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jueves, 24 de febrero de 2011

TELEVISIÓN, SERVICIO PÚBLICO

Concebir la televisión como servicio público no tiene por qué significar una televisión en manos del estado, esto desgraciadamente no significa nada, a las pruebas me remito con unas cuantas televisiones autonómicas y locales. Hablar de servicio público es decir que, independientemente de donde van a parar los beneficios de explotación del medio esta ha de tener unos objetivos de servicio a la comunidad o al menos tener establecidos unos mínimos que no se pueden rebasar. Esos objetivos se reducen a una cuestión: educación. Aceptando que la televisión ha de entretener esto no tiene por qué ser incompatible con lo anterior ni entender un único entretenimiento uniformado destinado a una masa media consumidora sin más de lo que se le ofrece en un proceso de degradación creciente, simplificador y embrutecedor. Se me preguntará, ¿hablo de censura? Por qué no, sí, hay determinados contenidos inaceptables. Es inaceptable que se otorgue una concesión pública de emisión a empresas que buscan su público en aquellos que se regodean en el insulto y están dispuestos a ofrecerlo en grandes dosis, da lo mismo la orientación ideológica que haya detrás del medio, si se sustituyen los argumentos por los insultos se está sustituyendo la razón por las tripas o por los atributos sexuales, se busca fomentar el cretinismo, la necedad, la ignorancia, no el espectador crítico. Es inaceptable que se pemita en la televisión espectáculos de burla a las minorías o a la propia ignorancia. Es curioso, se persigue promover ignorantes para luego poder reírse de ellos. Es inaceptable y patético presentar durante veinticuatro horas personajes cuya única pretensión es adquirir popularidad y dinero por no hacer nada, únicamente ofrecer su estúpida intimidad a la vista de todos. Y es patético también que asistamos a todo ese espectáculo. Continuarán estas televisiones pero la llave principal la tenemos en nuestras manos, enviar a la basura la televisión basura. A toda televisión le importa un pimiento el motivo por el cual estamos ante ella sólo quiere espectadores, sin más, estos aseguran el negocio.

ALGUNAS PROPUESTAS PARA EVITAR ESA INMUNDICIA (abiertas a ser ampliadas)

Leer un buen libro.
Escuchar música.
Las dos cosas a la vez.
Una buena conversación con amigos.
Dar un paseo.
Hacer el amor.
Jugar con los hijos.
Leerles cuentos.
Cocinar.
Dedicar ese tiempo a un hobby.
Hacer deporte o ejercicio físico.
Ir al cine o al teatro.
Leer la prensa impresa o en internet.
Escribir.
Si aún así no es posible apagar el aparato de televisión, una última posibilidad:
Cambiar de canal.

ALGUNOS EJEMPLOS DE BASURA

Unas prácticas fieles de una televisión que se hace llamar de derechas y católica. Buenas enseñanzas las suyas. Esos son los españoles de bien. Simpáticos, graciosos, pero todo sin insultos ni mentiras, únicamente para hacer reflexionar al espectador.

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Más educación. Obsérvese las alegrías sin mal alguno con la que se acoge la disertación de la docente. Un ejemplo de buenos modales y de caridad. También un profundo debate sobre amor y sexualidad.

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¿Y esto es lo que sustituyo a CNN+? El amor siempre triunfa.


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No tengo nada de puritano ni de mojigato, quien me conoce lo sabe, pero me producen sonrojo esas imágenes, el de la estupidez convertida en el centro del espectáculo; el de la miseria moral e intelectual como referente.

miércoles, 16 de febrero de 2011

EL HOMBRE QUE RAJABA LOS BALONES

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Banda sonora para la lectura del texto. Escuchar mientras se lee.

La vida de todos está llena de personajes misteriosos que bordean, si no entran de lleno, en el temor que nos producen. Crecimos rodeándonos de esos personajes, en una vida de calle, ellos y nosotros ocupábamos buena parte de nuestro tiempo en ella, y con el crecimiento nuestra visión de ellos y nuestra relación con ellos fue cambiando. La madurez es llegar a percibir los contrastes y los matices en las personas que nos rodean, irlos progresivamente humanizando, con sus luces y sus sombras, comprendiéndolos; madurez que no siempre se llega a alcanzar, empeñados en dividir la humanidad en dos grandes frentes ellos y nosotros, buenos y malos, blancos y negros, amados y odiados. Quizás hoy tendamos a buscar una infancia para nuestros hijos exenta de riesgos, creciendo en una búrbuja de cristal en la que no tienen la oportunidad de asomarse a la vida tal y como es. No asumen riesgos pero tampoco aprenden a superarlos y sólo en esa dinámica de enfrentarse a ellos y vencerlos llega la madurez. No corren riesgos, únicamente el de perpetuarse en el eterno infantilismo. No queremos que pasen miedos y les transmitimos los nuestros.


EL HOMBRE QUE RAJABA LOS BALONES


No recuerdo si metí gol o simplemente le di al balón con todas mis ganas, si pasó por entre el puñado de piedras que poníamos como poste o lo hizo a varios metros (nunca fui, muy a mi pesar, buen jugador), el caso es que me tocó cumplir con la regla pactada de que quien manda lejos el balón va a por él, y el balón fue muy lejos, así que me tocó correr tras él a todo trapo y embebido como estaba en atraparlo no me di cuenta que el balón atravesó el cruce de calles y que yo iba en su busca sin mirar nada más que aquel ente esférico y huidizo que se me escapaba. No eran años de mucho tráfico rodado en las calles de mi ciudad, lo que nos permitía jugar a nuestras anchas en ellas, deteniéndonos cuando era necesario el momento justo para dejar pasar el automóvil, pero ese día y en ese momento coincidimos los dos en aquel cruce, o casi coincidimos, porque yo salvé la vida y atrapé el balón, y él tuvo que frenar en seco para no llevarse por delante un chaval. Cuando volvía con la pelota en las manos vi como él se bajaba del coche con el rostro desencajado, como se dirigía hacia mí, me arrebataba el balón de las manos, lo metía en el auto, se metía él y ambos tres arrancaban y se iban. No le conocía, luego me enteré que era él, fue la primera vez que le vi, el hombre que rajaba los balones.

Había oído hablar de él pero esa fue la primera vez que me lo encontré cara a cara. Se oían decir decenas de tropelías por su parte y por lo que se contaba de él y sin haberlo avistado nunca ya me lo imaginaba con el rostro desencajado, la voz atronadora y el gesto desmedido, puro huracán, puro exceso y brutalidad, por lo que me sentí afortunado de haber salido ileso de aquel primer encuentro con sólo un balón perdido que, además, no era mío. Era, de alguna manera, uno de los personajes viles que poblaban nuestra infancia y todas las infancias, seres malvados de conducta canalla y aspecto ruin, mitad ser humano y mitad mitológico, mitad sátiro, mitad diablo, de comportamiento lascivo, plenamente rijoso en sus diversas acepciones, enfermo mental e inadaptado, al que se le veía venir, o de apariencia pulcra y cultivada que sólo descubría la libido malsana y la intención cruel cuando ya te encontrabas atrapado en su madriguera. Todos crecimos aprendiendo a huir de esos personajes y esa era tarea de enseñanza tanto de los iguales como de los mayores, y nos pasábamos buena parte de la infancia intentando descubrir al lobo bajo la piel de cordero.
Su casa la teníamos localizada, era una típica casa de nuestro barrio, con un pequeño jardín en la parte delantera, dos plantas y un patio trasero que se comunicaba con otros muchos patios traseros del resto de casas. Cuando aún no se había generado la manía de los adosados el barrio ya era precursor de una moda que haría furor en el futuro. La casa no tenía nada de especial salvo que era su casa y el propietario misterioso otorgaba también misterio a su vivienda. Se encontraba casi siempre cerrada y rara vez se veía a alguien entrar o salir de ella, eso le daba morbo y nos daba pie para desencadenar nuestra fantasía: aquel hombre tenía dos hijos a los que mantenía encerrados en una habitación interior cuya puerta sólo se abría para pasarles la comida, su mujer unas veces era una vieja bruja desgreñada y sucia que sólo emitía continuos gruñidos ininteligibles y otras una bellísima joven entregada a la fuerza a ese hombre y a la que no permitía salir a la calle y de la que abusaba continuamente, su casa se encontraba repleta de juguetes rotos que había ido acumulando con los años como trofeos de su guerra declarada a los niños, en su interior mantenía atado a una cadena a un perro salvaje al que mataba de hambre para aumentar su ferocidad y que por las noches algunos oían aullar lastimosamente durante horas enteras.... Podíamos pasar horas enteras asomados a esa verja fantaseando sobre mil y una peripecias a desarrollar allí, pequeñas o grandes venganzas, vendettas de tantos abusos cometidos, desquites en nombre de toda una generación. Eran momentos de valor y de miedo, dispuestos a la huída a la más mínima sensación de movimiento en la casa. De lo que no albergábamos ninguna duda era de la sentencia dictada: aquel hombre era culpable y como tal debía de ser tratado con severidad extrema.
Una tarde de invierno que me encontraba aburrido en casa decidí echarme a la calle en busca de compañía. Ya mi madre me avisó de la hora que era y del frío que hacía, que quién iba a estar ahora dando vueltas por la calle, que lo único que iba a encontrar era un pasmazo y todas esas cosas que las madres han aprendido desde la genética más primitiva, pero yo hice honor a mi edad y me eché a ella, eso sí, bien abrigado, guantes, bufanda, gorro y todas las capas que fueran posibles sin llegar a impedirme el movimiento. Alguna concesión era necesario hacer. Callejeé un rato sin encontrar por esquina alguna ser viviente con el que relacionarme hasta que sin intención premeditada me encontré delante de la puerta de su casa. Ésta ejercía sobre todos nosotros una especie de imán al que nos sentíamos inevitablemente atraídos; y allí me quedé, yendo y viniendo a la espera de algún camarada pero más pendiente, de hecho, de cada rendija de una persiana de aquella casa que de encontrar alguna cara conocida. Y entonces ocurrió. Se abrió la puerta y él salió con su gesto permanentemente malhumorado, atisbó los alrededores como a la espera de algún intruso al que devorar, y yo me quedé petrificado, como paralizado por un rayo, creo que pasó su mirada sobre mí y yo deseé que me tragara la tierra, pero su mirada continuó como a la espera. Y lo que esperaba llegó. Un coche paró en la misma puerta del jardín y a él se le cambió la cara, del vehículo salió una niña pequeña (a mí, desde la matusalénica edad de mis siete años me pareció infinitamente bebé) que abrió los brazos y se le abrazó a él. Y él hizo lo mismo, y reía y besaba, siete sonoros besos en su mejilla (los conté y los recuerdo con exactitud porque coincidían con mi edad) mientras la levantaba en volandas. Y entonces, sí que me quedé de verdad petrificado, es uno de los puntos en los que uno nota que empieza a dejar atrás la infancia, cuando empiezan a generarse en él contradicciones y se resquebrajan por primera vez las firmes imágenes que uno tiene hechas de los demás. No sólo era que él manifestara algo distinto a la furia que se le presuponía, siempre quedaba la posibilidad del engaño, era que ella se abrazaba y besaba con la misma intensidad, incluso parecía sentirse más feliz que él. De la mano se metieron en la casa y yo me sentí confuso, con un punto de terror ante lo que pudiera ocurrir allí dentro y una gran parte de desconcierto que no sabía como encajar, como un gran puzzle del que me faltaban muchas piezas. He de confesarlo, también me sentí avergonzado, quizás por ello decidí refugiarme de nuevo en mi casa y rumiar en soledad ese ininteligible embrollo.
La siguiente vez fue peor. De nuevo un equipo contra otro, de nuevo un balón en medio, de nuevo una patada fuera de lugar (la mía), ahora una calle distinta (la suya), y el esférico que va y va y va y cae donde no debe, donde nunca debiera haber caído, donde todo el mundo queda perplejo y mudo, inmovilizados ante el hecho, esa cámara lenta que todos observan y nadie es capaz de detener, esa parábola inquietante que todos van intuyendo que acabará en tragedia. Y así fue. El balón cayó en su jardín. ¡Su jardín! Y yo había sido el causante. ¡Yo! Y entre el balón y yo se interponía una enorme verja afilada, con gruesas lanzas terminadas en punta, picas esperando la res y esa res tenía que ser yo. Saltar a través de aquellas armas homicidas o llamar a la puerta y adentrarme voluntariamente en la boca del lobo. La alternativa era clara, suicidio o muerte violenta. Siempre era mejor el suicidio. Trepé a la pequeña tapia que sustentaba la verja, me auparon ellos hacia arriba para encaramarme a la verja e impulsarme con mis brazos para quedar sentado entre rejón y rejón, pero mis brazos no fueron lo suficientemente fuertes como para sostener el peso de mi cuerpo (nunca dije todavía que era un poco gordito) y me fallaron en el momento culminante y fueron esos rejones los que evitaron mi caída confabulados con mi tripa, y quedé cual pendón maltrecho de un ejército derrotado a la espera de ser robado por el enemigo. Y el enemigo, al oír el alboroto, salió y yo me desmayé allí mismo, sin fuerzas y aterrorizado por lo que se me venía encima.
Desperté en el hospital con un buen costurón en la barriga, debilitado y marchito, rodeado de atenciones y dejándome mimar. Contrito de lo ocurrido, siempre con la lágrima a punto para procurar la conmiseración y eludir los rapapolvos, incitando a la lástima y a la espera, de paso, de la limosna. Allí pasé algunos días rodeado de mis familiares y constantemente visitado por los vecinos y amigos. Pasé a ser el niño del milagro y así intente, entre sollozos y quejidos, llevar esa dignidad con orgullo y (falsa) humildad. Me sentí, pues, regalado y halagado durante aquellos días, hasta que una tarde la puerta se abrió y apareció él seguido de mi madre con la sonrisa en la boca. ¡Traidora! pensé en un primer momento, me hubiera levantado de un golpe si las fuerzas y mi dignidad me lo hubiera permitido (y el miedo no me hubiera atenazado y hubiera tenido algo de valor, todo hay que decirlo). Se acercaron a la cama y él, serio y en silencio me aproximó un paquete cuadrado del tamaño de una cabeza. Imaginé la cabeza de Juan el Bautista entregada a Salomé tal y como contaban en catequesis, toda sangrante y todavía caliente. Me animaron a abrirlo, mis dedos agarrotados por el pavor no eran capaces de romper el envoltorio, y él me miraba fiscalizador y sin perder ni un pequeño gesto o movimiento. Por fin el papel cedió casi al tiempo que mi corazón se encontraba a punto de escapar corriendo por mi boca con más valor que yo. Por fin el envoltorio descubrió su secreto: un flamante balón de reglamento todo y solo para mí.

domingo, 13 de febrero de 2011

VÍCTIMAS




Estoy enfermo de esclerosis múltiple desde hace diez años, en ese tiempo me he ido convirtiendo en una persona, en gran medida, dependiente. He perdido capacidad para andar, he perdido memoria, sensibilidad en las manos, que se han vuelto muy torpes, la fatiga me inunda al más mínimo esfuerzo y otras muchas servidumbres en las que el cuerpo me ha ido diciendo basta. Esa es mi situación, pero es claro que ello, por sí mismo, no me ha vuelto ni más bueno, ni más inteligente, no me ha dado la certidumbre de que no erraré en mis decisiones, no me ha otorgado la razón para sentirme eternamente enojado con todo y con todos. La desgracia no es una patente de corso para justificar todos los desmanes que podamos hacer. La adversidad es un acontecimiento ante el que podemos responder de maneras muy diferentes, ante el que podemos crecer, madurar, aumentar nuestra sensibilidad, desarrollar nuestra inteligencia, o ante el que podemos degradarnos, mirar la vida y a los demás con desprecio, perder la razón, caer en el continuo victimismo, aquel que creemos que nos otorga, sin más, derechos ante los demás.


Viene lo anterior a cuento de la presencia pública en nuestra sociedad de colectivos de víctimas, gustosos de cargar con un saco de agravios cada vez más lleno, coleccionistas de afrentas, esmerados ejercitadores del rencor, azotes necesitados de traidores y enemigos. El afectado por la adversidad no se vuelve bueno ni listo. El afectado de la violencia no se vuelve por ello ni santo ni héroe, no adquiere el derecho de última instancia en la toma de decisiones. La adversidad es una desgracia en si misma y toda sociedad éticamente regulada ha de cuidar de cualquier persona afectada por la misma, de su reconocimiento y superación de la situación, pero no puede encontrarse supeditada a la satisfacción de sus obsesiones y rencores, temerosa de sus despropósitos, exigentes de una venganza que nunca se dará por satisfecha.


Es, ciertamente, comprensible el ejercicio de esta desmesura por estas personas, la exigencia de unas medidas que un estado de derecho no puede satisfacer por satisfacerlas, es comprensible su enojo, su alboroto, es, sin embargo, obsceno el eco interesado que estos comportamientos tienen en una parte muy significativa de nuestro espectro político y mediático. Se alientan las vísceras no la razón, se estimula la respuesta rabiosa no la sopesada y mesurada, se fomenta el permanente estado de ira y locura no el de la calma y la misericordia, se alimenta el odio. Los llamados católicos exigen sin matiz alguno el ojo por ojo, los escandalizados utilizan la mentira sin pudor, de la destrucción desean su rentabilidad, prefieren antes el beneficio que la paz. Es duro, pero la historia nunca deberá estar en manos de las víctimas y, por supuesto, menos, en las de los verdugos. El equilibrio complejo, difícil, doloroso a menudo, de la gestión política ha de moverse en esa tensa cuerda de las éticas de la responsabilidad y de la convicción. No se trata de frialdad sino de saber por experiencia histórica que el bien personal y social nunca tiene el color de la victoria a sangre y fuego, sino el de los complejos laberintos en los que se mueve la vida y en los que el perdón, el olvido, la misericordia y la cordura establecen todo tipo de cautelas y matices. Hablar de perdón y de olvido no es hacerlo de una imposible amnesia ni de un ejercicio de hipocresía, sí lo es de incorporar a la vida la conciencia de que esta, ni la de la sociedad ni la de uno, puede ser rehén del rencor y de la venganza y de que entre el blanco y el negro existe un infinito abanico de colores. En esa búsqueda del bien no tienen lugar los profetas de catástrofes permanentemente empeñados en que existan para poder ejercer de salvadores y utilizando hoy el dolor y la locura de las víctimas para su propia rentabilidad y su abandono posterior cuando dejen de ser útiles y se vuelvan incómodas.


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¿Profesional frío de la mentira o representante perturbado de una sociedad perturbada?

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El circo siempre exigió carnaza para las fieras.

jueves, 3 de febrero de 2011

RECUPERANDO EL MITO


El mito es una narración imaginaria, con carácter metafórico, que intentaba explicar la realidad, el progresivo avance del pensamiento racional lo fue volviendo poco a poco innecesario o, al menos, eso creemos. Sin embargo, el mito cumplía otra función, la de establecer una narrativa compartida que vinculaba a la sociedad, su pérdida facilitó la atomización de la misma y el creciente individualismo de sus miembros con las consecuencias propias de todo ello. Al mismo tiempo uno puede preguntarse si puede darse por amortizado su carácter explicativo. ¿Toda la realidad puede darse por explicada mediante el pensamiento racional o sigue siendo necesario un cierto pensamiento simbólico? ¿Ha desaparecido toda experiencia trascendental como aquello que va más allá de lo estrictamente inmanente, de lo sujeto a leyes experimentales? ¿Sigue siendo necesaria una narrativa común que aporte cohesión y unos mínimos de ética y moralidad compartida? Desde mi punto de vista creo que sí y aquí podemos encontrar uno de los debe del pensamiento llamado transformador. Poco o nada se transforma desde el individualismo, carece de la fuerza necesaria de lo colectivo y de la moralidad debida para que realmente aporte sentido transformador. Esta recuperación del mito como narrativa común exige dos cosas, la primera evidente, mantener el mito en su carácter simbólico, metafórico. El gran riesgo de las religiones es entenderlo en un sentido literal hasta destruir la racionalidad, obligar a la aceptación de la irracionalidad y convertirla en ley de obligado cumplimiento. La segunda es desprenderse de prejuicios y recuperar el uso de conceptos y términos con una gran carga simbólica y transformadora: ética, virtud, moral, Dios, términos de los que las religiones se han apropiado y a los que se ha renunciado.
Aceptemos una realidad incuestionable, lo que hagamos o dejemos de hacer en esta vida depende exclusivamente de nosotros, nadie incorpóreo, trascendente, nada, va a intervenir en ella. Dios no guiará nuestros pasos ni responderá a nuestras preguntas salvo que le hablemos como Hommer Simpson, “si estás de acuerdo no digas nada”. Aceptemos una segunda evidencia, el concepto Dios es un invento humano, el mismo concepto por su propia naturaleza es inaprensible, incomprensible, escurridizo, cualquier pretensión de darle forma es un esfuerzo inútil en su resultado final si pretendemos con ella establecer la foto fidedigna final, solo es válida en tanto esfuerzo. Dios no puede encerrarse en dimensiones antropomórficas, pero no por ello la idea Dios se vuelve innecesaria o inconveniente.
Planteémoslo de otra manera:

ÉL

A Dostoievski. Me descubro ante él y le hago una reverencia


Seguían utilizando su supuesta omnipotencia cuando hacía mucho que había dejado de ser así. No recuerdo bien cuando me asaltó la corazonada de que Él tenía Alzheimer, ni en qué momento ni por qué se me dio la ocasión de visitarlo.
El capellán, con gesto adusto, se detuvo conmigo ante la puerta y con
enorme severidad rayana en la agresividad se dirigió a mí.
- Aquí estás. Es todo tuyo. Tú te lo has buscado y al fin lo has encontrado. Serás víctima de tu propia soberbia. Criatura humana engreída. ¿Hasta dónde pretendías llegar? Que el orgullo no se apropie de ti, no has descubierto nada especial que el resto de los mortales no sepa o intuya. ¿Quién pretende saber la verdad cuando esta es dolorosa, cuando no se desea soportar la carga que representa? No es la sabiduría sino la necedad lo que te ha traído hasta aquí. Lo que digo es todo tuyo. Hasta ahora os hemos librado de esta carga y no habéis sabido agradecérnoslo. La fe en Él no os ha hecho libres pero sí felices. Hemos soportado esta verdad por vosotros. Sabemos de vuestra debilidad y por ello por lo que hemos aceptado este sacrificio. Habéis hecho pasar por privilegio lo que no es sino generosidad, abnegación. Hemos renunciado a nuestras pasiones, deseos e intereses sólo por vuestro bien. Nos hemos transmitido desde siempre el secreto para manteneros a salvo del pánico, del vértigo que os produciría; y sin embargo, no todos habéis quedado satisfechos. La vanidad os ha podido. Ésta era tu altivez. Éste es tu logro. ¿Sabrás que hacer con él? ¿Te atreverás a sobrellevarlo? Piensas que este es un principio. Quizás sea tu fin. La vida es muy corta como para malgastarla en responsabilidades que otros pueden asumir. No habéis dejado de ser unos niños que necesitan ser guiados. Niños arrogantes como tú pero niños al fin y al cabo. Pretendes asumir tu condición de adulto. ¿No sabes que la humanidad nunca ha querido ser adulta? Toda su historia no ha sido sino buscar caminos para el engaño y en esa función nosotros somos esenciales. Y tú pretendes ser adulto, comer de la fruta prohibida, ser expulsado del paraíso que hemos construido para vosotros. He aquí tu nuevo paraíso. Entra. Es todo tuyo.
Me abrió la puerta y me dejó pasar, la cerró tras de mí y me dejó solo ante Él. Se encontraba en una fase muy avanzada de la enfermedad. La demencia le había invadido completamente. El deterioro de su masa muscular le había hecho perder completamente la movilidad por lo que ya se encontraba en un estado total de encajamiento. Era incapaz de alimentarse por sí mismo. Incontinente. Lleno de úlceras. Incapaz de comunicarse con los demás ni tan siquiera de recibir o enviar leves señales emocionales. La mayor pare del tiempo se mantenía con los ojos cerrados, sin embargo, en los pocos momentos en los que los abría, era incapaz de reconocer nada ya a nadie, de establecer la más mínima relación visual con su entorno. La mirada extraviada en un limbo propio. Era completamente dependiente. La muerte no le había llegado, ni nunca le llegaría. Estaba condenado a ese estado para toda una eternidad. Dependiente de los demás pero sólo expuesto no a su final sino a su propio deterioro, a su lento, inexorable y extremo deterioro. Esa era la eternidad, pero una en la que nadie hubiera puesto su esperanza.
Solos él y yo. Tenía dos opciones, marcharme y dejarlo allí, nadie me lo hubiera recriminado; él no había percibido mi presencia, menos sería consciente de mi ausencia, de mi abandono. La segunda opción era quedarme e intentar camuflar ese deterioro. Cuidar las llagas que le cubrían el cuerpo. Limpiar sus deposiciones. Mantenerlo en cierta dignidad. Sin embargo, sabía que nunca podría agradecérmelo.
Me senté frente a él y durante muchos minutos simplemente le miré, le miré con una mirada mezcla de estupor y miedo, atrapado en mi propia lucidez; ante una encrucijada en la que nadie podía elegir el camino a tomar por mí. Me encontraba libre, pero no sabía qué hacer con esa libertad que pesaba sobre mí como una esclavitud.
No existía ningún gran ojo permanente sobre mí, era yo quien le contemplaba y podía controlar su evolución. No había quien me dijera lo que debía de hacer, era yo el único responsable de mis decisiones. No dependía de nadie. Nadie cuidaba de mí. Era Él quien estaba en mis manos necesitado de mis atenciones. Nadie que me premiara o castigara, sólo yo sujeto de mi conciencia, cada noche descubriéndome culpable o inocente. ¿Dónde podría esconderme? ¿Cómo huir de mí mismo?
Me asaltó la tentación de la inocencia. ¿Qué culpa tenía de esa situación? ¿Por qué yo? Realmente, qué me incumbía a mí en todo ese asunto. Si habíamos sobrevivido durante siglos desconociendo esa realidad, quién era yo para pretender cambiarla. Qué sabía yo adonde podía conducir ese cambio, cuáles serían sus consecuencias. Vanidad de vanidades todo es vanidad y yo el más vanidoso de todos. Qué tenía yo que ver con aquello. De nada se me podría acusar si eludiera tomar parte en el problema, sí en cambio si decidiera inmiscuirme. Problema, pero de qué problema podía hablar, dónde estaba si existía. No hay problema en lo que permanece, sí puede haberlo en lo que cambia. El olvido sería fácil. Esto no habría sido sino un mal sueño que ignoraría al despertar. Me levanté y me dirigí hacia la puerta, por un momento me detuve con la mano en el pomo. No pensaba en nada, simplemente parecía querer tomar conciencia de cuáles eran mis sensaciones y ninguna parecía haber sino el silencio. El silencio no condena, estamos acostumbrados a vivir en él, seguro que podría seguir viviéndolo. Giré el pomo y abrí. Antes de dar un paso al frente me asomé al pasillo, nadie se encontraba en él, hubiera podido creer que nadie hubiera estado antes en él si yo mismo no lo hubiera hecho poco tiempo atrás. No tendría que soportar ningún reproche. Nadie tenía, por otro lado, autoridad para hacerme ninguno. Cerré la puerta y tras ella quedó Él, tendido en la cama, en una habitación vacía, ulcerado, comatoso, supurando pus y soledad para una nueva eternidad. La eternidad puede convertirse en un instante y yo estaba a punto de abandonarlo. Podía marchar. El mundo se ha hecho a sí mismo y seguiría haciéndose tras ese instante.
Abrí la puerta de nuevo y pasé. Acerqué la silla a la cama. Me senté en ella. Le miré el rostro. Le miré las manos. Puse mis codos sobre mis rodillas y me cubrí la boca con la palma de las mías. Oía mi respiración chocar contra mis dedos. Transcurrieron unos minutos. Noté la humedad surgir lentamente en mis ojos. Como si temiera despertarlo, como si temiera despertar yo, acerqué mi mano a la suya y delicadamente se la cogí.

No dependemos de Dios, es él el que depende de nosotros. Ahora demos un paso más, despojémosle de esa forma humana, es más, sustituyamos la palabra si nos es incómoda, llamémosle Vida, Naturaleza, Sentido, Hombre… Somos nosotros los responsables de todo ello que nos trasciende, que nos engloba, que nos da sentido, finalidad.
Una segunda parte del mito. Aceptemos otra realidad, por humildad, no somos el centro de la creación, no todo está a nuestro servicio, pero quizás sí seamos, al menos en la medida que conocemos un elemento cualitativamente importante, por nuestro poder, de la misma. Démosle expresión simbólica a ello, somos el hermano mayor de la misma o el hermano privilegiado, ello no nos da más derechos, nos otorga más responsabilidades. Nuevamente no nos encontramos ante el consuelo de alguien que nos protege, sino ante el dolor de la lucidez, somos los principales responsables de todo ello, de su mantenimiento o destrucción, de su fortalecimiento o debilitamiento, es aquí donde cobran sentido términos como responsabilidad, culpa, pecado…
Atrevámonos a un paso más, ahondemos en la humildad, que nos dé lucidez, no somos sino mucho menos de una micro millonésima parte de ese todo, no somos la medida de nada, la medida es ese todo, la del tiempo (deja de tener sentido tanta urgencia, es necesario cambiar tantas estrategias), la de nuestra vida. ¿Cómo hemos llamado al final a ese todo: Hombre, Vida, Naturaleza, Dios? Qué más da.
Un último paso, el relato es circular, todo ese Todo no es nada sin las micro millonésimas partes que vemos, que están a nuestro alcance. Son de ellas de las que somos responsables, tienen nombre propio, rostro, forma, color, vida. Somos responsables de otorgarles una vida justa y de transmitir a todo aquello que nos reemplace una herencia en condiciones.Cuanto más pequeñas, cuanto más frágiles, cuanto más dependientes, más responsables. Al principio y al final estamos hablando de lo mismo.