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martes, 27 de diciembre de 2011

MONSTRUOS


La parada de los monstruos, selección de escenas

Cuando oí hablar por primera vez de la película La parada de los monstruos (Freaks, 1932), de Tod Browning, fue como de una cinta de terror; cuando por fin pude verla descubrí que se trataba de un poema que solo puede producir espanto a quien se asusta de lo anormal, de lo extraño, pero que también en lo extraño late la vida. Recordé esta película mientras la otra noche veía las imágenes del documental Cerca de tus ojos, de Elías Querejeta, sobre la violación que cada día se produce en todo el mundo sobre los artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Está cargado de imágenes crudas, duras, de esas violaciones, como no podía ser de otra manera. La recordé al reflexionar mientras veía el documental sobre el concepto de lo monstruoso. En la película lo percibimos como lo contrario a la naturaleza por diferir de forma notable de los de su especie, son seres deformes, anormales, y por lo tanto, como contrarios a los cánones de la belleza (de la normalidad), feos. Hoy es un clásico de culto, pero en su tiempo fue considerada repugnante, y el público obligó a que fuera retirada de las pantallas. En el documental lo monstruoso se percibe como lo cruel, lo malvado, lo contrario a la moral. Sin embargo, entre ambos encontramos rasgos y reacciones que se interrelacionan, ¿dónde acaba lo deforme y donde empieza a vivirse como inmoral? ¿Es moral mostrar la anormalidad? Lo monstruoso, sea cual sea su origen, genera una misma reacción, es desagradable su visión, no se quiere ver. Ojos que no ven corazón que no siente. Es necesario apartarlo, prohibir su exhibición, es necesaria su censura. No su existencia, sino su visión. Ofende el dolor ajeno, es muy molesto contemplarlo, la vida puede continuar si corremos el telón sobre él. La vida es más cómoda entre clones que soportando la diferencia (no terminamos de ser realmente conscientes de que la riqueza moral que hayamos podido alcanzar se ha logrado gracias a la diversidad), más aún si la diferencia se torna en engendro, en aberración. Y en esa capacidad de sentirse ofendido se muestra con frecuencia nuestra escala de valores. Hace unas semanas vi en facebook una imagen muy ilustrativa de esta contradicción, nos escandaliza en mayor grado aquello que nos toca más de cerca, somos más beligerantes ante comportamientos que sentimos como inmorales y que nos turban que ante la verdadera inmoralidad, la cruel injusticia que asola nuestro mundo, pero que nos pilla a miles de kilómetros. La hipocresía, que nunca confesaremos pero en la que nos sentimos cómodos.

Ocultar la fealdad parece ser la máxima que rige nuestro comportamiento hasta convertir la vida en una galería interminable de actuaciones hipócritas en la que nosotros también nos vemos inmersos: ocultar también nuestra fealdad, la cara que no queremos mostrar, las zonas oscuras que hay que sepultar. Lo monstruoso parece tener como elemento común no la deformidad, no la crueldad, sino aquello que no queremos ver. Lo monstruoso no existe mientras no lo veamos o mientras no dejemos que se vea. Lo monstruoso es aquello que nos incomoda, que nos perturba, que no nos permite seguir tranquilamente con nuestra vida, ese momento fugaz de pavor o de angustia, esa incitación al vómito, y ese sentirse desnudo, descubierto.

Ocultar aquello que nos avergüenza, propio o ajeno, aquello que nos descoloca, que nos intimida. Lo monstruoso es lo que se sale de lo normal y viene a cuestionar el orden que pretendemos establecido y bien amarrado. Es monstruoso descubrir en quien admiramos y/o queremos que también es humano, que también desea fieramente, que su cabeza también imagina transgresiones, vilezas, aunque queden reducidas a desahogos en una caja cerrada de pensamientos, que su vida también tiene lunares, zonas pantanosas en las que esa persona es la primera que se ha visto atrapada, que el “perfecto” también necesita comprensión, que el “fuerte” también necesita ayuda, que esa realidad no nos permite parasitarnos en la fascinación sino que nos exige iniciativa, tomar decisiones, esfuerzo, cambiar la mirada, cuestionarnos la que tenemos ante la vida y las vidas, romper la comodidad y aceptar que la vida es como es y no como quisiéramos que fuera.

Pero, a menudo, no hay cosa que resulte más agresiva que la extrema vulnerabilidad ya que es la que nos exige una respuesta más clara, más contundente. La caña fácilmente quebradiza. La existencia que nos exige dar pasos y en la que tememos que a cada uno que demos algo habremos de romper o derribar. La vulnerabilidad que nos pone en evidencia por acción u omisión, el cariño que nos da miedo, la conmoción que nos asusta, la paja que arde con suma facilidad y en la que nosotros acercamos la cerilla sin, si quiera, darnos cuenta que estaba en nuestra mano. Lo monstruoso de la locura que amenaza nuestra cordura, de la lágrima que hiela nuestra sonrisa impostada, del hambre que corta la digestión de nuestro estómago lleno, de la pobreza que tiñe de sangre el dinero de nuestra cuenta corriente, de la persona que solo nos pide darnos nosotros y ante la que nos quedamos petrificados. Monstruoso, deforme, contrario a la tiranía de la moda organizando nuestra vida, grotesco, considerado de un mal gusto que no cabe en nuestras amplias tragaderas, aberrante, alejado de la lógica de la sinrazón que hemos convertido en norma, horrible, espantosa realidad ante la que nos pertrechamos de una coraza, cruel, que pone en evidencia la obscenidad de nuestra vida y que nos hace ver, en la impenetrable intimidad, nuestras manos manchadas de sangre. Callemos, que los monstruos pasen lo más desapercibido posible.

¿Quién es el monstruo en La parada de los monstruos? No los “raros”, los freaks. Es en ellos donde podemos encontrar la sensibilidad perdida que también parece recluida en el cajón de lo friqui; la ternura, uno de los pocos salvavidas de la dignidad; la verdadera fraternidad con quien nos necesita; y la poesía, porque es nuestra mirada la que puede hacernos descubrir que lo monstruoso a menudo es bello, que Frankenstein puede encontrarse tan solo como nosotros e incluso nos puede hacer compañía.



El espíritu de la colmena, escena de Frankenstein

domingo, 18 de diciembre de 2011

ÉBANO. LA HUELLA DE NUESTRO FUTURO


Ha caído de nuevo en mis manos un viejo libro, Ébano de Ryszard Kapuscinski, publicado en 1998, pero imperecedero, en la medida en que recoge las claves para comprender todo un continente, África, enormemente plural y lastrado por rasgos comunes a la vez. Representa una impresionante crónica de la experiencia de R.K. como corresponsal en África durante más de treinta años y refleja con formidable humanidad y realismo la vida en el continente, sus heridas abiertas y reabiertas, el pensamiento de sus gentes, las raíces del enfrentamiento permanente, de la miseria y de la injusticia de las que no logra escapar, el encuentro con el colonialismo europeo en el que la supuesta sociedad “civilizada” saca lo peor de sí y despierta lo peor del ser humano, la eterna lucha por la supervivencia contra el hambre y contra la propia tierra, y conviviendo entre todo ello, la pequeña historia de su gente, sus miedos y sus sueños, sus apoyos y razones para pervivir, su desnudo patrimonio, su latir y sus deseos.
Pero Ébano es mucho más, releyéndolo uno descubre el magma de donde venimos y que hoy vemos (o creemos) solidificado. Son nuestras huellas las que allí aparecen, pero unas huellas vivas que nos permiten rastrear de donde venimos y hacia donde nos encaminamos. La tentación del Norte es la tentación de todo poderoso, mirar con altanería al pobre, la arrogancia del que cree que nada une esos dos extremos, que nada debe al otro, que mira con desdén la ruina moral sobre la que muchas veces se encuentra edificada su vida, la mirada desde el orgullo del que se cree superior, intelectual y moralmente superior, dos mundos que nada tienen en común, que nada se deben, que es necesario mantener distantes y que, en último término, nos permite el regalo autocomplaciente de una mal entendida y cómoda caridad.
Leyendo Ébano uno no solo descubre la dramática situación de África, sino que, a poco que se muestre sensible, encuentra las huellas que nos han traído hasta donde estamos, huellas que no son solamente de un pasado olvidado, ya perdido, sino que son también las huellas de un camino en el que todavía nos encontramos y podemos volver. Esa escisión de los dos mundos que es necesario mantener alejados es la misma estructura mental, la misma conciencia arraigada en África desde la antigüedad y que nosotros, orgullosos de nuestra “civilización” mantenemos en nuestro sustrato cultural.
Son impresionantes las páginas en las que queda reflejado el papel de la mujer. África es una sociedad, sociedades, enormemente estratificada, dividida en tribus, sexo, castas, clases… una sociedad en la que la fuerza es la base del poder. Este criterio permanece en nosotros y quizás, no nos engañemos, nunca desparecerá en la sociedad humana, pero la distancia cultural (y moral) si existe entre un mundo y otro estriba en el abandono de la barbarie, se trata de una cuestión de cesión de poder, de renuncia a la fuerza, la fuerza física, fuerza bruta, la de la autoridad irracional, mágica. El protagonismo que ha ido adquiriendo la mujer en nuestra sociedad, con camino todavía por recorrer, sólo ha sido posible gracias a la renuncia del hombre a parte de su poder, renuncia forzada y con resistencias, pero pérdida de poder al fin y al cabo. Esta cesión de poder es la clave ahí como lo es en los planteamientos de compensación social que se abren camino entre nosotros y en la apertura a otras culturas. Entendemos que el criterio del poder no puede ser la fuerza, el concepto de igualdad de derechos, de dignidad, llegó para quedarse, es una parte esencial de nuestra cultura.
La lucha de África es la lucha por la supervivencia, por la tierra, por el agua, por los escasos recursos, es el enfrentamiento por ellos, es la huida en busca de una mínima esperanza de vida. La tentación es pensar que esto es cosa de hoy cuando lo es de siempre y cuando se encuentra en la misma raíz de nuestra sociedad. ¿Qué somos nosotros sino unos emigrantes africanos? ¿Qué buscaban nuestros ancestros cuando marcharon de allí? ¿Grafeno, silicio, Corte Inglés, paraísos fiscales? Alimentos. Vida ¿Cómo se ha construido nuestra historia y la de todos los pueblos sino a base de idas y venidas, de encuentros y desencuentros, de mezclas? ¿Qué es esto sino, también, cesión de poder?


Cada vez generamos una sociedad más a la defensiva en la medida en que se siente más amenazada, cada vez nos construimos mentalidades, ideologías, personalidades más recelosas, en un permanente estado de alerta ideal para buscar y encontrar chivos expiatorios, para construir visiones de la vida cargadas de enemigos. Se trata de una versión refinada de la lucha entre hutus y tutsis, entre sudaneses del norte y del sur, entre americo-liberianos y tribesmen (los hombres de las tribus), entre los hombres del desierto, los tuareg, y los sedentarios campesinos del África verde; es la necesidad de establecer la “otredad”, la diferencia y, con ello, establecer desde un reparto desigual de derechos hasta la total negativa, pudiendo llegar a la negativa de la misma existencia. Conservar “lo nuestro”, expulsar al extranjero, “limpiar” nuestro territorio, mantener el poder. El valor que hayamos alcanzado se encuentra en la debilidad, no en la fuerza. La fortaleza de lo que somos está en la renuncia a esa fuerza. ¿En qué consiste la esencia de la civilización cristiana que tanto se alude como base de esta cultura sino en la renuncia al uso de la misma hasta dejarse crucificar, “como cordero llevado al matadero”?
En los momentos de crisis, cuando se percibe la inestabilidad y el riesgo, cuando se descubre el peligro de la pérdida, rápidamente aflora la tentación de la resistencia y con gran facilidad llegamos a confundir esta con la intransigencia sin más, si no con el fanatismo. Para la defensa de “nuestros valores” echamos mano del uso del poder, reclamamos la autoridad que nos da derecho a él, el legitimo uso de la violencia si es necesario. Nos proclamamos auténticos y exclusivos propietarios de los derechos, genuinos dueños de los privilegios que hemos disfrutado y es solo el miedo el que nos guía. Para defender lo que somos empezamos a destruirlo, para defender la “civilización”, retrocedemos a la barbarie, para mantener lo que queremos ser dejamos de serlo. No somos conscientes de la disyuntiva: ser coherentes y asumir el riesgo aceptándolo hasta sus últimas consecuencias u optar por la incongruencia para conservarlo todo, aceptar ser el reflejo de lo que nunca quisimos ver en el espejo, de lo que siempre habíamos despreciado y habíamos mirado con la arrogancia del que se cree superior.
El camino hasta llegar a donde estamos se ha logrado gracias a un proceso permanente de secularización, de pérdida progresiva de la visión mágica de la vida y de un adentrarse en el antropocentrismo. Es eso lo que nos da vigor y es eso lo que debemos mantener. Somos responsables de lo que tenemos (solo en usufructo, pues los bienes son de todos y hemos de conservarlos y traspasarlos llegado el momento), somos responsables de lo que hacemos, somos responsables de lo que somos. Nada ni nadie por encima de nosotros nos disculpa de esa responsabilidad. Somos libres y es el miedo a esa libertad lo que se convierte en una amenaza en estos tiempos (y en todos), es la necesidad del rebaño, la de la vuelta al ser gregario, al sometimiento. La necesidad de librarnos de la libertad. Ébano es también la tentación del regreso al alfa de la sumisión al brujo y a la tribu o el riesgo del omega de la pérdida de la espiritualidad y de la referencia social. Pérdida de la espiritualidad como pérdida de la trascendencia de uno mismo, somos más de lo que somos; pérdida de la ubicación en un destino que nos da sentido, de un “más que yo” que da significado al individuo, pérdida del pensamiento simbólico que nos permite comunicar lo incomunicable. Ébano son las huellas de donde venimos y el vértigo de un futuro al que nos podemos encaminar, el salvaje trajeado de un Wall Street cualquiera o el de los perdidos “hikikomori” de Japón. Hacia donde no debemos volver pero también la esencia de lo que nunca debimos perder.
Seguir las huellas de lo mejor que somos para no dejar de serlo, percibir las huellas de hacia donde podemos ir para evitar el abismo que anule lo poco grande que hayamos construido, esa debería ser su lección.


domingo, 4 de diciembre de 2011

TODO UN HOMBRE. SOLO UN HOMBRE



Ya he citado en alguna otra ocasión la frase latina “Memento mori” que se puede traducir como “Recuerda que eres mortal” y que se decía Cuando un general desfilaba victorioso por las calles de Roma, tras él un siervo se encargaba de recordarle las limitaciones de la naturaleza humana, con el fin de impedir que incurriese en la soberbia. Aunque también pudiera ser esta otra frase de un significado similar: “Respice post te! Hominem te esse memento!” "¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre" (y no un dios). En una sociedad tan dada a construir ídolos y tan dados nosotros a dejarnos enredar en la soga del halago no vendría nunca mal que alguien, cerca de nosotros, se ocupara de representar ese papel.
Quiero ejercer sobre mí de ese siervo incordiante que te impide llegar a creerte más de lo que eres cuando los demás se exceden en los elogios. Es necesario en la vida mantener firme la máxima por la cual no eres más cuando te cubren de elogios, ni eres menos cuando lo hacen de críticas. Eres el que eres, sin más.
Mi mujer, que es la persona que mejor me conoce, me dice a menudo que puedo llegar a ser el más tierno y el más borde, una catarata de palabras y el rey de los silencios. El doctor Jekyll y Mr. Hyde que quizás todos llevemos dentro, más o menos escondidos, más o menos terroríficos.
Soy pura materia orgánica sometida a todas sus servidumbres. Mi cuerpo expulsa materia en cualquier estado: sólido, líquido y gaseoso. Lamentablemente y dada mi circunstancia a veces da la impresión de que esa materia manda sobre mí y no yo sobre ella. Realiza todas aquellas funciones en las que nunca pensamos cuando hemos idealizado a alguien y algunas las realiza pobremente, igual que otras en las que sí pensamos.
Mi cuerpo es “fieramente humano”. Mi piel desea y se frustra en cantidades similares. Ángel y animal a partes iguales y de ninguna de ellas quisiera prescindir para sentirme gozosamente humano.
Mi cabeza ilumina y se oscurece, alcanza éxtasis y desciende a lugares que me avergonzaría se conocieran (¿yo solo transito esas tinieblas, esos basureros?) No me siento pecador por ello, solo me siento débil, y humano.
Mis pecados, que los ha habido y hay, han sido, fundamentalmente, de omisión, producto de la cobardía y de la comodidad. Pero la omisión no excluye las víctimas ni mi responsabilidad sobre ellas. Recuerdo un libro de Stefan Zweig, “Los ojos del hermano eterno”, un guerrero se lanza a la inacción en busca de la tranquilidad de espíritu y la experiencia es un fracaso pues siempre encuentra víctimas de cada inacción.
He cometido errores en muchas facetas de mi vida, errores que han tenido consecuencias y de las que yo me siento responsable, especialmente porque en esas consecuencias siempre han estado involucradas personas. Errores en los que yo también he salido perdedor.
Con algunos de esos errores, he hecho daño, mucho daño, quizás nunca queriendo, pero lo he hecho, incluso a personas a las que quiero y se lo he hecho, tanta es mi torpeza, intentado manifestar ese cariño. A veces resulta muy difícil amar sin transmitir dolor. Amas, quieres, no sé bien que término utilizar para que no cargue con la carga de prejuicios que alguno tiene como lastre. Nunca es pecado querer, tampoco lo es la torpeza, puede llegar a serlo insistir en ella.
No puedo ser ciego, aun con esclerosis múltiple no dejo de formar parte en este mundo del selecto club de los privilegiados. Sería un ofensa a Dios, a la Vida (llamadlo como queráis) sentirme una víctima más, tenga mi sistema inmunológico lo que tenga, mis lamentos deberían quedar petrificados en el momento en el que la verdad desnuda de esta sociedad se presenta. Incluso dentro de las personas afectadas por esclerosis múltiple no dejo de ser un privilegiado. Hay evoluciones mucho más agresivas que la mía, en las que el golpe es más brutal y la respuesta mucho más complicada. Es fácil, además, llevarlo bien con un entorno de apoyo como el mío, quiero creer lo que me dice familia y amigos, yo lo he ganado, pero, sé bien que esto en gran medida es suerte y que esa suerte, como muchos de los afectos que recibo, los siento como inmerecidos, sé bien que es así. Por ello no me creo capacitado para dar lecciones, sería un hipócrita, solo intento compartir mi experiencia, para dejarla escrita para mis hijos, que entiendan cual era mi pensamiento y comprendan por qué y cómo actuaba, y también por si puede servirle de utilidad a alguien. Con los años y mis vicisitudes he comprendido que tengo mucho que aprender, que he gastado mi tiempo en aprender cosas que ahora se me hacen inútiles y que he ignorado otras que ahora me resultan esenciales. ¿Qué puedo enseñar pues?
Hice referencia en otro lugar al fin de semana que la fotógrafa Lurdes R. Basolí, pasó con mi familia y conmigo haciendo un reportaje fotográfico de mi día a día. Quiero contar algo de ese fin de semana. La tarde del domingo la dedicamos a buscar a una persona con un nivel socio-económico bajo, pues Lurdes, con buen criterio profesional y humano, creía que sin alguien así el trabajo quedaría incompleto. En la esclerosis múltiple no podía ser todo tan guai. Lo intentamos y contactamos con una persona afectada y con una realidad social casi en las antípodas de las mías. Físicamente mejor pero aparentemente condenado a la soledad y al encierro. Acudimos a su casa, a su mundo, en busca de autorización de la familia. Fue un fracaso. No pudo ser. La visita, nos afecto mucho a Lurdes y a mí. Por distintas circunstancias había dificultad para rellenar el espeso silencio. Pero un acuerdo estaba claro, ninguno de los dos deseábamos continuar con las fotos, había que ponerle fin. Me hubiera sentido un hipócrita, me hubiera resultado una obscenidad hacer ostentación de mi situación “idílica” o de mis capacidades “heroicas”, después de haber visto y vivido aquello, fue lo que le dije a Lurdes. No porque esos días hubiera hecho algo diferente a lo habitual, ni porque hubiera actuado, sino porque después de aquello no me sentía con fuerzas. El heroísmo verdadero estaba en enfrentarse a esas dificultades. ¿De qué le serviría a esas personas? Me pregunto ahora si era necesaria esa experiencia para caer en la cuenta de ello y albergar ese sentimiento, si no estaba ya anteriormente participando de esa hipocresía aunque no fuera consciente de ello. Estas cosas tienen utilidad, pero para quien. También aquí, quizás, yo no era el ejemplo adecuado.
No quiero ser ídolo alguno para nadie, el ídolo está condenado a venirse abajo, a ser descubierto en sus contradicciones, a que se tornen los halagos en vituperios, a romperse por dentro mientras le rompen por fuera, cuanto más alto se le encumbre más dura será la caída, y todo por ser simplemente él.
Lo ejemplar como ideal inmaculado no existe. Cualquier idealización de una persona creo que no es sino sinónimo de inseguridad e inmadurez del otro. Lo que hace grande el esfuerzo no es la perfección (¿dónde está la grandeza de ese esfuerzo?) sino la imperfección, lo que nos hace mejorar no es lo conseguido sino lo que nos resta por conseguir, lo que nos hace sabios no es la ausencia de errores sino nuestra capacidad para reconocerlos y aprender de ellos, lo que nos puede hacer modelos no es lo inalcanzable que pudiera haber en nosotros sino lo que se puede encontrar al alcance de otros; lo que nos ayuda de verdad es el encuentro de carencias y de anhelos de superación comunes y diferentes, es aquello que tenemos que nos hace plenamente humanos, únicamente humanos.

viernes, 2 de diciembre de 2011

EL ALMA DE LA CASA



La esclerosis múltiple es un proceso continuo de duelos por todo aquello que vas perdiendo, una permanente adaptación emocional a esas pérdidas… o no.

Somos el personaje que somos ante los demás y creemos ser lo que hacemos, la actividad que desarrollamos, que esta representa el hilo conductor de nuestra vida. Disfruté en los años de infancia de mis hijos sintiéndome necesitado por ellos, disfrutaba en las noches con la rutina anterior al sueño, leyendo el cuento diario, recitando alguna poesía o sencillamente jugueteando con ellos; disfrutaba en las madrugadas cuando, como consecuencia de alguna pesadilla o de una pequeña necesidad, me despertaban en la noche llamándome. Era un placer que me llamaran a mí, precisamente a mí, quizás siempre envidié el papel de la madre tradicional y jugué a ser el mama-papa como me dice una persona muy querida. Disfruté (y me dormía a jarrillas) induciéndolos al sueño en la oscuridad de la noche sintiendo su cuerpo contra el mío y su cabeza sobre mis hombros, sintiéndome útil. Pero todo aquello lógicamente pasó, como lógicamente fue pasando todo aquello que el transcurrir de los años y el propio madurar de los hijos se va llevando. Quizás el ser padre es un poco también un proceso continuo de duelos, una permanente readaptación emocional al nuevo papel que la vida nos va exigiendo. No sabía entonces lo que la vida me guardaba, esta progresiva aceleración de la pérdida en la que uno parece no encontrar tiempo para la adaptación, salvo que se instale en el permanente duelo o en el permanente cambio. Pero el cambio en la vida, como en la paternidad, parece brindarte la oportunidad de una nueva utilidad que siempre parece encontrarse relacionada con un hacer, con una nueva ocupación, una nueva tarea, no así en la esclerosis múltiple que te va despojando de tareas, de lo que siempre pareció tu razón de ser, quedando reducido a una pregunta permanente sin una respuesta posible que situamos en ese actuar, un ser postrado, cada vez más debilitado, languideciente, humillado, cada vez más retraído en su mundo interior.

Perdí mi energía y mi movilidad, fui apagándome físicamente mientras mis hijos se iban encendiendo y yo sentía que necesitaban alguien a su lado con quien compartir esa energía que yo ya no tenía; fui abandonando los papeles que tenía en la familia y en los que los había ido culturizando: la cocina, los viajes, la cultura. ¿Para qué les servía ya?

Perdí mi capacidad laboral frente a lo que me resistí durante años hasta que terminé por aceptar la realidad pero solo cuando esa aceptación no me supuso un trauma excesivo. ¿Qué utilidad tenía pues para la sociedad?

Tuve que renunciar a gran parte de mi vida social incapaz de desplazarme por mí mismo, de mantener el ritmo que la misma me exigía, obligado a rutinas infantiles (o seniles). ¿Dónde quedaría mi socialización?

Todo eso fue haciéndose a costa de trasferir cargas y más cargas a mi mujer, más tiempo, más esfuerzo, más tensión; con mi cuerpo replegado y doliente. ¿Me había convertido yo mismo en una carga?

¿En quién me había convertido? ¿En quién me terminaría convirtiendo? Casi sin manos y sin piernas, ¿A quién cogería, a quién acariciaría? Casi sin fuerzas y energía. ¿A quién sostendría? ¿Quién era ya? ¿Quién llegaría a ser?

La otra noche al volver a casa con un amigo, en una de las pocas ocasiones en las que me salto las rutinas que me he establecido y necesito (como también necesito saltármelas de vez en cuando) mi hijo menor me recibió exclamando: ¡Ya está aquí el alma de la casa! Me gustó y me hizo reflexionar este comentario. La reflexión y la revisión es una manía en mí, no sé si una virtud o un defecto, un premio o un castigo. El alma no hace, siente y genera sentimientos, conoce y transmite conocimientos, conserva la luz interior e ilumina aquello que hay a su alrededor. No actúa pero resulta esencial.

No podemos pasarnos la vida en un incesante preduelo, anticipándonos a lo que mañana vamos a perder, rememorando lo que éramos ayer y llorando lo que mañana vamos a ser. La vida es una sucesión de muertes y de renacimientos, pero estos, como todo parto, no se hacen sin dolor y la criatura que seremos no será igual a la que fuimos, sus capacidades no serán las mismas, su papel habrá variado, sus aportaciones serán diferentes pero la médula no sólo puede permanecer sino que puede mejorar.

Lo que trasladamos a los demás es mucho más que el obrar. Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, aunque tuviera el don de la profecía, aunque repartiera todo lo que poseo y sacrificara mi cuerpo, hiciera lo que hiciese, cumpliera con lo que cumpliese, si no tengo amor no seré sino una campana hueca, nada soy y de nada serviré, solo hipocresía, falacia, siervo también de los dioses de siempre (Corintios XIII). La capacidad de amar permanecerá en nuestras manos mientras tengamos consciencia.

¿Qué nos queda con ese amor? Nos queda el poder de testimonio, la prueba de que es posible vivir de otra manera, de que realmente, en cualquier lugar y circunstancia, una persona marca la diferencia, que conservamos la capacidad de optar por vivir esa realidad de una manera u otra, que no tenemos por qué dejarnos someter sin más, que yo soy yo y mis circunstancias pero que yo no soy mis circunstancias sin más. Esa actitud, esa vivencia será la huella que yo deje, se olvidarán las palabras exactas, se podrán olvidar mis obras, pero ese amor no pasará.

¿Qué no nos debemos dejar arrebatar? La capacidad de la sonrisa, el compromiso de no extender gratuitamente nuestro dolor a los demás, aprender a llorar riendo o a reír llorando, como decía Ramón Sampedro en una antológica entrevista que se le realizó en el programa Línea 900; la disposición para la caricia, con las manos, con el rostro, con la mirada, con el cuerpo entero; la sabiduría de la humildad, del dolor que te hace más humano, más receptivo, más sensible, más permeable, más lúcido, en la medida en que aumenta tu aptitud para la empatía y van desapareciendo tus residuos de fanatismo y disminuyen tus prejuicios.

Nuestro espacio vital puede reducirse pero no así tiene por qué disminuir nuestro impacto sobre los demás, sobre los que nos rodean, sobre esa única persona que nos cuida y nos protege y que en sí misma es un mundo, es el mundo. Ese será nuestro poder para reventar paredes, ensanchar espacios, abrirlos hacia el infinito. Esa será nuestra incuestionable e irrenunciable capacidad de subversión, nuestro último acto de rebeldía que llevaremos hasta el final, hasta el último momento, hasta el último segundo de nuestra vida.

Esa vida nos podrá ir arrebatando a zarpazos y mordiscos partes de nosotros, pero, ¿por qué nos ha de impedir llegar a ser “el alma de la casa”? Ese aliento que trasmitimos es lo que nos hace felices y nos da sentido y es lo que nos sobrevivirá. Lo dice un “materialista”, el alma de la casa (me hace ilusión creerlo).

miércoles, 23 de noviembre de 2011

POBRE DIABLO


Azazel es uno más de los nombres que se utilizan para referirse a Satanás, al ángel caído. En el Levítico, 16, uno de los libros del Antiguo Testamento, se cuentan las instrucciones de Jehová a Moisés para que un macho cabrío purgue los pecados e iniquidades del pueblo de Israel, sea el chivo expiatorio que cargue con sus culpas. El libro dice así:

8 Y echará suertes Aarón sobre los dos machos de cabrío; la una suerte por Jehová, y la otra suerte por Azazel.

10 Mas el macho cabrío, sobre el cual cayere la suerte por Azazel, lo presentará vivo delante de Jehová, para hacer la reconciliación sobre él, para enviarlo a Azazel al desierto.

21 Y pondrá Aarón ambas manos suyas sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus rebeliones, y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto.

22 Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada: y dejará ir el macho cabrío por el desierto.

La necesidad de un chivo expiatorio para mantener la cohesión de la sociedad, de sacrificar para restablecer el orden, orden restablecido sobre ruinas sacrificiales, es práctica común en toda sociedad y en la gran mayoría de sus sectores y organizaciones. Este es el planteamiento del antropólogo francés René Girard, para el que esa práctica victimaria tiene su origen en las distintas religiones y su final en el cristianismo ya que pondría al descubierto que las víctimas son inocentes. La necesidad del desconocimiento de esa inocencia sería clave para mantener la cohesión. El chivo expulsado al desierto cargado con las culpas de otros, con las que no son suyas o que son, al menos compartidas.

Imagino a ese diablo sentado en una silla en el centro de un círculo de personas desencajadas, vociferando insultos, escupiéndole. Un circulo de personas deseosas del linchamiento que solo puede ser contenido gracias a un cinturón de seguridad que les impide llegar hasta él. Cualquiera de sus gestos, especialmente cuando les mira a los ojos, irritaba todavía más a la turbamulta que lo sentían como una provocación. Periódicamente el gentío va relevándose, hombres y mujeres entran y salen, sustituyéndose unos a otros, cada una de esas personas deja prender su mecha con celeridad en el fuego de esa hoguera permanente, su vehemencia explosiona de golpe, se trata de un proceso cíclico que se repite en todos y cada uno de ellos: pábilo, cartucho, explosión, incendio, brasa y vuelta a casa venerando el rescoldo de ira que puede quedar, y hasta la próxima. Han descargado sus resquemores, sus intranquilidades, sus escondidas malas conciencias y vuelven a casa inocentes, a seguir su vida como si nada. La necesidad del diablo para justificar sus deslices, sus pecados, su deseo de que todo permanecerá igual. La necesidad del chivo expiatorio como carnaza para ser devorada por la plebe. Ese diablo condenado día tras día a ese suplicio. Alguien sobre quien descargar la rabia, el odio, toda la agresividad acumulada, un instrumento necesario para nuestra tranquilidad. Es el verdadero ángel caído. No es su maldad lo que se condena, sino el hecho de estar caído. Es la otra cara de la moneda de la religión de esta sociedad, un dios todopoderoso, en manos de unos supuestos mediadores, y un ángel caído, indefenso, destinado al linchamiento, a quien hacerle responsable de los males que entre todos hemos generado.

No comparto la visión optimista de Girard. Las religiones victimarias permanecen y el cristianismo no es una excepción, y esta dinámica ha impregnado la cultura de estas sociedades. España no solo no es ajena a esa dinámica sino que creo se la puede considerar alumna aventajada. Estos últimos tiempos pueden ser manifestación de ello, de la práctica del chivo expiatorio y de la cohesión social en torno a ese linchamiento. También la jerarquía eclesiástica española es fervorosa seguidora de esta práctica y no faltan ejemplos de la misma siempre que gobierna un partido de izquierdas, al que se le critican sus políticas sociales de izquierda, no sus políticas económicas de derechas. Uno reciente ha sido la intervención del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, llamando al voto a los partidos de derechas, como siempre ha mostrado sin complejos su identificación con los mismos. Me recuerda a la proclamación del cardenal Cañizares según la cual impartir la asignatura Educación para la Ciudadanía era colaborar con el mal. Como dijo Nacho Dueñas, en la página de Redes Cristianas, ¿Alguien ha escuchado de boca de Cañizares la afirmación de que la desigualdad, el consumismo, la telebasura, la deuda externa, la carrera de armamentos, la tortura, las multinacionales, el FMI, el BM, la OMC sea cooperar con el mal? Seguramente de D. Jesús Sanz se puede decir algo similar. El mal, Azazel, Satanás, la necesidad de encontrar un chivo expiatorio, la delicia de poder cebarse en él y sentirse uno más en ese deporte nacional, el placer de llevarlo al hoyo y después permitirse la generosidad con el difunto, hombre de Estado, hombre de bien. Azazel deambula por el desierto, despreciado, en soledad y cargando con las culpas de todos. El Mal ha sido desterrado.

Pero no es así, si el Mal es la convicción de que es responsabilidad de todo educador educar en valores, valores para una ciudadanía democrática, solidaria, sensible y crítica, valores que no son patrimonio de ninguna iglesia ni de ninguna ideología, entonces no ha sido desterrado. Yo soy el Mal.

Si el Mal es considerar que el auténtico reside en todas aquellas cuestiones que ni el cardenal Cañizares ni la Iglesia jerárquica como tal se han tomado la molestia de condenar, al menos con el énfasis que ponen en otras cuestiones, entonces, está claro, no se ha ido pues yo soy el Mal.

Si el Mal es la certeza vital de que la vida y la muerte es patrimonio de cada uno y que facilitar esta última o dar la muerte es, a veces, un acto de misericordia, que morir también es un acto de libertad y vivir no puede convertirse en una condena, entonces, se encuentra entre nosotros, yo soy el Mal.

Si el Mal es pensar como el excomulgado Spinoza que la voluntad de Dios ideada por los hombres no es utilizada sino como asilo de la ignorancia y que, por lo tanto, la responsabilidad de todo gobernante ha de ser hacer extensiva a toda la sociedad una educación pública y laica independiente de toda iglesia, entonces aquí está: Yo soy el Mal.

Si el Mal es condenar la homofobia, el doble juego y cinismo instalado en nuestra sociedad y fomentado desde instancias eclesiásticas, mediáticas y políticas; me atrevería a decir, a pesar de que alguien se escandalizará, que de igual manera que decimos que Dios es padre, madre, hombre o mujer, con una inclinación sexual u otra, a buen seguro también se podría decir sin que se ofendiera que es gay, es entonces evidente que yo soy el Mal.

Si el Mal es detestar la caza de brujas, las excomuniones, los insultos como arma permanente para el hundimiento personal, la constante descalificación y persecución en nombre de un dios pelele de los aparatos eclesiásticos y en nombre de una ciudadanía de bien trasunto de una ciudadanía esclerósica, miedosa y acomodada, la ortodoxia erigida para hacer anatemas, entonces, no lo duden, yo soy el Mal.

Si el Mal es no resignarse a que todo permanezca siempre igual, a buscar la felicidad en la paz de los cementerios, a considerar que la tradición es ley cuando como todo suceder histórico tuvo su principio y deberá tener su final, a considerar que entelequias como esa Tradición, Patria y Dios han de estar por encima del hombre concreto y real, entonces es claro, está y estará: Yo soy el Mal, es decir, un pobre diablo.



martes, 15 de noviembre de 2011

APRENDER A NADAR


Estoy dándole vueltas estos días a un símil de la famosa y omnipresente crisis. El sistema que hemos gozado o sufrido nosotros, se va a pique. Me refiero al nuestro, a la parte que nos corresponde. El Sistema, con mayúscula, temo que tendrá recursos más que suficientes para realizar los ajustes estratégicos y geográficos para sobrevivir manteniendo su esencia. Pero el de aquí, se va a pique. Se trata de un barco a la deriva del que estamos empeñados en que realizando los ajustes y los arreglos necesarios podrá volver a navegar, y en esas estamos, o dilucidando cual será el capitán adecuado para sacarlo de nuevo a flote y llevarlo a buen puerto. Y mientras, la tripulación entretiene al pasaje con estos asuntos, y ese pasaje se encuentra dividido y enfrentado apoyando a uno o a otro candidato para comandar el barco. Y no faltan aquellos que quisieran ser candidatos, reclamando que se les escuche y reiterando una y otra vez sus recetas para salvar esa crisis sin demasiadas consecuencias. Pero, no lo entendemos, el barco se va a pique y quizás estamos perdiendo un tiempo precioso discutiendo sobre quién y cómo resolver el problema. Y, mientras tanto, el barco se hunde. Quizás lo que debiéramos es aceptar la inevitabilidad de este suceso y disponer otras soluciones de emergencia. Quizás hay que hacer el esfuerzo necesario para enseñar a nadar. No se trata de lanzar un sálvese quien pueda, se trata de enseñar y aprender a nadar lo suficientemente bien para salvarnos a nosotros y ser capaces de salvar a todos los que se encuentren en dificultades. Se trata de reaprender a vivir. Reaprender a vivir, aprender a nadar, como parte prioritaria de todo discurso, como elemento imprescindible de cualquier política, como piedra primera de toda sociedad, y, solo, a partir de ahí, plantearse hacer un barco nuevo.

No se trata de repartir responsabilidades a partes iguales en este desastre, ni mucho menos. Aquí también hay, por supuesto, víctimas y victimarios. Una enorme cantidad de las primeras y un reducido número de los segundos que agazapados, más o menos, en la sombra, se dedican a azuzar a los mercados (entes abstractos a los que todos quisiéramos verles la cara para decirles unas cuantas cositas) y a arrojar a la multitud la carnaza de chivos expiatorios para que la devoren con saña y calmen en esa agresividad su impotencia. No se trata, pues, de una culpa equidistante, pero sí de admitir que muchos hemos entrado estúpidamente en el juego y que hemos pretendido disfrutar de él. Que nos hemos dejado seducir por los múltiples y variados “pan y circo” que la sociedad de consumo nos ofrece, y que hemos ido incorporando, poco a poco, sus formas, primero, para después hacer nuestro, sin darnos cuenta, su fondo. La forma en como esa sociedad ha ido construyendo los replicantes necesarios para mantenerla a flote, de tal manera que ya no es fácil distinguir quién es producto de quién, si la sociedad de este humano o este humano de la sociedad. El caso es que hemos perdido la capacidad de vivir sin los caramelos que nos mantienen enganchados y parecemos condenados a morir ahogados desde el momento en el que empiezan a sernos arrebatados. Hemos perdido la capacidad de vivir de una manera solidaria, ayudando al otro, de tal manera que como en el poema de Bertolt Brecht, cuando nos llega a nosotros el turno, ya es tarde; la capacidad de ser sin supeditarlo al tener, de tal manera, que cuando este desaparece nos vemos inmersos en el síndrome de Cotard; la capacidad de mirar y pensar por nosotros mismos, la de crear algo distinto sin las pautas que nos ordenan y los dirigen. Nos hemos dado cuenta de que no sabemos nadar en aguas turbulentas.

Pero la tentación más fácil es reparar el barco y seguir siendo quien somos y como somos. Los que abrieron los boquetes en él ahora nos dan lecciones sobre como repararlo. Que continúe la música y poder seguir bailando. La música cada vez más fuerte para no oír los lamentos que vienen de fuera, y bailando sobre la tarima hecha de la madera de los féretros con los que se ha ido construyendo el barco. Danzad, danzad, malditos, hasta caer extenuados sin llegar a entender la miseria de esta loca diversión. Pero el barco se hunde, y no puede repararse, y no debe repararse, tendremos que aprender a nadar, al fin podremos nadar, libres de los grilletes que nos han mantenido aferrados de por vida a este barco abyecto.





lunes, 14 de noviembre de 2011

PUDOR



Hace días tuve la enorme suerte de compartir un fin de semana con Lurdes R. Basoli, fotógrafa. Fueron dos días en los que ella estuvo presente como fotógrafa en todas las actividades que realizamos mi familia y yo. La iniciativa forma parte del proyecto "Under Pressure: Living with MS in Europe", un proyecto de la Plataforma Europea de EM (EMSP) que intenta reflejar mediante la exposición de material en distintos soportes cómo las políticas nacionales influyen en los aspectos sociales y económicos de la vida diaria de una persona afectada de Esclerosis Múltiple. Una exposición fotográfica y un libro será el material principal que saldrá de esta iniciativa, que probablemente se presente en el Congreso Anual de EMSP de mayo en Barcelona. Fue una experiencia intensa facilitada por una persona que por su sensibilidad lo hacía posible. Viene esto a cuento de una pregunta que últimamente se me hace con frecuencia: ¿No te da pudor? He debido irlo perdiendo y lo principal es que no lo echo de menos. En esos días, las escenas de desnudo que quizás en otro momento me hubieran supuesto un problema, no me causaron ninguno; y no deja de ser llamativo que precisamente ahora, cuando mi cuerpo se encuentra ajado, deslucido (si alguna vez fue lo contrario) y mustio, tenga esa impudicia. Hay una explicación a esto por la edad, su maduración y el proceso de sensibilización que puede suponer una justificación, llegar a descubrir que la belleza no tiene por qué encontrarse en la sujeción a unos cánones estéticos estándar o predominantes, la belleza se encuentra, fundamentalmente, en la mirada. No se trata de defender una estética feísta, sino defender que lo feo y lo bello depende de los ojos con los que se mire. Lo pobre, lo ajado, lo viejo también puede ser bello. Puede ser duro, pero bello; interpelante, pero bello; difícil, pero bello; triste, pero bello.

Pero esa impudicia parece no limitarse al hecho físico, también se me interroga por aquello que digo o escribo, por algunas de las cosas que he escrito en este mismo blog. He de decir que ese poder hablar con la libertad del que no tiene nada que perder me ha supuesto una liberación. Los años y mis circunstancias también me han hecho llegar a una conclusión: lo que verdaderamente merece la pena decirse es lo que no se dice, lo que no se quiere decir, lo que cuesta decirlo; porque todo eso es, a menudo, lo esencial, lo que resulta importante para nosotros; mientras que el escaso esfuerzo de comunicación que hacemos es sobre lo secundario, sobre lo muy secundario, sobre lo que no nos afecta en profundidad, sobre lo que no nos impele a nada, sobre lo que no nos sacude, sobre lo que nunca nos deja desnudos sino que nos mantiene con los ropajes del disfraz con el que nos sentimos protegidos.

Mostrar las miserias no solo puede ser liberador, puede ser bello. ¿Quién no las tiene? Hacer públicas nuestras contradicciones también. ¿Quién es de una pieza? Temo a todos esos personajes públicos que se muestran así, pétreos, sin fisuras, rígidos, inhumanos. Poner en evidencia las alcantarillas de nuestro pensamiento es la única manera de que esas aguas residuales no se estanquen; las debilidades de nuestra carne, que con qué facilidad nos asustan, con qué ligereza las etiquetamos de perversiones. ¿Cuál es el pensamiento verdaderamente perverso? ¿Cuál es el reo que tenemos encadenado y amordazado en nuestro interior? ¿De qué cadáveres está cubierto nuestro sótano? Desahogarnos es la única manera de abrir las ventanas y airear nuestra casa, de darnos la oportunidad de pedir perdón, el ejercicio profundamente liberador y de maduración de pedir perdón; de sentar los cimientos duraderos para construir algo nuevo de nosotros y con nosotros. No hablo de exhibicionismo. El exhibicionista no tiene realmente conciencia de la miseria, de sus vergüenzas, solo pretende hacer ostentación de las mismas, no hay ejercicio autocrítico previo, no existe necesidad de liberación, no es un acto del pensamiento solo se trata de responder a un impulso.

A menudo, el sentimiento de pudor es, incluso, mayor en el receptor. Desnudarse puede ser más violento para el que se encuentra presente, es un acto provocador, políticamente incorrecto, desasosegador, que invita a romper la hipocresía sobre la que sustentamos nuestra vida; y es eso lo que no queremos, lo que nos permite sobrevivir sin mayores complicaciones, lo que nos permite dormir sin que nuestras víctimas bailen a nuestro alrededor. El pudor es un sentimiento acomodaticio, un mecanismo de supervivencia, porque siempre protege nuestras vergüenzas, nuestras fragilidades, aquello por donde nos encontramos rotos o nos podemos romper. Por eso es frecuente reaccionar ante el ejercicio de impudicia con el escándalo, con la descalificación, con la condena. No hay juez más severo que aquel que no solo pretende castigar sino también silenciar al otro para no quedar él en evidencia.

Pasen y vean mi grandeza hecha añicos, las turbulencias de mi calma, el fango que rodea mis pies, solo así me sentiré tranquilo, con energías y ganas para recorrer el último trayecto de mi vida, sintiéndome, a la vejez viruelas, crecer.

jueves, 10 de noviembre de 2011

BENDITO Y MALDITO AZAR


Somos una caótica mezcla de azares desde el mismo inicio de nuestra existencia. Ese espermatozoide que, en una loca carrera entre millones llena de obstáculos y trampas, consiguió fecundar al óvulo. Ese espermatozoide y ese óvulo también son mezcla del azar, una pequeña renuencia de la hembra que pospusiera el coito, una llamada de teléfono, una ligera complicación en el macho. Toda esa concatenación de azares que desembocó en ese instante y de esa manera es lo que hicieron posible el encuentro de ese óvulo y de ese espermatozoide. Cualquier mínimo cambio en ese eslabonamiento habría cambiado esos protagonistas y yo no sería yo y tú no serías tú.

Par o impar. Soy o no soy.

Toda nuestra vida es una amalgama de azares, a menudo oscuros, en otras ocasiones, las menos, luminosos; dolorosos y placenteros, esperanzados y descorazonadores. Una masa de eventualidades sobre la que nos vamos moldeando nosotros y nuestro entorno. Casualidades generando constantemente su efecto mariposa que nos lleva a un suceder errático escondido tras una apariencia de lógica. Contingencias que se convierten en causalidades: elegir aquella vivienda, obtener aquella nota en selectividad, coincidir en aquel grupo, escoger aquella calle, aquel hotel, aquella noche, aquella cena, aquel trabajo, aquella silla.

Par o impar. Soy o no soy.

Es el azar también el que me trajo aquí, a esta habitación de hotel, con esta cama ligeramente desecha y esta televisión por la que desfilan imágenes sin sonido, con esta ventana que da a un patio interior oscuro y deteriorado, con esta soledad que me acompaña. Fue el azar, el maldito azar el que hizo que ella encontrara, casualmente, aquella carta que yo no recordaba su existencia. De una existencia pasada y que, no obstante, de repente volvió a hacerse presente de sopetón, crudamente, en aquel gesto descompuesto, en aquella crispación en sus ojos. Aquellas palabras enajenadas que dejaban en evidencia mis vergüenzas, escritas con frenesí, con delirio, de un yo que deseaba y del que quería escapar.

Par o impar. Soy o no soy.

Palabras que dinamitaron mi existencia. Ese pasado sufriente con el que ya me encontraba en calma, ese pasado de azares que me regaló un plácido presente en el que ya me había perdonado, un presente delicioso y delicado que no me había merecido y, sin embargo, me fue otorgado gratuitamente Un presente de nombres propios que me han sido arrancados y que constantemente anhelo su vuelta. Es por eso por lo que me encuentro con la vista fija en ese teléfono que no suena y en esa puerta a la que no llaman.

Par o impar. Soy o no soy.

En dos de las habitaciones que puedo ver desde mi ventana observo que se encuentran dos hombres también solos. ¿Qué azares les habrán llevado hasta allí? ¿Qué aguardarán? ¿A qué esperan? ¿A quién? ¿Qué puntos de unión existirán en nuestras vidas? ¿Se habrán cruzado anteriormente? ¿Cuántas encrucijadas encontré en mi vida? ¿Qué caminos desperdicié? ¿Qué pudo ser de mí? Quizá un yo al que no reconocería delimitado por otras fronteras.

Par o impar. Soy o no soy.

Sigo con la mirada clavada en el teléfono. Quiero creer que sonará cuando cuente hasta diez, o hasta cincuenta, o hasta cien. Quiero pensar que si vuelvo a oír el sonido de una persiana que se levanta en los próximos diez minutos será buena señal, el teléfono sonará. Pero no. Que si soy capaz de aguardar otros diez minutos tendido en la cama, con los ojos cerrados y los abro y miro la hora del reloj pasado ese tiempo, alguien llamará a la puerta. Pero no. Lanzo esa moneda al aire y si sale cara todo acabará. Pero no. Y si lanzo este dado…

Impar. No soy.

domingo, 6 de noviembre de 2011

COMO AFRONTAR UNA CAMPAÑA ELECTORAL Y NO MORIR EN EL INTENTO


Vivimos en una sociedad absurdamente maniqueísta que halla una coyuntura ideal en periodo electoral. Ideal para descalificar y desacreditar como poco y practicar en cuanto sea posible el deporte de la calumnia y la difamación, ideal también para obtener al mismo tiempo los sentimientos de engrandecimiento, mayor en la medida en que mayor sea el efecto de aplastamiento que logremos en ese deporte, y de manos limpias, necesario para poder irnos a la cama con una conciencia bien aseada y abrillantada. Estamos en estos años en pleno ejercicio de este maniqueísmo, la hipocresía de unos callando sus respuestas (en el caso de tenerlas) ante la crisis económica y la captura de un chivo expiatorio en el que cebarse. Nada une tanto como compartir los insultos, nada nos hace sentirnos tan crecidos como la humillación de ese chivo. Triste sociedad esta. En una sociedad así una campaña electoral es de temer y buenas ganas dan de apagar la luz, cerrar la puerta y marcharse dejando a los demás enfrascados en ese disparate. No puede ser así. ¿Qué hago yo para intentar sobrevivir con algo de lucidez en este embrollo? Estas son algunas de mis reflexiones por si pueden ser de algún provecho.

No hay ni nunca habrá una realidad ideal, solo las construcciones teóricas podríamos atrevernos a calificarlas de esa manera y eso en la medida en que más esquemáticas y estilizadas las hayamos dejado (es decir, casi, manifiestamente inútiles). Cualquier realidad humana será imperfecta, solo la ignorancia, el fanatismo o el interés nos hará negar lo anterior. Si por real interpretamos lo ideal, lo perfecto, no existe materialización de una idea que pueda concebirse como tal. Solo la realidad es real y por lo tanto no será perfecta, sí será mejorable, pero nunca perfecta. Nunca lo irreal, lo no materializado, puede ser real. Nunca un concepto abstracto como el de democracia puede llegar a ser perfecto y, por lo tanto, inmejorable. Las palabras nos sugieren pensamientos y por ello fácilmente tenemos la tentación de agarrarnos a aquel que nos permita instalarnos en el maniqueísmo; con el concepto “democracia real” ocurre lo anterior. Nos es válido en la medida en que nos referimos a la necesidad de mejorar una realidad existente (mejora que siempre será, a su vez, mejorable) no si nos limitamos a un lugar semántico mera simplificación a través del cual huimos del esfuerzo de pensar. Esa bandera me sirve si con ella acompaño a personas que se mantienen en la tensión entre utopía y pragmatismo, no si es ondeada con agresividad por personas instaladas en la comodidad de la mera especulación. Solo las personas que se muevan en esa tensión pueden llegar a tener la sensibilidad suficiente para valorar el esfuerzo que puede llegar a existir en toda construcción humana (e imperfecta), las otras no se moverán del slogan por incapacidad, comodidad o cobardía. Ninguno de los extremos es válido sin el apoyo del otro, son posiciones políticamente indeseables, la locura que nos llevará a la catástrofe o el conformismo que nos hundirá en la mediocridad.

Nadie tiene la llave maestra de todas las soluciones. La realidad es sumamente compleja y, por lo tanto, siempre va mucho más allá de toda anticipación y esfuerzo de comprensión de la misma que tenga el hombre, es por ello que este esfuerzo ha de ser permanente. En política, como en toda realidad, siempre será infinitamente mayor el número de preguntas que el de respuestas; lamentablemente en nuestro sistema parece que ocurre al contrario, sobran las respuestas y escasean las preguntas, pero son estas las que resultan exponente de la inteligencia. Una campaña electoral es la venta de idealizaciones y tanto más idealiza aquel que pretende cambiar, la realidad posterior nunca logrará complacer las expectativas generadas por esa idealización. Aquel que se encuentra satisfecho con una realidad permanecerá así mientras esta continúe, aquel que intente transformar la realidad siempre estará abocado a decepcionar. Es por ello por lo que la izquierda siempre será mucho más crítica con sus formaciones que la derecha. La realidad transformada siempre requerirá una ulterior transformación, solo en la medida en que la personalidad se va volviendo conservadora va perdiendo ese afán transformador. Pero únicamente las formaciones políticas con capacidad real para ejecutar un cambio, y obligadas por ello, pueden llegar a decepcionar, mientras que aquellas que se han encontrado exentas de esa responsabilidad pueden manejarse permanentemente en el terreno de lo inmaculado y seguir dando lecciones de pureza. ¿Es eso, sin más, un valor? Pero el hecho de la decepción no se trata de un problema únicamente de un partido, lo es también del individuo, en la medida en que posea una mentalidad más infantil, será mucho más fácil de decepcionar.

Todo partido es un medio. El sistema político es un mercado en el que el voto, para el partido, tiene un valor de cambio por poder y dinero. Para la consecución de los votos es necesario simplificar el discurso con objeto de que llegue al mayor número de personas posibles. En ese mercado interesa la identificación, conseguir el mayor número posible de hinchas (en su doble acepción de entusiasmo para el partido y de odio hacia el contrario) plenamente identificados con la marca. Conseguir el mayor número de seguidores fanáticos que vendan esa marca y transformar la afiliación en filiación que sigan a la misma independientemente de sus pasos. Convertir al partido en un fin (en una iglesia). Pero todo partido, como toda asociación humana, es un medio y es un medio lo que estamos votando, un medio con el que no es necesario que nos identifiquemos en su totalidad y con el que yo diría que es imposible que así sea si hacemos un uso adecuado de la inteligencia, y que, por lo tanto, por salud mental, es necesario que mantengamos las diferencias y discrepancias incluso. Solo el fanático, el estúpido o el hipócrita se mimetiza completamente con un partido.




El voto es un acto pragmático. Para avanzar es necesario un horizonte utópico (el viaje de miles de kilómetros) que nos haga caminar, pero teniendo siempre claro que ese viaje está constituido de infinitos pasos, unos más grandes y otros más pequeños (el pragmatismo). La realidad solo está hecha de pequeños pasos. En esa tesitura, en la que no se nos puede exigir fidelidad a un medio y en la que nuestras construcciones son pasos que andamos y que a menudo tenemos que desandar, el voto no pasa de ser un acto pragmático sujeto a unas circunstancias y a un análisis. El hecho de saber donde pone uno el pie en cada uno de sus pasos y medirlos con cautela (el pragmatismo) no excluye la conciencia del camino a seguir, la perspectiva que lo orienta (la utopía).

El voto útil. El que sea un acto pragmático no es sinónimo de lo que entendemos por voto útil, ni tan siquiera de voto en sí, también cabe el voto en blanco, el nulo y la abstención. Pero lo que resulta obvio es que siempre ha de valorarse la utilidad del voto (o del no voto). El concepto de utilidad tiene un componente objetivo pero también, inevitablemente, otro subjetivo. La utilidad no se puede medir únicamente desde los cálculos del recuento electoral sino también de la necesidad estrictamente personal. El voto es un acto racional pero también emocional, y es posible que la racionalidad, en un momento determinado se agote y deje paso al desahogo emocional como necesidad prioritaria. Digo emocional, no irracional, a mi modo de ver no valen como factores para decidir la opción ni el rencor ni el miedo, apelar a los mismos es propio de jugadores sin argumentos para ir más allá, de tahúres metidos a políticos. Dentro de la racionalidad las preguntas que yo me hago, teniendo en cuenta que yo no tengo identificación plena con partido alguno (sí más cercanía a unos que a otros) ni me siento obligado a “cumplir” con mi voto, son varias: ¿Qué me produciría más satisfacción y, en consecuencia, me dolería más, el ascenso de una fuerza política a cambio de la victoria de otra, o la derrota (o victoria reducida) de esta a cambio del fracaso de la primera? ¿Qué perspectiva he de utilizar, una más cortoplacista en la que es necesario valorar quien debe vencer o no vencer para que gobierne o no durante los próximos cuatro años, u otra más a medio o largo plazo en la que no importa tanto quien gobernará próximamente a cambio de ejercer un voto de castigo (o abstención de castigo) con la idea de que se hace necesario forzar una renovación que siempre lleva tiempo y necesita grandes crisis? Desde la distancia, incluso desde la incomodidad, ¿qué fuerza política se acerca más a mis planteamientos? ¿Cuál tendrá más capacidad de gestión o de influencia en esa gestión? (la política tiene relación directa con el ejercicio del poder, sin una pequeña expresión, al menos, de este ejercicio, no hay política).

El voto es un acto puntual. Si después de ese ejercicio analítico ahí se queda todo, no hemos hecho nada. Tan importante o más es el después. Recuperar la política para la sociedad, no solo una ocupación en manos de profesionales. Ejercer una reivindicación de la política, recobrar las causas sociales, exigir permanentemente la renovación de los partidos, de sus usos y costumbres, nos encontremos o no dentro de ellos. El compromiso político es responsabilidad de todos, es compromiso con la sociedad, con la vida en común, con las personas concretas y sus dificultades, con las más débiles y sufrientes, es articular un tejido asociativo que da respuestas donde los partidos no llegan y deberían hacerlo, y que reclama soluciones a quienes tienen en sus manos acometerlas. Es esta actitud del después, para mí, el acto político por antonomasia y que, en sí misma, justifica cualquier opción en el momento del voto.

La política es algo necesario. Los políticos también. Es muy fácil y cómodo descalificar a todo un colectivo e introducir a todos en el mismo saco. No todos son iguales, como no basta para inculpar o exculpar saber en qué partido político se encuadran. Los políticos se encuentran hechos de la misma materia que el resto de los humanos, lo triste no es que sólo los corruptos se metan en política, lo triste es que haya la misma proporción de corruptos que en el resto de la sociedad, cuando debería ser un ejemplo de limpieza. La sociedad la construimos y la destruimos entre todos. Entre todos nos metemos en las crisis y entre todos debemos de salir de ellas. Somos mayores de edad y siempre no nos vale el ardid de que hemos sido engañados ni podemos eludir constantemente nuestra responsabilidad. ¿Qué derecho tenemos al pre-juicio de la descalificación de todo político? ¿Qué superioridad moral nos asiste para ello? Qué superioridad si no somos capaces de transformar nuestro entorno, si no somos capaces de mejorarnos a nosotros mismos, si somos igual de tahúres en nuestro trabajo, si hemos construido una jaula de cristal privada en la que poder mirar constantemente hacia otro lado. Qué superioridad si nos escaqueamos siempre que podemos, que defraudamos en la medida en que nos es posible, que disfrazamos la realidad, que mentimos, para mantener nuestra ficticia intachabilidad, que descargamos nuestro rencor allá donde tenemos oportunidad. ¿Qué superioridad moral? Ninguna. El ejercicio de la crítica debe comenzar por la autocrítica, por ver las veces que hemos dicho no cuando era difícil hacerlo, por las veces que hemos dicho sí cuando nos suponía un esfuerzo, por medir nuestra capacidad de entrega, de generosidad, de desinterés, de participación gratuita en lo público. Esto es empezar a hacer política.




viernes, 4 de noviembre de 2011

¿NOS QUEDA LA PALABRA?

EN EL PRINCIPIO

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

Blas de Otero




No podía dejar de pensar en el poema de Blas de Otero al contemplar a los patéticos encapuchados jugando a la guerra con las manos manchadas de sangre, no podía dejar de preguntarme si realmente nos queda la palabra. Imagino a esos valientes gudaris midiendo con exactitud la polisemia de cada palabra, temerosos de decir y de no decir, acojonados ante ese poder que no controlan (cosa que nunca admitirán) por lo que siempre concluyen en el “corta y pega”, en una nueva reordenación de los mismos vocablos, limitadita variedad léxica. Estrambóticos encaperuzados incapaces de salirse del abc del ritual establecido, orgullosos de su propia ignorancia que ignoran; valientes nazarenos escondiéndose detrás de las palabras de la misma manera que ocultan su rostro dentro de la caperuza. Es esta la era de la imagen y del maltrato de la palabra. ¿Nos quedará realmente la palabra? ¿Qué ha sido del poder del lenguaje? Cochambre verbal para el consumo de la masa, chatarra semántica con la que construir la nueva torre de Babel.



¿Qué es la palabra? Material de promesas hoy, estiércol mañana. ¿Dónde quedó su credibilidad, dónde su valor de cambio? ¿En qué quedó su función? Ayer informar, hoy ocultar la realidad, taparla tras un telón de palabras frívolas y sin sentido, desviar la atención del cuerpo del delito. Antaño comunicar, hoy silenciar con una ristra de ruidos, con una letanía de lugares comunes. En un principio, facilitar el pensamiento libre, hoy manipular, controlar sutil o burdamente a las personas, o a la sociedad, impidiendo que sus opiniones y actuaciones se desarrollen natural y libremente. Supuestamente para trasladar la verdad, hoy para mentir, descaradamente, impunemente, ostentosamente; la mentira se ha hecho mucho más rentable que la verdad. Hipotéticamente para generar comunicación, establecer puentes, llegar a acuerdos, hoy para insultar, denigrar, hundir al contrario, aniquilar, vencer a toda costa. Debiera ser para alimentar la inteligencia, lo es más para atiborrar de basura, embotar el raciocinio, insensibilizar la humanidad.




Este es el oficio al que se entregan sacerdotes neonatos de púlpitos religiosos y seculares, pulquérrimos de camisa blanca y lengua sucia, próceres de la patria suya, suya, suya y solo suya; predicadores de la pureza chapoteando en la inmundicia, soberanos de la hipocresía que hoy, emperatrices del poder, utilizan sin rubor el mismo lenguaje y argumentación que antaño destrozaban desde la oposición a base de insultos; políticos y tertulianos de lengua viperina, proveedores de basura para consumo de la masa.

Y la masa, desdeñosa de los matices, cebándose con saña en los chivos expiatorios; alérgica a las complejidades, aferrada con disfrute a la “neolengua” en la que “las modulaciones del habla común delatan que la indigencia léxica, sintáctica y retórica medra a sus anchas, mengua que acarrea la de la aptitud para decantar un conocimiento lúcido, crítico y articulado acerca de la res publica; una sensible merma de la competencia y talante que el diálogo plural exige; y, en fin, la proliferación de patologías discursivas -de la anomia y el mutismo al desistimiento y la violencia- que socava los pilares de una sociedad compleja, plural y abierta.” (Lluís Duch y Albert Chillón). El país léxico del maniqueísmo, de la visceralidad, de la caverna intelectual en la que la razón se devora cruda. ¿Nos quedará la palabra?



La palabra, rica en matices, capaz de captar la vida; del lenguaje de la sensibilidad, capaz de acercarse al diferente; del que huye de la simplificación que nos vuelve lerdos, de “la adopción de un habla renqueante, acomodaticia y canija, muy dada a acatar toda suerte de bogas y a sacrificar la belleza y precisión verbal en el altar de la neolengua economicista, tecnocrática y deshumanizada”. ¿Qué quedará de la palabra tras este periodo mezquino y vulgar?

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
¿me queda la palabra?.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
¿me queda la palabra?.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,

¿me queda la palabra?.

Si he callado ante la ignominia, si he participado de la infamia, si yo mismo he apretado la mordaza, ¿me queda la palabra?

Si he tolerado la sed, el hambre, de otros, si he permanecido impasible ante su desgracia, si mi principal preocupación ha sido que proteja mi prebenda una muralla, ¿me queda la palabra?


Si digo no a la palabra envilecida, si rechazo a los voceros de la iniquidad, si no me presto de la necedad al juego y resisto el dolor de la lucidez. Me queda la palabra.

Si no río el discurso embrutecido, si no me presto a ser coro amorfo sin capacidad de discernir y derecho de juicio, si no renuncio a mi voz. Me queda la palabra.

Si el verbo me hace ser, por pequeño que sea, si está mi yo en cada uno de mis vocablos, si escucho y critico y decido y rectifico, si hago de mi expresión razón de vida. Me queda la palabra.