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martes, 30 de noviembre de 2010

REENCANTAMIENTO

Hace unos días, mientras contemplaba como espectador una obra de teatro para niños el comentario de uno de ellos me retrotrayó a mi infancia, sacó a relucir uno de los personajes que más miedo me producían, "el hombre de debajo de la cama". Yo nunca llegué a nombrarlo como tal, como el hombre del saco o el de los caramelos, pero estaba mucho más presente en mí que cualquiera de los anteriores. Se trataba de miedos, pero también de fantasía. Al mismo tiempo recordé un pequeño relato (un entretenimiento sin más) que escribí hace poco.

También hace unos días, hablando con un amigo, comentaba, más o menos, que la vida es un proceso personal hacia el desencanto, la pérdida paulatina de ese mundo mágico que nos rodea, la realidad no es encantadora, a veces puede llegar a ser cruelmente desilusionante, una travesía dolorosa hacia el profundo desengaño. Vivir en el desencanto es saber que el encantamiento no podemos esperar que nos venga de fuera, forma parte del crecimiento personal, de la lucidez, de la autonomía, de la libertad. ¿Significa eso que debemos renunciar al encanto? Nada de eso, significa que ahora nos toca a nosotros poner el encanto, ayudar a soñar, poner la fantasía (con los pies bien firmes en la tierra), echar a volar. Somos los protagonistas, los narradores de cuentos, los que tenemos que dar sentido al relato de nuestra vida.

Esta mañana he estado contando cuentos a niños y niñas de uno a tres años. ¡Qué gozada! Sus caras, su mirada, su complicidad, sabían que el relato solo era un juego del que disfrutaban cada uno a su manera, en silencio paralizados por el mero ir y venir de las palabras, gesticulando conmigo, riendo, disfrutando del pequeño miedo. Los años pasan sobre nosotros, a menudo parecen aplastarnos, robarnos cualquier resquicio de esa infancia que tuvimos, privarnos de la capacidad de soñar y de hacer soñar. El hombre es un animal simbólico, el principal instrumento para ello es la palabra, la que es capaz de envolvernos y trasladarnos al niño que fuimos embobado ante alguien que nos cuenta: "Había una vez..."


DEBAJO DE LA CAMA

Desde pequeño siempre fui un miedoso, especialmente me producían pavor las puertas abiertas de los armarios y los bajos de las camas. No era capaz de mirar en ellos. Por la noche, cuando llegaba la hora de acostarme intentaba reducir al mínimo de tiempo posible el trayecto hasta ella para evitar que una posible mano saliera de allí y pudiera atrapar mi tobillo. Necesitaba dormir completamente arropado, los brazos bajo las sábanas y las mantas, pensaba que si por azar o por descuido dejaba caer alguno de ellos era quedar expuesto, indefenso, al enemigo, esa mano saldría de allá abajo, cogería la mía y ahí empezaría todo. Nunca llegué a imaginar lo que vendría después simplemente sabía que aquello era el principio del fin. Es por ello por lo que los costados de mi cama siempre estaban completamente remetidos bajo el colchón, si algún resquicio quedaba yo me esmeraba en que no fuera así. No soportaba la idea de poder sacar un pie estando él ahí. Él siempre estaba ahí, escondido debajo de mi cama o encerrado en mi armario tras aquella puerta abierta. Tampoco aguantaba las puertas abiertas, por lo que antes de acostarme me apresuraba a cerrarlas con llave y, si por descuido, me tumbaba sin proceder a este cuidado, rápidamente me levantaba y en una carrera fugaz iba, las cerraba y volvía de un salto a encerrarme a buen recaudo dentro de mi cama. Una puerta abierta del armario era un puente desplegado hacia el misterio en el que siempre estaba él. No era un ser vivo, al menos viviente en ese momento; tampoco era monstruo alguno. Él era él, un muerto, al que no conocía, salvo en los días en los que la muerte de algún familiar o de algún conocido podía ponerle rostro por un tiempo al misterio. Pero el misterio siempre era amenazador, ante él se acababan los sueños de omnipotencia en los que uno se recrea en la infancia y era consciente de la debilidad, de la fragilidad absoluta ante Él. Puro miedo, temor de que ese mundo de seguridad y rutinas se acabara, que el mundo en el que era posible soñar se transformara en uno de perpetuas pesadillas. Él también me acompañaba en los pasillos oscuros, en las habitaciones vacías y silenciosas en las que cualquier mínimo ruido suponía una amenaza segura; en la planta superior de mi casa cuando mi madre me mandaba a ella a por alguna cosa. Yo pasaba por pasillos y habitaciones diciendo con voz suave, “ya me voy, ya me voy, ya me voy”, para aplacarle a él, para que, por aquel día me dejara salir de aquel aprieto. Y, por supuesto, me acompañaba en las casas vacías, cuando empezaba a quedarme en ellas y necesitaba ir encendiendo todas las luces de la casa para evitar cualquier zona de sombra.
Él, de alguna manera, no dejó de acompañarme nunca. He continuado con esa manía de remeter bien la ropa de mi cama que a mi mujer siempre le ha producido risa y de cerrar las puertas de los armarios; y en la soledad de una casa desconocida, si bien ya no he ido hablando, quizás porque me sentía ridículo, no he dejado de sentirme con el corazón encogido mientras me paseaba por las distintas estancias y escuchaba los crujidos de los suelo y de los muebles. Me ha costado toda una vida entender lo absurdo de esos presentimientos. La razón argumenta de modo irrefutable pero las entrañas del ser se resisten a aceptar esa argumentación. En el cara a cara entre unos y otros los considerandos y las pruebas llevan de manera incuestionable a una conclusión racional; pero luego, en la intimidad, cuando no somos sino nosotros y no nuestra máscara, la irracionalidad vuelve a apoderarse de nuestro ser. Me ha costado toda una vida aceptar el sin sentido de esta irracionalidad, que los muertos muertos están y no se encuentran para andar dando sustos a nadie.
Hace sólo unas horas que he fallecido y estoy como un pasmarote debajo de tu cama esperando no se qué momento. No está él pero estoy yo. Esperemos que no me cueste toda una eternidad aceptar esta nueva situación.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

VOLVER A MIS FRONTERAS

¿Quién no ha tenido y tiene dolores y tristezas en su vida? Podemos optar entre la amargura permanente y hacer las paces con ese pasado y presente. Dolidos por lo que nos ha hecho la vida, por lo que no hemos llegado a ser o por una actitud de aceptación paciente de las adversidades. El miedo a las palabras, ¿resignación?, quítémosle ese halo de sometimiento y de tufillo clerical que envuelve la palabra y quizás sí, resignación. La vida no es más que un encadenamiento de causas y azares en el que cada uno de ellos nos lleva a otro, una pequeña modificación, milimétrica quizás, tendría una repercusión multiplicada en nuestra vida, se trata de nuestro particular efecto mariposa, en el que el simple aleteo de una mariposa puede cambiar nuestra vida, la mujer que nos acompaña, el hijo que tenemos, los amigos que son, los pasos de los que nos sentimos orgullosos... Claro que en ese encadenamiento habrá cosas que ojalá nunca hubieran sucedido o que lo hubiesen hecho de otra manera, pero, ¿seríamos quienes somos sin ellas? ¿Tendríamos a nuestro alrededor las personas que nos rodean y nos sustentan, las que nos dan sentido, las que queremos? ¿Estaríamos dispuestos a prescindir de ellas? ¿Quéremos lo que tenemos? ¿Nos importa prescindir de ello? Las alegrías de hoy son también hijas del dolor y la tristeza de ayer. ¿Aceptaríamos renunciar a lo que somos por las hipótesis que pudiéramos haber sido? Se trata, si podemos, de hacer las paces con el pasado, que es también hacerlas con nuestro presente, dejar de mirar con rabia la vida, con resentimiento y darnos la oportunidad de sonreír y sentirnos agradecidos. No es mistificar los daños, se trata más bien de positivismo lógico mondo y lirondo, de una visión de la vida en la que no interviene ni Dios ni el destino, de un estricto desencantamiento no exento, sin embargo, de la posibilidad de mirar la vida con ternura y emoción, con una felicidad tranquila, con más compasión y caridad y de la posibilidad de seguir soñando.

Si volviera a nacer me gustaría volver a ser yo.
Cuando digo que si volviera a nacer
me gustaría volver a ser yo
no es una afirmación fruto de un arrebato narcisista,
quiero decir que me gustaría volver a recorrer los mismos senderos,
a recalar en los mismos puertos,
a tararear las mismas canciones.
Y sin embargo,
no en todos esos senderos he comprendido hacia donde llevaban,
ni he caminado hacia donde yo quería.
No en todos esos puertos he sido feliz.
No todas esas canciones la música mecía mis oídos.
Y sin embargo,
si volviera a nacer me gustaría volver a ser yo.
Y cuando digo que si volviera a nacer
me gustaría volver a ser yo,
quiero decir que me gustaría tropezar en las mismas piedras,
adentrarme en las mismas oscuridades,
sangrar por las mismas heridas.
Y sin embargo,
la locura no se ha apoderado de mi,
ni me he dado a la virtud del sacrificio
o he asumido el deber de la penitencia.
Quiero decir que ese yo,
a ratos grande,
en muchas más ocasiones mediocre;
a ratos bueno,
en muchos más momentos mezquino;
a ratos palabra,
en la mayor parte de los trances silencio;
está hecho de roturas y remiendos,
de sonrisas y de lágrimas,
de certezas y de incertidumbres,
de aciertos y de errores.
Mis remiendos,
mis lágrimas,
mis incertidumbres,
mis errores,
mi yo.
Pero no es ese yo con el que me volvería a encontrar,
no ese yo el que me seduce,
el que me atrae.
Cuando digo que si volviera nacer
me gustaría volver a ser yo
quiero decir que me volvería a encontrar contigo
y no sólo alrededor de tus luces
sino también entristecido atravesando tus sombras,
y no sólo cobijado entre tus brazos,
sino también expuesto a tus tempestades,
y no sólo recorriendo contigo las verbenas,
sino también asomándome contigo a los precipicios.
Y cuando digo que si volviera a nacer me volvería a encontrar contigo
quiero decir también ellos.
Tú eres la puerta que me hace descubrir este yo.
Sin ti, sin ellos, yo no sería yo, sería otro.
No digo peor, no digo más triste,
digo que otro,
en quien no me reconozco,
en quien no te reconozco,
en quien no les reconozco.
Sería otro yo limitado por otras fronteras.
Pero son éstas las fronteras que yo elijo.
Las fronteras del corazón,
de este corazón viejo y canoso
que si volviera a nacer
le gustaría volver a ser él.

lunes, 22 de noviembre de 2010

EL DOLOR

He estado en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, danza atonal de sillas y camillas sobre ruedas, asomado al precipicio donde, supuestamente, acaba la vida, contemplé que la historia continúa, tras el punto de inflexión, la biografía se rehace, o, quizá, comienza, gracias a las magulladuras, deja de ser una «biografía de páginas en blanco», se hace humana.
¿Hay algo más humano que el dolor y, sin embargo, hay algo de lo que huyamos más? El dolor, el espectro horrible que nos amenaza permanentemente y ante el que cerramos los ojos, desviamos la mirada, callamos, jugamos a olvidarlo, huimos. Construir la quimera de una sociedad no sufriente. Esa alucinación colectiva en la que moverse como autómatas obligados a la felicidad, a la euforia perpetua (Pascal Bruckner. Editorial Tusquets). La sociedad de la eterna juventud, huyendo de la madurez perseguidos por el paso de los años, una adultez infantilizada, pueril, simple, actuando en el teatro del artificio, de la superficialidad, del fingimiento. El sufrimiento con el que no deben entrar en contacto nuestros hijos, hay que mantenerlos en una burbuja ideal en la que la vida no golpea, sólo acaricia; no llora, sólo sonríe. Tapar los ojos, que la retina adorne la sensación luminosa que percibe y la transforme en un impulso nervioso carente de sentido, que no aporte significado, que no exista.
Pero el dolor, ese desconocido, llega, siempre llega, bien de una forma sutil que se va instalando en nuestras vidas o rasgando de golpe la pantalla en la que creíamos contemplar la película de nuestra vida, brutalmente, sin dejar margen para la respuesta, sólo para la conmoción, el aturdimiento, el silencio, el llanto. ¿Y cómo responder a él si no hemos aprendido a reconocerlo? ¿Y cómo convivir con él si lo hemos ido convirtiendo en una ficción, peter panes escapando del tiempo? Cómo entender que forma parte de nosotros y que sólo con él seremos capaces de rellenar las páginas de nuestra biografía, que nos ofrece la oportunidad de crecer, de ser mejores. Releer nuestra vida, cambiar nuestra mirada, resquebrajar la coraza y hacernos más sensibles, encontrar la fortaleza en sabernos vulnerables. Compañero de existencia del que no podremos desprendernos, pero que no por ello impedirá nuestra felicidad, la tranquila felicidad que no es impuesta sino conquistada, aceptando, paradójicamente, el regalo que el dolor nos hace. Esa felicidad que es acceder a un estado de calma, que no es incompatible con la tristeza, que se dota de un estado de alegría y buen humor que no sobreactúa. El dolor que nos permite descubrir el valor de la ternura, de la sonrisa, de los afectos, de la palabra, del gesto.
No se trata esto de un canto al dolor, quisiera que fuera, únicamente, un canto a la vida (dolor y muerte en ella, familiares incordiantes e imprescindibles que nos hacen ser nosotros) Hace diez años fui diagnosticado de esclerosis múltiple, en todo este tiempo he ido perdiendo autonomía, mucha autonomía. Hoy soy una persona dependiente. He tenido que renunciar a tantas cosas, tantas cosas que hoy contemplo desde la distancia y también desde la indeferencia. Pero esas pérdidas no me han dejado vacío, se fue lo accesorio, ha venido lo imprescindible. Estaba ya aquí pero quizás no lo veía. Se rasgó mi pantalla, me asustó lo que vi detrás, me acobardé, quise huir, pero la tolvanera fue pasando, los miedos se fueron asentando, miré los fantasmas y sólo eran dolor, simplemente dolor, ese viejo compañero del hombre. El vacío se rellenó y hoy me siento más satisfecho con lo que soy, con lo que tengo, también felicidad, también su dolor.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

CASI POEMAS (3) AÑORANZA DE UN CUERPO

He atrapado al vuelo el pájaro de fuego.
Lo he desplumado poco a poco,
llamarada a llamarada.
He acabado yo reducido a cenizas.


* * *

Soy cuerpo hambriento de caricias.
Tocadme, besadme, lamedme, sobadme.
Frágil esquife perdido a la deriva.
Mordedme, arañadme, rompedme, violadme.
Curvas sin dueño, torrente sin vía.
Cogedme, domadme, desgastadme, atrapadme.
Huérfana piel de deseo sin medida.
Rozadme,
sentidme,
queredme,
abrazadme.


* * *


Quiero ser sólo carne,
sensaciones primarias y placenteras,
barro que moldear con las manos,
soplo, aliento vital,
enredaderas creciendo entre los cuerpos,
abrazo apasionado y sudoroso,
mirada y verbo encerrado en ella.
Se me han rebelado las palabras,
el pensamiento me ha hecho preso

* * *

Atreverse a sentir. El riesgo amar.
Hacer de las entrañas, de ternura
volcán inacabable, ligadura
de soledades
Atreverse a soñar

* * *

Cuatro es el número.
Cuatro es el número que aporta sentido a dos.
Cuatro es el número que aporta luz a la biografía.
Cuatro es la crónica de un sueño.
Cuatro, descosiendo nevadas.

* * *

Sobre el pasado construiremos avenidas de futuro,
sobre las lágrimas vertidas un océano de sueños y de vida,
sobre los rostros ausentes unos genes de memoria subversiva,
sobre las heridas abiertas mil enredaderas de abrazos y caricias,
sobre el dilema del olvido un tapiz de recuerdos que germinan,
sobre el dolor de la existencia pariremos ternura, vida, vida.

* * *


Quiero convertirme en tu alumno, que tú seas mi maestra,
que me adentres de la mano en los secretos de tu memoria,
que me expliques con detalle cada suceso de tu pasado,
que me enseñes sin pudor cada milímetro de tu cuerpo,
que me inicies en los saberes necesarios para ser tu cómplice,
en los valores que tú exiges para ser tu confidente,
en las virtudes que necesitas para ser tu compañero,
y, después, que me hagas repetir una y otra vez, este curso maravilloso.


* * *

Soy un hedonista que no ejerce,
arquitecto del placer viviendo a la intemperie,
fugaz sombra de los sentidos,
reo de la razón,
exiliado en los sueños,
patrón de un barco a la deriva de todas las marejadas,
muerto deseando vivir,
vivo deseando morir.

* * *

Pensaba entrar en una fortaleza
y sólo era un castillo de naipes.
Se vino abajo en cuanto mi deseo sopló sobre él.
Quedaron todas mis miserias al descubierto.

* * *

EL DERROTADO

Sentado cómodamente en mi sillón de derrotado,
con mi discurso de derrotado,
con mi agrio gesto de derrotado,
con la escondida satisfacción del derrotado,
sólo me queda pedir perdón a las víctimas de mi felicidad.

domingo, 14 de noviembre de 2010

SAHARA

Es duro escuchar a José Luis Rodríguez Zapatero decir que “los intereses de España son lo que el Gobierno tiene que poner por delante”. Al menos es de agradecer la claridad (y crudeza) con la que expone una realidad de siempre, nuestros intereses siempre son lo primero, aunque ello suponga renunciar a lo que siempre has defendido, mirar hacia otro lado, dejar en la estacada a personas que sufren y que esperan algo de ti. Mejor no moverse si ese movimiento puede suponer perjuicios para ti, ¿y qué es España sino tú?, ese que tampoco estaría dispuesto a soportar daño alguno, siquiera molestia, por un problema que puede llegar a considerar que es únicamente de otro; ese que hoy sale a la calle reclamando los derechos de esos otros y mañana lo haría por sufrir las consecuencias de su defensa, sin llegar a establecer lazos de causalidad entre una y otra cosa, siempre a salvo la dignidad intelectual y moral de uno; ese que hoy aprovecha para realizar declaraciones furibundas por la desidia y mañana por la iniciativa, sin contradicción alguna porque la clave no es el análisis de lo que digo sino el objeto de mis críticas. Y los intereses de España son también los intereses de mi partido, la necesidad de seguir amarrado al poder (¿de qué sirve estar en el poder si constantemente he de renunciar a lo que quiero hacer con él?), el silencioso y sinuoso proceso de acomodación en el pensamiento que desde el poder se defiende, la obligación de tener contenta a la mayoría, en una deriva hacia una ¿ideología? simplista y gratificante que pueda proporcionar réditos políticos.

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Son los réditos políticos los que provocan las descaradas tomas de postura de los Rajoy, Cospedal, Pons y compañía. Empezamos en la perplejidad cuando oímos a la Dolores que el Gobierno español tiene que estar al lado del pueblo saharaui, o vemos con asombro la desfachatez con que Esteban se suma a la cabecera de la manifestación de este sábado pasado o las descalificaciones superlativas a las que Mariano nos tiene acostumbrados. Perplejidad que ya empieza a generarnos ganas de vomitar, de vomitar la hipocresía que quieren vendernos como verdad, la sobreactuación que quieren que aparente naturalidad, la perversidad que quieren hacer pasar como compromiso. ¿A qué jugamos?

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Jugamos a que los otros no nos interesan, los débiles, los que no tienen nada que ofrecernos, sólo nos incomodan; nos pueden servir, acaso, de pin que colocarnos en la solapa o momentáneamente en nuestras vidas, pero que preferimos permanezcan allí, con sus problemas, con sus dolores y sufrimientos, donde estos, a lo más, son portada de diarios o noticias lastimosas de telediarios. Los pobres siempre han sido un estorbo para todos, porque los beneficios materiales siempre vienen de los ricos y poderosos y es con ellos con quienes interesa estar a bien, porque el dolor cercano termina por desagradarnos, por contrariarnos, porque suponen una amenaza para nuestro nivel de vida y para nuestra calma, para nuestros periodos de bonanza. Por eso, siempre mejor allí, en su desierto, con sus calamidades que periódicamente podamos atender, con sus reivindicaciones que ocasionalmente nos permitan ser “solidarios”; sin ser conscientes de nuestro propio desierto en el que terminaremos, antes o después, derretidos por nuestra falta de valores o devorados por nuestro exceso de grasa.

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miércoles, 10 de noviembre de 2010

DIÁLOGOS EN LA TERTULIA


- X es mi mejor alumno, ha sido capaz de asumir todos y cada uno de los argumentos que he intentado transmitir. Me siento enormemente contento. Podría dejarle impartir mi clase con toda confianza, sería capaz de reproducirla como si fuera yo mismo – afirmó satisfecho el profesor Z.
- Yo me sentiría horrorizado pues también sería capaz de reproducir mis errores.


- Siempre he deseado transmitir un espíritu crítico en mis alumnos y creo que lo he conseguido, X sería capaz de reproducir mi discurso punto por punto- afirmó el profesor Z mientras se arrellanaba ufano en su asiento.
- Sin embargo, para mí, si X reprodujera mi discurso literalmente yo pensaría que me he equivocado, que no he sabido transmitir lo que quería. Si hubiera conseguido transmitir un espíritu crítico, X debería empezar por ser crítico conmigo.



- En mi juventud pensé A, cuando maduré mi pensamiento derivó a B, ahora en mis cincuenta años creo que la posición correcta es C. Puedo estar satisfecho de haber sabido girar siempre hacia el pensamiento correcto.
- Yo también he ido evolucionando de esa manera pero eso sólo me ha llevado a la conclusión de que hoy y siempre estaré equivocado.



- En mi juventud pensé A, cuando maduré mi pensamiento derivó a B, ahora en mis cincuenta años creo que la posición correcta es C. Puedo estar satisfecho de haber sabido girar siempre hacia el pensamiento correcto.
- Yo llegaría a la conclusión de que el martillo de herejes que fuiste y que eres empezaría por castigar al hereje que siempre has llevado dentro.



- F es un orgullo para todos, casi en la tercer edad sigue pensando de la misma manera que cuando era joven.
- Yo me asustaría, para mí, si es así, o F tiene el corazón de pedernal o la inteligencia de un mosquito.


- ¡No os dejéis engañar el partido A sólo pretende manipularos. Todo lo que propone es mentira! – clamaba el orador del partido B desde la tribuna.
- ¡Tenerlo claro, el partido B siempre está equivocado, sólo os llevará al precipicio! – pregonaba el predicador del A desde el púlpito.
- Pensadlo bien, para mí ambos tienen un pensamiento común y se llama estupidez. Es allí a dónde ambos se encuentran y adonde os quieren llevar.


- Ese hombre es mi Dios.
- ¿Ese hombre nunca tuvo miedo? ¿Ese hombre nunca dudó? ¿Ese hombre nunca tuvo deseos? ¿nunca hizo el amor? ¿Ese hombre nunca estuvo enfermo? ¿nunca tuvo las servidumbres humanas? Si es así nunca fue un hombre. No crees en ningún Dios, sólo has construido un ídolo.


- Estoy en manos de Dios, haga el de mí lo que quiera.
- Yo, sin embargo, pienso que es Dios el que se encuentra en mis manos, es mía toda la responsabilidad, puedo hacer de él lo que yo quiera. No tengo escapatoria.




- Es un sinsentido estudiar para olvidar.
- Es necesario que el conocimiento muera para que nazca la sabiduría.
- No te entiendo.
- Las plantas y animales también mueren y las bacterias y hongos se aplican en su descomposición. La descomposición de los restos orgánicos genera el humus. Un suelo rico en humus producirá una vida rica a partir de él, en los cultivos, en la vegetación, en los animales.
- Sigo sin comprender.
- Lo aprendido se descompone y desaparece pero produce un suelo mental y espiritual rico en el que surge la sabiduría.


- He pensado tantas cosas en mi vida y de tantas me he ido dando cuenta que estaba equivocado. Hoy mantengo un puñado de certezas, la mayor de ellas es que sigo estando equivocado, sólo será cuestión de tiempo que pueda descubrirlo.


Si las células de mi cuerpo pudieran razonar yo sólo sería para ellas una hipótesis indemostrable.


- Desearíamos que dieras una lección a nuestros alumnos.
-Lo siento yo ya no doy lecciones. No tengo nada que enseñar. Sólo aspiro a que los demás puedan aprender algo de mí, aunque sea de mis errores. Esa quiero que sea mi tarea hasta el final de mis días.

domingo, 7 de noviembre de 2010

LA UNIDAD DE MEDIDA


Yo soy la unidad de medida, así reza la máxima del egocentrismo cultural y social dominante entre nosotros. Mi pensamiento fluctuará sin llegar a entrar en crisis en función de lo que yo considere mis necesidades, nunca me enfrentaré a posiciones contradictorias pues todas ellas se encontrarán bajo un mismo manto, yo. Las amenazas que pueda sentir, los miedos que me atenacen no harán sino aportar argumentos a esa amalgama de pensamientos que terminará solidificándose tras fundirse a gran presión en mi interior. El magma, formado a la par entre la cabeza y las tripas y que llevará a posiciones extremas y primarias. Ese yo es esencialmente conservador, ejerce de freno permanente, y, en su cara más elemental y rudimentaria llegará a ser de naturaleza fascista. Y, sin embargo, aquí encontramos la paradoja, la unidad de medida se encuentra alimentada por etiquetas supuestamente antagónicas: conservador, progresista, derecha, izquierda, pasivo, reivindicativo. Todas ellas vienen a sustentar, en buena medida, ese gran pensamiento único capaz de presentarse bajo diferentes rostros y de venderse con desiguales propagandas. La clave de esa paradoja quizás podamos encontrarla en un concepto rico y envenenado a la vez: los derechos adquiridos. Vivimos en una sociedad cómodamente instalada, formada por unos individuos absolutamente remisos a permitir un paso atrás en sus derechos. En una sociedad que ha crecido gracias al empobrecimiento de otras, a su despojo, y el crecimiento de estas últimas difícilmente podrá darse sin el deterioro de las primeras, sin la perdida de bienestar de sus ciudadanos, sin renuncias, sin la merma en derechos adquiridos. Es aquí donde entran las tripas, hay derechos irrenunciables, pero hay otros que no disminuyen nuestro ser, nuestra categoría humana (si la tenemos), aferrados al bienestar, instalados en el aburguesamiento, abocados a la molicie; es a estos a los que más nos agarramos, los que defendemos con uñas y dientes, con la fuerza y la rabia que nos nace de las vísceras. Y son a las emociones que nacen de estas vísceras, acríticas y manipulables por naturaleza, hacia donde va dirigida la propaganda mayoritaria y primordial de toda institución. Se busca seguidor, votante, fiel, creyente, no personas que piensen por sí mismas; y es aquí donde encontramos el encuentro de las diferencias, donde no es posible diferenciar unos de otros sin conocer anteriormente las etiquetas: en el yo y sus derechos adquiridos como unidad de medida, en la defensa acrítica de las posiciones alcanzadas, en la ignorancia de las víctimas que ha sido necesario dejar en el camino. Entonces podemos encontrarnos con el corporativismo donde debiera existir compromiso social o con el nacionalismo donde debiera haber internacionalismo. Y es también aquí donde podemos encontrar el nexo de unión con otra unidad de medida: el grupo, la tribu, la nación, la religión. Mientras que entre nosotros estas pueden funcionar como la conjunción de intereses individuales, en otras culturas pueden llegar a ejercer como elemento de disolución de ese yo que es sacrificado en el altar de la palabra de dios o de los derechos históricos de un pueblo, de una patria, una argamasa en la que uno voluntariamente se inmola para lograr mantener la unión del edificio, porque es ese edificio, la estructura, la que importa, sus mitos y sus dioses, sus razones y sus sinrazones; no las personas que en ella habitan. El fanatismo.
¿Cuál debiera ser entonces la unidad de medida? El otro. La víctima, el perdedor, quien se ha quedado en el camino, quien de verdad sufre, pero esto exige capacidad de reflexión y de autocrítica, generosidad, madurez emocional, y es así como, a la par que el otro crezco yo, soy también el beneficiado, aunque llegue a bajar escalones en mis cotas de bienestar. (¿Qué clase de bienestar, por otro lado?) Quizás ha llegado el momento también de una declaración de deberes humanos.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

CASI POEMAS (2)


Ellos son los guardianes del orden,
los dueños de las palabras,
los que juzgan el bien y el mal,
los que dictaminan cual es el tiempo de la felicidad.
El derecho a disfrutarla.
Ellos requieren salvoconducto para la vida
instalados plácidamente al otro lado de la verja.
Ellos sonríen.
Siempre sonríen.
Hasta su griterío suena a carcajada histriónica, burlesca, irónica.
Ellos se han convertido en lo que más detesto.
Y sin embargo,
temo ir reconociendo sus rasgos en el espejo.


* * *

Hoy no era, te has confundido.
Es mañana cuando vivirás.
Hoy sigues siendo cadáver,
mero proyecto corrupto de vida.
Ten paciencia. Aguarda tu turno.
Todo en este mundo tiene un orden, hasta el derecho a nacer.
Será mañana.
Siempre será mañana.

(Te diré un secreto ahora que no nos oye nadie:
ese derecho sólo es de aquel que lo conquista)


* * *

Me siento tan ruin ante el elogio.
¿Dónde están los frutos que me adornan?
¿Dónde está aquello que sea mío?
¿Habéis mirado dentro de mi pensamiento?
¿Acaso os habéis enfangado en las profundidades de mi corazón?
¿Conocéis mis miserias?
¿Os habéis quebrado con mis debilidades?
¿Sabéis ser yo o sólo percibís la máscara que me protege?


* * *



He sido salvado del Nilo y puesto en manos de Joqebed
cuando me dejaba ir a la deriva.
No sé hacia dónde conducirán mis pasos.
No sé si me aguarda más dolor o regocijo.
Si morderé hiel o fresas maduras.
Si abriré heridas o las cicatrizaré.
Sólo sé que es a ella a la que le debo la vida
y que es muy dulce el sabor de sentirse querido
y que ese cariño puede cauterizar aquello por donde sangro.


* * *


Hoy me he despertado entre témpanos de hielo.
Me arrimé a ti para que me los deshicieras.


* * *


Cuerpo roto,
Barro seco y quebradizo,
Grietas por donde se escapa la vida.