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domingo, 27 de marzo de 2011

REIVINDICACIÓN DE LA POLÍTICA




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Quién no ha recibido últimamente algún correo poniendo como hoja de perejil a los políticos, por sus privilegios, fundamentalmente económicos (hemos olvidado el significado histórico que tuvo el hecho de la retribución económica para la actuación política), y en esa abominación no sabe uno distinguir de donde viene una u otra, en esto, como en tantas otras cosas los extremos parecen tocarse. Parece que nuestro país ha cambiado ha vuelta a planteamientos de hace setenta años: la ocupación política como algo sucio y denostable en si mismo. Algunos creerán que andan haciendo la revolución con esta batalla pero el final de la misma temo que no ande muy lejos del presente francés con una subida electoral de la ultraderechista Le Pen. ¿Cómo explicamos la realidad sin incluirnos en esa explicación?. Es necesario reivindicar la política como algo necesario y valioso, inevitable en sí misma y meritoria con servicio hacia los demás, pero esa reivindicación ha de pasar, a mi juicio, por algunas premisas.


Todos hacemos política. Todo nuestro comportamiento social es político, con él estamos construyendo ciudad, sociedad. No podemos contentarnos con utilizar a los políticos como chivos expiatorios si nuestra actitud en el trabajo y en nuestro entorno hace colectividad cerrada y egocéntrica, si el mensaje que transmitimos es resistente a todo cambio, a toda mejora, está cargado de miedo y egoísmo.


Los políticos no son alienígenas. La extracción social de la “clase política” es exactamente la misma que la nuestra, sus fenotipos son los nuestros. No es justo estigmatizar al político si el comportamiento predominante entre nosotros es la búsqueda del máximo beneficio con el mínimo esfuerzo, la falta de sensibilidad ante los que sufren, la escasez de análisis intelectuales complejos, matizados, autónomos y la preponderancia de los simplistas y viscerales. Una prueba evidente: el electorado no castiga los comportamientos corruptos, al contrario, los refuerza. Ser mueve por etiquetas no por análisis éticos y políticos.


La política es gestión del poder. La gestión del poder nunca es pura, mancha. La pureza alejada del poder siempre es fácil. Nunca es simplista, es extraordinariamente compleja. El actuar político nunca puede renunciar al uso del poder, siempre debe de aspirar al mismo. Al mismo tiempo debe dotarse de medios de control independientes del mismo, rigurosos, exigentes. La política es un servicio a la comunidad, no cabe un político que pierda esa perspectiva por abuso u omisión.


La política es pragmatismo. Nunca puede manejarse en exclusiva por la ética de la convicción por el riesgo de desembocar en el desastre, hay que manejar también la ética de la responsabilidad. La realidad siempre es compleja, los efectos de nuestras intervenciones sobre ella conllevan casi siempre efectos no previstos y muy alejados de nuestras intenciones. No vale la máxima perversa de si la realidad no coincide con mis deseos tanto peor para la realidad, la política tiene el objetivo del bien común y no está permitida actuación alguna que vaya en contra de este por muy buena voluntad que se dé en la misma. Pero, al mismo tiempo, el pragmatismo no puede encontrarse desnortado (o des-surado) y esto solo lo aporta la utopía. Utopía y pragmatismo han de convivir. El viaje de miles de kilómetros comienza con un solo paso. La utopía, el horizonte nos aporta la meta, a la que nunca llegaremos, el camino, la orientación; pero no vale con manejarse únicamente en este plano pues nunca se traduce en pasos concretos, siempre es posible y necesario un primer paso, y un segundo, y un tercero, y así sucesivamente: el pragmatismo, los pasos que sí podemos dar pero que nunca nos resultan del todo satisfactorios. Es común la doble tentación, la de la eterna y estéril pureza, siempre dotada de autoridad para anatemizar… a otros, alejada de toda realidad, instalada en la cómoda ausencia de exigencia de toma de decisiones; y la del cómodo pragmatismo exento de la autocrítica de la utopía, pragmatismo que no avanza, instalado paso adelante, paso atrás siempre en el mismo lugar, pragmatismo que se mueve en círculo; pragmatismo que no quiere cambiar pues sería abandonar privilegios.


Los políticos han de formar parte del pueblo. Es triste que hoy se hable de “clase política”, los políticos son representantes del pueblo pero nunca podrán serlo si forman clase aparte, si como la capa de aceite siempre se mantienen por encima del agua, sin mezclarse. Es necesario desprenderse de privilegios, aunque solo sea a modo de gesto. Es esencial no alejarse de la realidad, no vivir en la burbuja en la que muchos viven; rodearse de personas capaces de decir aquello que no quieren oír (también por afecto) y no eternizarse en el ejercicio de la misma.


Fomentar la inteligencia. Se prima la fidelidad a ultranza, la capacidad de repetir con énfasis y sin problemas los mensajes ajenos. Molestan los mensajes críticos, el resultado es la reproducción endogámica, una fuerza centrífuga que va expulsando los planteamientos complejos, matizados, críticos: la inteligencia. Se empobrece el debate, se difumina la perspectiva ideológica, la gestión del poder queda en manos de los menos capaces, los más capacitados se muestran extremadamente remisos a entrar en ese mundo.


Erradicar el simplismo moral e intelectual. Erradicar la idea de que fuera de nuestra iglesia no hay salvación. Que el otro siempre es enemigo, que al enemigo es necesario aniquilarlo, que de él sólo puede esperarse errores, maldades, traición. Esta simplificación es rentable electoralmente pero resulta socialmente mortal. Empobrece intelectual y éticamente a la sociedad, la desestructura. Una sociedad desestructurada y hundida en la miseria moral e intelectual es manejable políticamente (de la política de los politicastros) pero es un estorbo para cualquier cambio, para cualquier mejora de la misma.


El fin está en los medios. La política y los políticos nunca pueden olvidar el componente educativo que posee. El político es ejemplo, lo que hace construye (o destruye) sociedad, humanidad. Utilizar medios espurios para alcanzar el fin, la conquista del poder, inevitablemente llevará al uso de esos mismos medios en el ejercicio de ese poder. Sociedad y “clase política” se retroalimentan, ni una ni otra pueden servir de excusa.


Una persona, en cualquier circunstancia, marca a diferencia. No tenemos excusa. Primero. Allá donde nos encontremos podemos marcar una diferencia en función de cómo actuemos. Las justificaciones solo pretenden esconder nuestra acomodación y nuestros miedos. Segundo. La política es de todos. Es necesario rescatarla de una situación de descrédito, a base de crítica, pero también de participación.


domingo, 20 de marzo de 2011

SIEMPRE HAY UNA RAZÓN PARA VIVIR





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Efectivamente, siempre hay una razón para vivir... hasta que deja de haberla. Siempre hay una razón para vivir... hasta que la vida se acaba. No dudo que la nueva campaña de la Iglesia no se encuentra asociada a iniciativa política alguna, que es simple iluminación divina, de inocencia angélical. Son ellos los que se empeñan en interponerse en los caminos de dios. Solo digo que las razones pueden agotarse, que ese enunciado se trata de un argumento teórico y que la vivencia de las mismas es pura práxis, es la vida misma. Solo digo que siempre hay razones para vivir con alegría hasta el último momento aunque se llore por dentro (ver el reportaje de Ramón Sampedro) pero nadie tiene derecho a imponer a otro cual ha de ser ese último momento, a obligar legal ni moralmente a que cada enfermo cargue con el madero que le ha tocado en suerte. Sí debe haber obligación de vivir la vida con toda la alegría posible, de transmitir toda la esperanza que podamos atesorar, toda la humanidad con la que nos hayamos cargado, de todo el amor que seamos capaces de dar, de bailar mientras suene la música, pero cuando ya no se sienta uno capaz de cumplir esa exigencia, poder parar la música sin que nadie le coaccione ni a él ni a sus allegados, de rodearse de ternura y misericordia después de tanto sufrimiento vivido. Misericordia quiero y no sacrificio (Mateo, 9:13).
Celebrar la vida también es incorporar a ella la muerte con naturalidad. Esta última, en gran medida aporta sentido a la primera. La muerte no ha de ser un tabú, una traición. Recuerdo el poema de Bertolt Brecht, que también puede ser aplicado aquí: "Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.." La lucha de un hombre un día por mantenerse vivo con dignidad legitima su derecho a morir también con ella, sin ser rechazado, repudiado, excolmugado. ¿Donde está la misericordia? ¿Donde la piedad? ¿Donde la humanidad? ¿Donde el acompañamiento al enfermo?
Yo soy enfermo de esclerosis múltiple, no tiene por qué ser una enfermedad que me lleve a una situación límite, pero que nadie me hable de un dios dueño de mi vida y ciego ante mis sufrimientos, que antepone el sábado al hombre, la ley a la misericordia (¿no quedamos que era al revés?) Efectivamente, si la vida es un regalo no la convirtamos en una condena; si la enfermedad te hace más humano, que nos hace, no permitamos que nos degrade hasta perder la esencia misma de esa humanidad ni nos convirtamos en jueces de los criterios de humanidad que hay que imponer a los demás; sí, nuestra vida también les pertenece a todos pero no convirtamos a esos todos en tribunal sumarísimo y distante al sufrimiento que despoja al enfermo de todo derecho sobre sí mismo; que si la vida es un don de dios, ninguno, solo el más cruel desea, que nuestro regalo se vuelva contra el agraciado, ¿es así vuestro dios?; siempre hay una razón para compartir, también el dolor, también la necesidad de parar, de decir basta, de descansar de una vez; para crecer y quizás el mayor ejemplo de crecimiento es poder tener la vivencia lúcida, serena, compartida, tierna, cariñosa del último momento; para celebrar, también la despedida gozosa; para llorar, también el dolor compartido, la humanidad expresada al máximo en el momento crucial, el recuerdo de ese momento sin sufrimiento, de llorar jubilosamente con el último chiste que se tuvo oportunidad de hacer. Si llegado ese momento, me juzgáis y me consideráis culpable y me repudiáis, y tiráis la primera piedra, por favor, no llevéis vuestra ofrenda ante el altar (Mateo, 5, 20-26)

VÍDEOS DE INTERÉS


25/08/2009

Un grupo de ancianos en Australia desafía la legislación de su país para conseguir el derecho a morir por su propia mano, para evitar la degradación física y moral, y la dependencia en grado extremo.
En muchos casos desechan la posibilidad de acabar sus días en una residencia impersonal, bajo el control de la profesión médica y exigen poder elegir su fin dignamente, sin dolor, sin agonía y rodeado de los suyos.

INFORME SEMANAL. LA HORA DE ELUANA.

14/02/2009

Después de 17 años en coma, el corazón de Eluana Englaro dejó de latir. Su muerte se produjo en pleno debate parlamentario para evitar que le fuera desconectada la sonda que la mantenía con vida.

EL TURISTA SUICIDA. CUATRO.

13/02/2009

John Zaritsky, director canadiense galardonado con un Oscar, acompañó a Craig Ewert durante sus últimos cuatro días de vida. El profesor Ewert, de 59 años, sufría una enfermedad neuronal que le había dejado incapacitado de piernas y brazos y le hacía vivir atado a una máquina de respiración asistida.

DOCUMENTOS TV. EL ÚLTIMO VIAJE.

12/12/2008

Se nos prepara para vivir en las mejores condiciones, pero nadie nos enseña a iniciar el último viaje, ni a gestionar el duelo. Sus protagonistas han aprendido a aceptar la muerte como la parte última de la vida que es y dejando de ser una experiencia destructiva, para convertirse en una vivencia.

INFORME SEMANAL. LA DECISIÓN DE MANEL.

25/10/2008

A Manel Casanova, de 47 años, le diagnosticaron Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) hace cuatro años. Había hecho testamento vital acogiéndose a la Ley de Autonomía del Paciente que permite al enfermo rechazar de forma consciente un tratamiento. Manel quería decidir cuándo morir.


MI MUERTE ES MÍA. CUATRO

25/04/2008

Rodado durante varios meses en Holanda y en España, Mi muerte es mía nos acerca a un tema objeto de debate en la sociedad española, pero fuera aún de la controversia política y de nuestras leyes.


LÍNEA 900. EUTANASIA: MORIR PARA VIVIR.

03/10/2004

La historia de Ramón Sampedro la descubrió Laura Palmés, una redactora del equipo de Línea 900, hace 11 años. El caso de este tetrapléjico gallego que pasó 25 años en una cama y que luchó por su derecho a morir.


NOMBRES PROPIOS:


ASOCIACIÓN DERECHO A MORIR DIGNAMENTE. Página web


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Video de la Campaña por la Vida 2011 de la Conferencia Episcopal Española SIEMPRE HAY UNA RAZÓN PARA VIVIR.

domingo, 13 de marzo de 2011

CÍRCULO VICIOSO


La señora Rodríguez leía una revista de corazón sentada en el sofá del salón comedor de su casa y el señor Delgado realizaba un crucigrama del periódico del día arrellanado en el sillón enfrente de su mujer, mientras, la televisión, situada en el centro de la pared que había delante de los dos, permanecía encendida. Ninguno la veía con atención, únicamente necesitaban sentir su sonido de fondo dando vida artificial al hogar. De vez en cuando levantaban la vista y la miraban en un acto casi reflejo para volver rápidamente a su ocupación.

En el aparato de televisión una mujer rubia que sobrepasaba ampliamente los cuarenta a pesar del intento evidente por ocultarlo con mucho maquillaje sonsacaba de mala manera las turbiedades de su vida marital: los reproches por el comportamiento desapegado de su esposo, la muy rara cohabitación que realizaban en los últimos años, los celos que sus frecuentes salidas le generaban. Tras ella lucían decenas de televisores con programaciones diferentes.

En el corazón de ese panel un varón treintañero respondía ardorosamente a las preguntas que le realizaba el presentador, cabello engominado, voz chillona y atronadora, chaqueta verde oliva, corbata naranja y sonrisa postiza clavada en el rostro. Parecían jugarse más que la honra, la vida, adivinando a qué programas respondían las sucesivas imágenes que iban apareciendo en el receptor de televisión que el varón tenía frente a sí. El público coreaba su nombre de una manera falsamente espontánea y ridícula.

En ese momento en la pantalla una serie con risas enlatadas reflejaba la vida de un hogar absolutamente excéntrico en el que la una madre histérica bramaba contra el esposo absorto ante el televisor, hombre pusilánime y vacuo, que sorbía un plato de sopa mientras los fideos le chorreaban por las comisuras de los labios. La hija menor entraba y salía de la estancia vestida a la manera de una putilla barata y coloreado y repintado su rostro de una forma estrafalaria, interrumpiendo los rugidos de su madre con una voz desagradablemente aguda de vodevil de poca monta.

En el televisor un reality show pretendía reflejar la vida en una familia normal. En él la señora Rodríguez leía una revista de corazón sentada en el sofá del salón comedor de su casa y el señor Delgado realizaba un crucigrama del periódico del día arrellanado en el sillón enfrente de su mujer, mientras la televisión, situada en el centro de la pared que había delante de los dos permanecía encendida. Ninguno la veía con atención, únicamente necesitaban sentir su sonido de fondo dando vida artificial al hogar. De vez en cuando levantaban la vista y la miraban en un acto casi reflejo para volver rápidamente a su ocupación.

domingo, 6 de marzo de 2011

MR. HYDE

Supongo que todos, de alguna manera, llevamos dentro un Mr. Hyde, ese otro yo del que huimos o que deseamos, del que nos avergonzamos o del que nos enorgullecemos, una amenaza para los demás o, simplemente, un peligro para nosotros mismos, el otro yo que escondemos para no ser condenados, menospreciados o excluidos, esa parte oculta que hace que nunca dejemos de ser un extraño para los otros, un extraño desconocido en su misma extrañeza, un extraño que no existe para ellos ya que solo mostramos la fachada que nos interesa o la que únicamente somos capaces de enseñar. Siempre existirá una parcela del yo oculta al resto. Atrapados en el poder de la imagen siempre representando un papel, con el que a veces nos terminamos identificando, reprimiendo tod
o asomo de ese otro yo, o con el que siempre nos sentimos condenados a cargar, con un ajeno en el que no nos reconocemos o solo lo hacemos en la superficie de nuestro yo. Comunicación entre apariencias, simulacros de comunicación.

Hay un acuerdo tácito en no mostrar el lado oculto y en no demandar su presencia. Mostrarlo es crear el riesgo del escándalo. No queremos saber más de los otros que lo que podemos tolerar, que lo que nos permite continuar con la representación, a salvo en los límites de la apariencia. Pero muy a menudo, esa parte encubierta no es sino fragilidad, el yo débil, su silencio solo pretende formar una coraza que nos mantenga ilesos. En una sociedad en la que prima la certeza aunque sea impostada no podemos mostrar las dudas, es necesario enterrarlas lo más profundo posible para que nosotros mismos lleguemos a desconocer su existencia. ¿Pero puede existir un ser humano sin dudas? ¿Puede existir conocimiento? En una sociedad en la que prima lo políticamente correcto es necesario suprimir la transgresión para ser aceptado sin problemas, por ello se cataloga como perversión, uno y otro término terminan siendo sinónimos, la necesidad de la represión, de la castración; a menudo se etiqueta como perversión lo que no es sino ejercicio de libertad, muestra de fragilidad, comportamientos sin maldad pero que tiende a corromper las costumbres, el orden y el estado habitual de las cosas, y es eso lo que no se acepta. Y es todo eso lo que parece que necesitamos ver, mantenimiento de las costumbres, del orden, de ese estado habitual de las cosas que no nos interpele, que nos permita seguir con el simulacro. ¿Dónde tenemos encerrado a nuestro Mr. Hyde?

Y, sin embargo, que placer es poder mostrar parte de ese lado oculto (aceptemos que la totalidad nunca será posible), alcanzar un estatus en la vida en el que aquello te es permitido, poder mostrar tu fragilidad porque ocultarla no te hace más fuerte; poder mostrar tus dudas porque estas representan el camino de la independencia; poder airear tus defectos porque esto no te convierte en menos, te hace crecer; poder compartir tus transgresiones, tus perversiones, chiquitas, domésticas, porque esto te hace más humano y poder esperar del otro (de la otra) la comprensión, sabiendo que si esta no llega no es mayor tu soledad, solo es más manifiesta y que ahora, al menos, te queda la tranquilidad de que la pelota se encuentra en el tejado del otro, tú has jugado como debías, como siempre lo habías deseado, que eres mucho más tú que lo has sido siempre mostrando ese yo, más libre de papeles que te encorsetan, pudiéndote manifestar sin miedo al ridículo porque el ridículo es el que has venido haciendo hasta ahora, ese que te han aplaudido, todos cómplices de un mismo espectáculo, actores todos repartidos entre patio de butacas y escenario, deseosos de continuar con el teatro hasta el final.