor en la búsqueda de sus respuestas. Dios sólo sobrevive en la laicidad, los símbolos nos ayudan a expresarnos, pero nadie es dueño de ellos, ni los símbolos ni ese nadie puede o debe someternos. Son nuestros, puro invento de nuestras tinieblas para alcanzar la luz, pura necesidad del hombre que nadie nos debe arrebatar. Somos pura vida. Dios es laico.

viernes, 15 de octubre de 2010

EL RARO


Levantarse un día. Mirarse al espejo y descubrir allá enfrente, fuera de uno, un raro, no es fácil.


Pudieramos tener la tentación de huir, salir corriendo, pero no serviría de nada. Uno reconoce demasiado a aquel ser que le mira fijamente a los ojos. Estaría allá donde uno quisiera ir, agazapado contigo mismo en el oscuro rincón del armario, pegado a la sombra que va lanzada contigo a la carrera, presente en las imágenes que ves cuando cierras los ojos.


Un raro, demasiado vulgar como para brillar entre los demás y también demasiado distinto como para reconocerse en ellos. Quizás la peor especie de raro.


¿Cuándo toma conciencia uno de esa idiosincrasia? Cuando descubre que ya no forma parte de su “nosotros”. Todos necesitamos formar parte de un “nosotros” que nos acoja, en donde sentirnos a refugio, donde sentirnos, de alguna manera, mimetizado y descansar en ellos. Aflojar el rictus, desconectar el cerebro, y dejarse llevar. Pero no hay un nosotros. Poco a poco uno descubre que no tiene ese nosotros a su alcance, que no hay abrigo donde refugiarse, que no hay amparo colectivo donde esconderse de uno. Condenado a su mismidad. Condenado a reconocerse cada día en ese espejo y querer huir, a reconocerse y querer huir, a reconocerse… Condenado a no tener excusas, a ser uno siempre responsable de sus actos. Condenado a ser libre (dijo Sartre). Quizás sea esa la libertad: la condena de ser raro, obligado a ser distinto, a ser uno entre los demás. Siempre uno. Siempre un nosotros del que no formo parte. Siempre un nosotros.


¿Cuándo se aligera esa condena? Nunca. Siempre se encuentra desubicado. Cuando el raro encuentra su nosotros entre otros raros y se recrea en la identificación con ellos es porque también padece la enfermedad del gregarismo, y, a veces, con más intensidad; la misma necesidad eternamente humana de cada uno de nosotros: la del calor del establo. El raro es raro aún entre los raros., y para los raros. Pero uno aprende a encontrar en la condena espacios de desembarazo, caminos de emancipación, uno descubre que el atrevimiento le libera dentro de la cárcel, que la voluntad te excarcela. Que tu nosotros está formado de nombres propios, individualidades como tú; cuando aceptas y quieres hacerte responsable de tu circunstancia, cuando encuentras tu sentido en ella. “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, dijo Ortega y Gasset.


Entonces ríes y desconectas con una boca compañera, y sigues siendo tú, ese raro del espejo. Pero no importa, ríes.


Entonces lloras y te desahogas alrededor de un corazón amigo, y sigues siendo tú, ese raro al que estrangularías algunas veces. Pero no importa, lloras, y te desahogas.


Entonces también encuentras cobijo entre unos brazos amantes, y descansas, y te mimetizas, despareces por unos instantes, fluyes, eres cielo y tierra a la vez; y sigues siendo tú, ese raro que te acompaña siempre. Pero no importa, te sientes que, raro y todo, formas parte de la vida y ésta solamente tiene sentido si tú eres tú, raro, extraño, difícil, solo, uno… y abierto a todos.


Entonces quieres. Esta es la palabra que resume tanto discurso, la posada en la que desemboca tanta palabrería: quiero. Os quiero. Mi nosotros. Mis raros.


Asumes como objetivo de tu vida, la máxima y mejor expresión de la rareza, aquella que nunca alcanzarás del todo: ser bueno. Espontáneo y bueno, atrevido y bueno, sincero y bueno, amigo y bueno, crítico y bueno, solidario y bueno, misericordioso y bueno. Y descubres que es un privilegio poder llegar a ser raro y bueno a la vez.


Un día te levantas, te miras en el espejo y descubres en él a una persona que te sonríe con ternura, con la misma sonrisa tierna que tu boca esboza. Un raro, igual que tú. El raro de todos los días.


martes, 12 de octubre de 2010

ES LA DUDA MI EXISTENCIA

Es la duda mi existencia.
Dudo de todas las certezas,
no tengo siquiera derecho
a la certeza de la duda.
Dudo de las grandes palabras
que esconden la letra pequeña que te encarcela.
Dudo de las victorias,
ocultan poderosas claudicaciones,
tus propias derrotas.
Dudo de los halagos,
sólo cantan la cáscara que te recubre.
Dudo de los vendedores de verdades,
han de cobrarse tu ignorancia.
Sólo de vosotros no dudo,
que no me exigís grandes palabras,
que me sabéis derrotado,
que conocéis las partes podridas del fruto,
y aún así estáis conmigo,
y aún así me seguís queriendo.

lunes, 11 de octubre de 2010

UNA PERSONA MARCA LA DIFERENCIA

Lo más fácil que podemos hacer, siempre, es eludir responsabilidades, quejarnos, y puede ser que a menudo llevemos razón en las quejas; exigir, y puede ser que a menudo llevemos razón en las exigencias, y es necesario hacerlo, ¿pero puede eso hacernos i-rresponsables? En las mismas circunstancias, con las mismas limitaciones nos podemos encontrar con realidades absolutamente diferentes, la diferencia se encuentra en la persona que se encuentra frente a ellas. En cualquier oficio, en cualquier centro de trabajo tendremos la tentación de escurrir el bulto, lavarnos las manos, criticar a otros y dormir tranquilos. En cualquier labor y, por supuesto, en la educación. Hace tiempo tropecé con este programa sobre el profesor Toshiro Kanamori, en Japón, estableciendo con sus alumnos una relación emocional que les enseñe a vivir felices, sin esconder las luces y las sombras de la vida. Y ahí está él, mondo y lirondo, seguro que podemos encontrar pretextos, me los conozco todos, para no hacernos algunas preguntas esenciales: ¿qué podemos aprender de él? ¿Qué nos aportará personal y profesionalmente? ¿Qué parte de nosotros nos deja en evidencia?.


Por supuesto que es necesario en este mundo intercomunicado educar en y con las nuevas tecnologías. Es fundamental. Por supuesto que es necesario dotar a nuestras escuelas de más y más recursos que posibiliten salir de la rutina, diseñar nuevas estrategias, trabajar en la pluralidad de medios. ¿Pero qué ocurrirá si falla la persona? ¿Si fallamos nosotros? ¿No llegará el momento de preguntarse, ¿y ahora qué?. Ideas estrechas en bandas anchas. Canales que ayudan acomunicar que no comunican sino vacío. Medios destinados a la innovación que duermen el sueño de los justos o repiten las formas de ayer con adornos de hoy.


Una persona marca la diferencia. De cada uno de nosotros depende marcarla en uno u otro sentido y lo que estamos poniendo en juego es nuestra forma de ser, nuestras competencias personales reales, nuestra capacidad profesional, nuestra competencia emocional. ¿Quién forma todo esto? Entregamos herramientas novedosas, ¿a quién? ¿No es esta una ocasión (esta y siempre) para crecer humanamente? ¿No es esta una condición inexcusable para crecer profesionalmente?


Esto que podemos ver en estos vídeos también pone de manifiesto otra cosa, ¿qué clase de pesonas queremos educar? Aquí se encuentran los cimientos de cualquier otra cosa: personas felices, con empatía hacia los demás, con capacidad de relacionarse y de enfrentarse a los avatares de la vida. Después vendrá lo demás. ¿Quién forma esto? ¿Quién se atreve a esto?


Merece la pena verlo hasta el final.

video


http://www.youtube.com/watch?v=4e4ql4bnrT4 parte 2









sábado, 9 de octubre de 2010

INTELIGENCIA DE ESTABLO


Si la inteligencia hay que entenderla como la facultad de conocer, analizar y comprender mucho me temo que resulta cada vez más difícil encontrarla. Si la inteligencia está escondida, prácticamente han desaparecido los intelectuales. Los podemos encontrar enseñoreados en el supuesto cultivo de las ciencias o de las letras, instalados en el regusto de la superioridad, dominadores de un lenguaje críptico que a través de la oscuridad y del enigma les distancia del resto de sus mortales. Ésta es su gran paradoja, juegan a ser diferentes y al mismo tiempo se camuflan en su entorno, haciendo honor a la doble acepción del término. Caudillos de medio pelo temerosos de perder sus subordinados, intelectuales de establo que sólo sobreviven al calor del mismo. En esto han devenido los antiguamente llamados intelectuales orgánicos, en servidores de un órgano, en cautivos del pre-juicio.
Sois tan previsibles. Es todo tan aburrido. Son vuestras palabras tan huecas. Es tan degradante continuar oyéndoos. Es tan triste contemplar como surgen vuestros imitadores, como están siendo amamantados en el pesebre, como aguantan sin pudor el tufo del servilismo, como se selecciona al necio. Es tan insensato pensar que siempre lleváis razón por el mero hecho de ser vosotros, es tan rancia la película de buenos y malos que nos vendéis, son tan deprimentes los aplausos que os corean, es tan falso el concepto de fidelidad por el que os justificáis. Sois tan ciegos al no ver el abismo hacia el que vamos.
Da lo mismo la razón sobre la que se sustente ese comportamiento, el fin está en los medios y son estos los que educan. Unos y otros educan en la misma dirección: la suspensión del juicio, del pensamiento, la renuncia a la única facultad que nos hace humanos. El órgano que no se ejercita se termina perdiendo, la función que no se ejerce se olvida. Es en eso en lo que se educa, en la miseria intelectual. No pensar por sí mismo, no juzgar por sí mismo, no actuar por sí mismo. Es eso lo que vemos. Es eso lo que es. Un pensamiento propio que queda reducido al ámbito de lo privado no pasa de ser mera masturbación destinada al goce personal, a la autojustificación.
Pero la miseria intelectual ha de ser, por fuerza, miseria moral. ¿Por qué extrañarnos entonces de algunas cosas? Las palabras que utilizamos no son sino el velo que cubre lo que realmente somos, el cebo que arrojamos para nuestros objetivos, sólo tienen valor de cambio. Ese es el verdadero drama, el de la banalidad del mal, en palabras de Hannah Arendt, no hay reflexión sobre los actos, ni reflexión sobre sus consecuencias, se actúa por obediencia, por imitación, por tradición, siguiendo la estela de la masa en la que nos hemos disuelto. ¿Qué estamos construyendo? ¿Qué cimientos son esos? ¿Por qué no ha de poder repetirse la historia?
Es la soledad el destino del verdadero intelectual, quizás sea esa una de sus unidades de medida. Condenado al destierro, abandonado al desamparo. Y, sin embargo, es tanta la necesidad de los demás, son ellos los que le dan razón de ser, ¿cómo sustentarse en el equilibrio? ¿Cómo aguantar la tensión? ¿Cómo crecer en la incertidumbre? ¿Cómo estar más cerca de ellos desde su nostalgia?

viernes, 8 de octubre de 2010

ESCAPARATE

Puesto que mi otro yo me niega su llegada,
convenientemente reformado y libre,
desprovisto de muletas y de lastres,
dueño de su abrazo y su palabra,
feliz,
alegre,
vivo;
sólo me queda abrirme en canal
y exponerme a la vista de todos,
las vísceras sobre el mostrador y el interior desnudo:
la cicatriz que cruza la mirada,
el corazón parsimonioso y mudo que llora en todas las esquinas,
el hígado repleto de fracasos,
los pulmones cargados de nostalgias,
el rictus triste de la boca,
las manos paralizadas de impotencia.
Todas mis muertes en el escaparate
a la espera de que,
desde tu silencio,
me comprendas.

jueves, 7 de octubre de 2010

NO SÉ NADA

No sé nada, y hasta eso lo he olvidado.
No sé idiomas que me ayuden a introducirme en este mundo abierto y global.
No sé de fórmulas de etiqueta que me sirvan para escalar y evitar ser etiquetado.
No tengo conocimientos de ciencia que me sirvan para entender por qué soy sólo química.
He olvidado los nombres y hechos de la historia, me siento un naufrago en el tiempo.
No soy especialista en nada, un generalista perdido en cada minucia.
No me siento capaz de armar una estantería, de recorrer un pasillo, de levantar los pies del suelo, de poner un clavo del que colgar mis recuerdos.
Quizás ya no sea necesario. No tengo recuerdos.
Pero sí siento que un beso me hace levantar la cabeza y mirar hacia delante.
Que colocar mi mano en la piel de otro da sentido a lo que hago.
Que alguien coloque la suya en mí enciende mis poros y explican mi presente.
Que unas palabras hacen de caperuzas que te ciegan la realidad,
pero también pueden servir de aliento de vida; que ahora, para mí, sólo tiene sentido hablar las verdaderamente esenciales,
y las verdaderamente esenciales son las que hablan de mí,
de nosotros,
las que no esconden en retórica nuestras miserias,
las que nos dejan desnudos, a la intemperie, y dejan que el aire de la vida penetre por nuestro cuerpo.
Creo que sólo la sencillez nos hace libres,
Creo que no hay más credencial que el amor y más título nobiliario que la bondad,
que la sabiduría sólo surge a través de una mirada limpia,
que la unidad de tiempo no somos nosotros,
que en nuestras manos sólo está el reflejo que veremos en el espejo,
que nuestro aporte es una gota de agua en la inmensidad del océano
y que el océano se encuentra repleto de ellas, que es un producto de siglos.
Que la perdida de erudición me ha dado conocimiento
y que este conocimiento básico, simple, ignorante, físico, carnal, me ha hecho feliz.

LA NIEBLA DEL OLVIDO

Siento como la niebla del olvido cae sobre mí. Las palabras se escurren entre las grietas de mi memoria. No encuentro caladeros en los que pescar la palabra justa, el vocablo certero. Huyen de mi, trazando redes difusas, pero reales, en las que quedo atrapado pendiente de un verbo. En el final fue el verbo perdido. Las persigo y tropiezo una y otra vez entre la bruma. Sin ellas no soy, no existo. Rastreo el olor de su semántica buscando allí mi propio significado. Las atrapo y vuelven a escapar. Juegan al escondite mientras yo tiendo puentes hacia la nada. Se marchan una a una mientras contemplo exhausto como esa lenta llovizna de silencios penetra en mi mente. Y no están cuando las quiero tener, y no soy nada, sólo silencios.
Siento como la niebla del olvido cae sobre mi y los nombres que me han nombrado desaparecen en ella; sus rostros, sus gestos. Y desaparezco con ellos y me revuelvo entre el denso humo del olvido queriendo agarrar las palabras justas, sólo las importantes que me permitan sobrevivir con dignidad; palabras perdedoras sobre las que cimentar mi pequeña victoria. Ser yo perdido entre la niebla.
Siento como la niebla del olvido cae sobre mí y me va absorbiendo y contemplo mi propia desaparición. Sólo contemplo. Sólo contemplo. He sido. Soy nada.


Estoy diagnosticado de esclerosis múltiple desde hace nueve años, el texto anterior lo escribí hará unos seis. No es verdad. Hoy me encuentro claramente peor que en ese momento, pero sigo siendo. No sólo contemplo, soy actor y, en determinados momentos, soy también protagonista. Es por eso quizá por lo que ahora escribo esto, por dejar constancia de que estoy vivo y que toda la experiencia me aporta sabiduría, y que todo el dolor, paradójicamente, me aporta felicidad. Por eso lanzo este mensaje encerrado en esta botella al mar de Internet, por si alguien la encuentra y lo lee y le aporta algo, y le sirve de algo.