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domingo, 24 de abril de 2011

RESURRECCIÓN



Que manía de inmortalidad la ser humano, como si la vida tuviera sentido sin la muerte, cómo si esta última no formara parte de la primera. Que manía la de sentirse el centro de la creación, el centro del universo, el centro de toda existencia, cómo si un eslabón tuviera sentido sin la cadena a la que pertenece, cómo si su sentido en ella no fuera el resto de los eslabones. Que manía la de intentar atrapar el presente para convertirlo en infinito, cómo si un instante eterno de felicidad no pudiera convertirse también en una condena. Disolverse en lo interminable es borrar los matices de la individualidad, sólo es posible la singularidad de la luz inmersa en la fugacidad, es la transitoriedad la que le da libertad, es la propia caducidad la que lo inserta dentro del ciclo perenne. No somos más que nada y que nadie, y, por ello, no somos menos. No estamos aquí para convertirnos en el cénit sino para ser una y otra vez el empujón para un otro que no soy yo, que no somos nosotros. Nuestro genoma está inscrito en el caos y es ese caos fructífero de la vida el que da razón a nuestro breve sueño de inmortalidad, el que puede hacer posible una resurrección dispersa en lo otro.
INDICIOS DE INMORTALIDAD
La vida está llena de secretos, pero el secreto mejor guardado eres tú.
La inmortalidad no existe, tu cuerpo morirá pero tú has ganado el derecho a ser inmortal.
Lo serás en el corazón de las personas con las que te cruzaste,
aún en aquellas en las que quedó tu poso y no te recuerdan,
donde quedó la huella que no se ve.
Lo serás en el corazón de tus hijos y en el de los hijos de tus hijos,
en su sangre, en su piel, en su semen, en sus óvulos y espermatozoides,
en la pupila de sus ojos, en el color de su pelo, en el gesto que realizan sin darse cuenta, en la memoria que se transmitirán entre ellos.
Quedarás para siempre disuelto en la tierra, disperso en las plantas, viajando en el aire,
en el depredador que caza y en la victima que es devorada.
Serás eslabón hacia otras vidas en las que se hallarán los indicios de tu inmortalidad,
la inmortalidad de ese hombre pequeño, desnudo, frágil, dolido, lloroso,
que hoy teme a la muerte.

jueves, 14 de abril de 2011

EL BESO


Decir beso no es decir ese leve roce formal de mejillas, no es decir ese sordo e imperceptible movimiento de labios, es hablar de un contacto suavemente húmedo realizado con la parte interna de ellos (suave o profundamente húmedo, pero ahí hablamos de otro tipo de beso), es firme contacto, es beso y abrazo a la vez, boca y manos juntas. Decir beso es decir cariño, es decir amor. El beso no tiene sexo ni parentesco solo es necesario afecto y deseo. Se trata de detener el tiempo por unos segundos, transmitir en ellos eternidad, comunicar en ese aparentemente mínimo gesto un abanico enorme de sentidos difícilmente traducible en palabras. Se trata de emoción, de ganas de contagiar vida, de ganas de seguir viviendo. Decir beso es lanzar un cabo contra todo naufragio, aferrarse a la vida. Decir beso es hablar de aquello que verdaderamente necesitamos, que verdaderamente necesito.

MATÍAS. UN EMPLEADO CON DIGNIDAD

Matías era exacto, sin excesos; reglamentario, hasta la distancia; cumplidor, dentro del orden que él se marcaba. Todas las mañanas acudía a su empleo (el concepto trabajo tenía unas connotaciones que a él no le gustaba usar) recubierto de la formalidad que le distinguía. Con sus gafas montadas al aire, con su traje impecablemente planchado, con su bastón de puño nacarado (no necesitaba ningún punto de apoyo, sólo se trataba de una cuestión estética, a veces, en los días de lluvia, podía sustituirlo por un paraguas con el que también poder marcar el paso de la manera en cómo a él le gustaba hacerlo) hacía a pie el corto trayecto que separaba su casa de la oficina. Ese corto trayecto le servía a él para autoafirmarse cada día en su envidiable categoría: era todo un señor. No es que se tratara de un prócer del lugar, ni tan siquiera era que fuera una alta o mediana instancia de esa larga cadena que parasitaba la carrera funcionarial; es que él entendía que se había ganado a pulso esa categoría. Día a día había establecido dignidad dónde para él sólo había desprecio, día a día se había encargado de no hacer concesiones que le pudieran ningunear, de no mostrar nunca una fachada frágil, menor, de su persona. Con ese afán también había ido recortando poco a poco sus gestos, por ejemplo, todas las mañanas, al despedirse de su mujer y de sus hijos, realizaba un leve balanceo de cabeza para mostrar su despedida. Su familia había aprendido a distinguir esos balanceos, medían la intensidad del movimiento y con ella aprendieron a interpretar la pasión que podía o no (solía ser que no) acompañar a su padre o esposo. Si a ese balanceo lo acompañaba con algún tipo de arqueamiento de cejas o de cerramiento de párpados sabían de inmediato el sentimiento que quería transmitir. Eran muchos los años transcurridos descifrando ese código.

Matías nunca daba besos. Como a él le gustaba decir, no debían mezclarse las cosas del empleo con la intimidad; y es que Matías tenía un empleo un tanto peculiar: era registrador de besos. Cada mañana, los registraba uno a uno según su denominación, la persona que lo realizaba, el día, la hora, la situación y hasta el sabor que sugería.

“Número de referencia: 57.213. Beso fraternal. Varón de 33 años y mujer de 36. 15 de diciembre. 19:30. Pasillo de la casa de ella. Algo soso. Pan de molde.

Nº de referencia: 62.498. Beso de despedida. Mujer de 34 años y varón de 38. 12 de marzo. 23:12 horas. Quicio de la puerta de casa antes de la ruptura definitiva. Amargo. Almendra.

Nº de referencia: 75.801. Beso de amante. Varón de 42 años y mujer de 37. 6 de junio. 00:30 horas. Dormitorio de casa ajena. Picante y húmedo. Marisco y cava.

Nº de referencia: 91.956. Beso formal. Mujer de 45 años y mujer de 48. 8 de octubre. 11:25 horas. Calle. Insípido. Acelgas con patatas.

Nº de referencia: 116.227. Beso de niño. Varón de 8 años y mujer de 54. 24 de febrero. 18:47 horas. Salón de casa de visita. Ligeramente dulce. Buñuelo de viento, más viento que buñuelo.”

Tenía estanterías llenas de archivos perfectamente ordenados y repletos de tipos de besos. Centenares de archivadores se amontonaban cubriendo las paredes del despacho. Allí se almacenaba buena parte de la historia afectiva de la localidad pero desprovista de toda la ternura que pudiera enturbiar la objetividad del registro. Matías era la persona idónea para ello. Dispuesto a no dejarse avasallar por un sentimentalismo traicionero que le llevara a perder la dignidad por la que tanto había luchado, hacía abstracción de cualquier posible apasionamiento, de cualquier indicio de apego a los rincones más sensibles del ser humano, esos más proclives a las concesiones y a la derrota. Había ido reduciendo su oficio a puro esquema en el que poder señorear a sus anchas sin rendirse a latidos extraños que no pudiera controlar, desterrando de su interior cualquier inclinación a sentirse partícipe de las vicisitudes ajenas. Aquellos legajos que incluían la crónica afectiva de los demás se habían convertido sin embargo para él en una coraza con la que defenderse de las amenazas que creía vislumbrar en el discurrir de las vidas con las que a su alrededor se encontraba. Se había construido en la distancia y en la distancia quería seguir habitando.

Esa mañana un movimiento extraño se producía reiteradamente en su estómago, un reflujo permanente hacia su boca le hacía sentirse incómodo. Debería haberse quedado en casa, ese esfuerzo que estaba realizando nunca sería suficientemente retribuido. Se movía de un lado a otro del despacho con la inquietud propia del que se encuentra allá dónde nunca debería estar. Refunfuñaba entre dientes mientras cargaba con desgana con decenas de actas y certificaciones, intentando poner orden en aquel maremagnun de documentos. La tarde anterior el inspector le había hecho desbaratar su inmaculado orden y las altas horas en las que finalizó no era momento de ponerse a recoger. “¿Qué pretendían esos burócratas? ¿Adónde querían llegar?”, mascullaba entre dientes mientras se subía a aquel pequeño taburete para intentar llegar a lo más alto de la estantería. Y para colmo ese malestar que no le dejaba concentrarse en su tarea. No se trataba de que su tarea mereciera mucha más atención de la que ya le estaba dedicando, sino de que esa llamada de su organismo le obligaba a recordar que estaba hecho de materia y que estaba sujeto a los avatares de la vida.

Nunca llegó a saber si se trató de un desvanecimiento o fue una simple pérdida del equilibrio provocada por la inestabilidad de aquella carcomida banqueta, el caso es que cuando se dio cuenta se encontró caído en el suelo cubierto de centenares de papeles que le tapaban casi por entero. Reparar todo aquel desorden le llevaría horas, se vería obligado a leer uno a uno todos aquellos escritos y a encontrar el sitio exacto para ser guardado cada uno de ellos. Dolorido por el suceso en su fuero interno (en su fuero externo sólo había producido una leve deriva hacia la izquierda de su corbata) se puso manos a la obra, releyendo uno a uno aquellos impresos, sentado a horcajadas en el taburete de la discordia. Beso a beso los leía sin el más mínimo ápice de conmoción, se trataban para él de besos no sólo sin sentimiento sino incluso de besos sin labios, resecos por la frialdad lejana con la que los contemplaba. Pero beso a beso, entre lamentos y protestas, fue internándose sin querer por los pasillos de su memoria sentimental, aquella que creía definitiva y afortunadamente enterrada. Evocó con ellos los luminosos dormitorios y los oscuros sótanos en los que se desarrollo su infancia y por los que transitó su adolescencia. Caminos que le fueron conduciendo hacia la referencia 3.212: “Beso maternal. Mujer de 45 años y varón de 9. 15 de abril. 9:00 de la mañana. Dormitorio del niño. Olor a pan tostado y a rosquillos caseros”.

La recordó, amasando la harina a la luz del ventanal de la cocina mientras en el puchero borboteaba el potaje del día; cantando el despertar diario mientras alzaba la persiana de su habitación; recostada sobre su cuerpo somnoliento ofreciéndole el pasaporte para iniciar el día con nuevos sueños que recobrar. El beso con el que se iniciaba la jornada. “Buenos días, cara de rosa”. El beso con el que también concluía. El beso con el que le cerraba los ojos y otorgaba descanso al esforzado guerrero de cientos de inútiles pero fructíferas batallas.

Caminó de vuelta a casa con esa dignidad que tan afanosamente había conquistado. Midió cada uno de sus pasos, cada uno de sus gestos. Saludó con un leve balanceo de cabeza a cada uno de los conocidos con los que se iba encontrando. Regresó a su casa recubierto de la formalidad que le distinguía, con sus gafas montadas al aire, con su traje impecablemente planchado, con su bastón de puño nacarado. Incómodo, no obstante, por ese eco primitivo que se le había agazapado en su interior. Como todos los días se acercó a casa con esa solemnidad con la que había aprendido a manejarse casi sin proponérselo. Como todos los días se hizo con el bastón en su mano izquierda antes de abrir la puerta con esa honorabilidad con la que se comportaba casi sin ser consciente. Como todos los días si no fuera por ese eco originario resonando en su interior. Giró la llave y penetró en su hogar, vio a su mujer a la luz del ventanal de la cocina. Ella le saludó con un leve balanceo de cabeza. Como todos los días. Él se acercó y la besó en los labios.



lunes, 11 de abril de 2011

EL CUERPO: EXPRESIÓN Y CONTACTO

Un correcto equilibrio entre emociones y razón se refleja necesariamente en el cuerpo. Este revela a la perfección el sobrepeso de una u otra parte. El cuerpo hierático, inexpresivo, que pone de manifiesto unas emociones doblegadas ante el poder de la razón; o el incontrolado, reflejo de una emotividad desbordada, presta al galope desbocado ante el más mínimo estímulo. Una realidad y otra resultan los productos más característicos de una educación anclada en el pasado, que permanece en una visión dualista –cuerpo y alma- platónica en la que la parte concupiscible del alma, sede de los apetitos y deseos y la parte irascible, sede de las pasiones están ligadas al cuerpo, rigen sus funciones y perecen con él; mientras que la parte inteligible es la sede de la razón, siendo esta la única separable del cuerpo y la que debe guiar y dominar sobre las otras dos, evitando sus excesos, y la que conduce al hombre a alcanzar la sabiduría, en la que radica la verdadera felicidad. El cuerpo es pues, en la educación, vivido como un estorbo al que hay que anular, someter, ignorar.


El cuerpo, a la vez, nos remite a nuestro ser animal, y es la razón lo específicamente humano. El animal que llevamos dentro debe ser sometido para que pueda triunfar el hombre. Pero ese animal forma parte del ser humano, somos animal, naturaleza, instintos, pasiones, fiera, sentidos, deseo; y no siempre todo ello puede ser sublimado; y no siempre, todo ello debe ser sublimado. Es por ello que la consecuencia de una educación castradora de lo corporal no es siempre la anulación total, sino, también, coexistiendo a menudo en la misma persona, la explosión emotiva, de las pasiones, de los deseos, de la fiera que somos. Nuestro propio Doctor Jekyll y el señor Hyde.


Pero no es posible una adecuada educación emocional sin una apropiada educación del cuerpo que va mucho más allá de una educación físico-gimnástica-deportiva para incluir la expresión corporal, una educación para la salud, así como el trabajo de una correcta autoconciencia corporal alejada de estereotipos sociales, alcanzar el sentimiento de empatía hacia nuestro propio cuerpo sin el cual es imposible alcanzar la autoestima y un mínimo de felicidad.


El poder de la palabra ha supeditado al cuerpo al papel de mero soporte, pero la capacidad de manipulación expresiva de la primera es mucho más difícil con el segundo. La comunicación verbal y la no verbal han de ser un todo, en primer lugar porque esta última aporta un plus de matices expresivos, de mensajes que la palabra no es capaz; en segundo, porque resulta muy difícilmente tergiversable. Es por esto por lo que se prefiere anular. En nuestra tradición judeo-cristiana el cuerpo pone de manifiesto los bajos instintos, el pecado, la perversión, el deseo, aquello que hay que reprimir o, cuando menos, mantener encerrado en el ámbito de lo privado, de la intimidad.


Educar emocionalmente es liberar al cuerpo de estas ataduras. Permitir, incluso potenciar, la expresión de la alegría y de la tristeza, de la risa y del llanto. La expresividad corporal como un valor y dentro de esa expresividad, fundamentalmente la de los afectos. La empatía no es sólo un proceso cognitivo mediante el cual nos identificamos con el otro. La participación afectiva con la realidad del otro se expresa, en gran medida a través del cuerpo: de la mirada, del rostro, de la relajación corporal, de las manos, del tacto. En muchas ocasiones las palabras sobran y falta el acercamiento, el contacto, el abrazo, el beso. La racionalización no es siempre lo prioritario, hay momentos en los que no hay nada que decir que no sobre, lo que el otro pide sin decirlo puede ser coger una mano, un abrazo verdadero, sostenido; un beso cargado de ternura o calor; una caricia. Abrazos, besos, caricias o mero contacto que ha sido erradicado de la institución educativa y de la comunicación social para ser convertidos, a lo sumo, en un mero simulacro formal. El contacto corporal bajo sospecha. Reprimir lo más básico, lo más primario, aquello de lo que es imposible prescindir sin grave coste emocional y racional.


Educar emocionalmente sólo es posible desde un educador sin esa dicotomía cuerpo-alma, cuerpo-cerebro, cuerpo-razón. Somos únicamente cuerpo y en él y desde él sólo es posible integrar correctamente todos sus atributos. Liberar el cuerpo del educador para educar emocionalmente. Abrazo, beso, caricia, contacto, cercanía física, receptividad, acompañamiento, equilibrio, como recursos permanentes del encuentro que supone el hecho educativo. Encuentro entre dos cuerpos, entes totales, no entre dos mentes; y, por lo tanto, encuentro ente dos sujetos activos necesitados de comunicación y afecto, entre dos realidades que necesitan ser descubiertas a través de un cuerpo integrado. Encuentro entre dos personas, no entre dos roles sujetos a un guión preestablecido que hay que seguir al pie de la letra.




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viernes, 8 de abril de 2011

¿DE QUÉ HABLAMOS?


Hablamos de política, de mucha política. Casi siempre de forma despectiva, casi siempre de aquellos con los que no nos sentimos identificados. Hablamos de política y de los políticos, de personajes más que de personas, de una escenificación que decimos nos disgusta y de la que argumentamos nos sentimos ajenos, que no nos afecta y por la que, sin embargo, somos capaces de polemizar, incluso de montar en cólera, de cavar la zanja que nos separe. Hablamos de otros.

Hablamos de religión. De curas, de monjas, de santos, de pecadores, de Dios. Ontología pura, del Ser y la Nada, cátedra de café y copa. Nos declaramos ateos, nos declaramos fervientes creyentes, nos apasionamos, nos aburrimos. Nos adentramos en la historia de la Iglesia y en la historia de la humanidad. Desciframos dogmas. Repetimos letanías. Verbalizamos rituales mientras la cabeza se nos va por otras callejuelas. Hablamos de otros.

Hablamos del corazón. Del corazón de papel cuché. De bodas, bautizos, comuniones. De divorcios, escándalos, traiciones. De hijos legítimos, hijos naturales, hijos políticos, hijos de p…, hijos de papel cuché. De la vida televisada, de la vida cotilleada, de la vendida al mejor postor. De la vida de otros.

Hablamos de resolver el mundo. Tenemos la receta perfecta, soluciones para todo. Simples, sencillas, baratas, radicales, efectivas, totales, definitivas, nuestras. Resolvemos todo aquello que pueda caer en nuestras manos: la educación, la sanidad, el tráfico, el hambre, el tabaco, las guerras, la macroeconomía, la microeconomía, el fútbol, la vivienda, la vida estratosférica que no es la nuestra. Hablamos de lo que no está a nuestro alcance.

Hablamos de la tele, hablamos del tiempo, de la última ocurrencia de un político, de la última parida de otro, de la mala educación de otras generaciones, del partido del domingo, del que habrá el próximo miércoles, del vecino, de la vecina, de cómo ha crecido el precio de la vida, de lo poco que vale el euro. La vida es un teatro y nosotros los espectadores.

Hablamos, en fin, de otros, y si puede ser mal, mejor. Nada une más que una crítica conjunta, cuanto más despiadada mejor. De otros, conocidos o no, cercanos o lejanos, con nombre propio o ciudadanos anónimos (como si cada ciudadano no tuviese su nombre). Hablamos de otros, ese es el objetivo. O el objetivo es no hablar de nosotros, de lo que nos duele, de lo que nos emociona, de lo que está a nuestro alcance, de lo que somos responsables, de lo que somos culpables, de lo que no queremos saber nada, de lo que no queremos que se nos recuerde, de lo que hacemos mal, de lo que hacemos bien, de lo que queremos, de a quién queremos, de aquello que nos pierde, de nuestros sueños, de nuestras frustraciones, de lo que nos conmueve, de lo que nos hace llorar, de lo que nos debería hacer llorar, de lo que nos hace débiles, de lo que nos hace humanos.

¿De qué hablamos? Quizás esta no sea la pregunta, quizás las preguntas sean otras, ¿con quien hablamos? ¿de qué hablamos con nosotros mismos? ¿Las palabras en nuestra cabeza no dejan de ser un regurgitar de nuestras vísceras, un eco del pensamiento que nos viene dado?. Quizás la pregunta clave sea: ¿ de qué huimos?

sábado, 2 de abril de 2011

ANTE QUIEN SE VUELVE EL ROSTRO

No hay en El parecer

no hay hermosura

que atraiga las miradas,

no hay en él belleza que agrade.


Despreciado, desecho de los hombres,

varón de dolores,

conocedor de todos los quebrantos.

Ante quien se vuelve el rostro.

Menospreciado,

estimado en nada.

Pero fue El, el que cargó con los pecados

Pero fue El, el que cargó con los dolores.

Todos nosotros andábamos errantes.

Maltratado, mas El, se sometió.

No abrió la boca.

Como cordero llevado al matadero.

Ahora que estamos cerca de la Semana de Pasión no viene mal rescatar el Cuarto Canto del Siervo de Yahveh. (Is 53, 2ss) y es que la historia a menudo se repite. Sé que habrá quien se moleste, pero este canto no lo traigo a colación en su uso habitual, sino porque, inevitablemente, veo en él representado a José Luis Rodríguez Zapatero. No sé si han triunfado aquellos que durante todos estos años han venido incitando a la conversión en una sociedad carroñera o es que, ya de por sí, nuestra sociedad tiene algo (o mucho) de carroñera. Sé que es un hombre que ha tenido errores, discrepo con él en bastantes cosas, pero no puedo evitar sentir hacia él cada vez más ternura y empatía; como no puedo evitar sentir cada vez más tristeza ante el desprecio constante al que es sometido, la burla, el insulto, el repudio que se practica con él. También ha sido tres veces (o más) negado por aquellos que se han beneficiado gracias a él. No puedo evitar abominar de esa sociedad cruel a la que me gustaría no pertenecer.

Su trayectoria política ha tenido muchos méritos no estrictamente partidistas sino para toda la sociedad, una visión de la misma que muchos echaremos de menos en la gestión política si volvemos a la caverna. ¿Por qué ha sido tan molesto para esa derecha cavernícola tan genuinamente española? Quizás porque se ha atrevido con cuestiones que ellos consideraban intocables, porque ha tenido la ingenuidad de pretender modificar su sacrosanto orden moral, porque les arrebató el poder cuando estaban convencidos que ya era suyo y porque, peor aún, pretendió ejercerlo. Y por ello todos sus poderes terrenales y celestiales se le echaron encima con toda su artillería pesada, y por eso no ha habido político en nuestra historia democrática que haya recibido mayor cantidad de insultos, y por eso han insistido una y otra vez en su identificación con el Mal. Y han tenido éxito, tanto que hasta la misma izquierda entró al juego, no el de la crítica sino el del escarnio.

Es complicado hacer entender a alguien que no quiere entender que el problema se encuentra en el sistema que no tiene rostro, hablarle de la burbuja inmobiliaria que esconde los nombres propios que con ella se elevaron hacia los cielos; del poder de la banca, el de prestarnos nuestro dinero; de la hipocresía de aquellos que han denostado las medidas económicas que hubieran impuesto ellos con mayor dureza y sangre fría. Simplifiquemos todos el mensaje. Es más fácil ofrecer un pelele al que mantear y al que poder destripar a gusto. Y a esa diversión hemos entrado. Ya teníamos un culpable, la personificación del Mal y de la estulticia, que para mayor oprobio… sonreía. Y hasta la sonrisa se volvió contra él.

Hoy cualquiera puede opinar de política, basta con insultar a Zapatero; de economía, humillemos a Zapatero; de religión, condenemos a Zapatero. A ZP, a Zapatitos, a sonrisitas, a… Sintámonos unidos en ese deporte: despellejar. Despellejemos todos, esa actividad no tiene color. ¿A qué hemos reducido la política?

Bien, ya está. Se ha alcanzado el primer paso, pero no durmamos tranquilos, una persona se irá pero el cainismo saldrá reforzado. Una persona se irá, una que, a pesar de mis muchas divergencias, he sentido y siento como una buena persona. Es cosa que no valoramos. Otra vendrá que no lo sea, alegrémonos, nos será más representativa.


viernes, 1 de abril de 2011

ESTOY HARTO

Estoy harto. Necesito desahogarme.

Estoy harto tanta hipocresía mostrada día a día, con descaro, sin enrojecer lo más mínimo de vergüenza. Aquel que ayer hablaba del movimiento nacional de liberación vasco hoy encuentra traidores por todos sitios, aquel que ayer prometía ser generoso (él, él y solo él) hoy no da margen para gesto alguno. Aquellos que ayer alababan la valentía de su líder hoy sólo hablan de cobardes, aquellos que se ilusionaron con la llegada de la paz, hoy sólo desean sangre, es más rentable electoralmente. Es preferible la violencia a que la paz llegue con otros y no están dispuestos a otorgar la más mínima posibilidad para ello.

Estoy harto de patrias y patriotas. Euskaldunes descerebrados, legitimados para matar por su propia paranoia, utilizando jerga pseudorevolucionaria como caramelo para una porción de izquierda acrítica. Patriotas de la España Imperial e indivisible, apropiados de su esencia, maníacos de las grandes palabras, obsesos de la traición. La patria no existe, es un invento del hombre. Todas, también la España eterna, tienen un principio y un final, y ese final, desgraciadamente siempre es a base de sangre, incapaces de encontrar cauces que eviten la recaída constante en el error. Todas están construidas sobre la mentira, también la Euskadi mítica, la mentira de una historia generada en la mente de un visionario. No hay más patria que el hombre, no hay más derecho que el del ciudadano.

Estoy harto de bocazas y machitos, ingenieros del insulto y doctorados en la mentira, de medios de incomunicación instalados en la tergiversación, de creadores de chivos expiatorios sobre los que hacer recaer todas las culpas, vacíos de todo pensamiento que no sea la mordida sin piedad. Ese es el resumen de toda su propuesta política, ofrecer un culpable en el que la masa pueda cebarse. Necesitan nombres propios sobre los que hacer sangre no ideas propias, estas son siempre peligrosas. Repetidores hasta la saciedad de la parodia de un discurso, actores de tercera fila agarrados a un papel protagonista que le hemos otorgado.

Estoy harto de la ceguera de la gran mayoría, entrando sin complejos a hozar en la basura que le ofrecen, a la búsqueda de vísceras y huesos, estulticia y miseria moral. Estoy harto de escuchar obviedades y lugares comunes, palabras sin matices. ¿Quién ha escondido los matices? ¿Quién ha enterrado la complejidad? ¿Somos todos responsables?

Estoy harto de simplezas, de elaboradores de juicios sumarísimos encaramados a una virginidad de la que no han logrado desprenderse. Harto de que se me atragante la bilis al contemplar la desfachatez con la que esgrimen la doble vara de medir, la desvergüenza con la que mienten. Harto de eslóganes y gracietas, de golpes bajos y de miradas turbias. Harto de sentirme ninguneado por inteligencias pedestres.

Estoy harto de que se sientan victoriosos, de que restrieguen su farisaica sonrisa en cada telediario, su porte pomposo, su falsa solemnidad a través de las ondas. No quiero reforzar todo ese comportamiento, no deseo que se sientan premiados, no quiero que hagan escuela. No aspiro a grandes revoluciones, sé que la política es lo que es, gestión de una pobre realidad, comer a cucharadas microscópicas un infinito sueño de utopía. Simplemente no quiero que ganen. No quiero que la victoria se la demos a una caterva de delincuentes. ¿Qué otra cosa sino delito debería ser lo que hacen?

Solo me queda dedicarles un poema de León Felipe:

Hay dos Españas: la del soldado y la del poeta. La de la espada fratricida y la de la canción vagabunda. Hay dos Españas y una sola canción. Y ésta es la canción del poeta vagabundo:

Soldado, tuya es la hacienda,
la casa,
el caballo
y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo y me dejas desnudo
y errante por el mundo...
Mas yo te dejo mudo... ¡mudo!
y ¿cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?


Triste victoria será la suya aunque la celebren con belicosas cornetas y prepotentes tambores.