Etiquetas

jueves, 29 de septiembre de 2011

UNA TERCERA EDAD PREMATURA



Cuando la tercera edad llega antes de tiempo y parece abrirse ante ti un largo páramo en el que la vista solo ve la vida irse extinguiendo, uno cree haber tocado fondo y cree que por delante solo le queda deslizarse por él hacia zonas abisales. Vivimos en las nubes y fácilmente confundimos tocar fondo con tocar suelo. Se trata solo de tocar suelo, de poner los pies sobre la tierra, lamentablemente cuando ya no eres capaz de levantar el vuelo.

Poner los pies en la tierra, asir de nuevo las raíces de lo que eres, la esencia de tu humanidad: carne y ternura, tacto y piedad, vista y empatía, olfato y autonomía, gusto y dependencia, oído y razón. Y poco más.

¿Qué somos? ¿Qué hemos sido? ¿Qué eres si el espejo te sigue mostrando la misma mediocridad? ¿Te crees rey de reyes y no eres sino siervo de tu propia ambición? ¿De qué te sirven los aplausos? ¿Quién está dispuesto a dar la vida por ti? ¿Por quién estás dispuesto a darla tú? ¿Por quién de carne y hueso, por quién débil, por quién sin valor? Seduces con palabras, seduces con poder. ¿Dónde van a parar tus besos? ¿De qué están hechos? ¿Qué queda de ti detrás de ese circo de palabras, detrás de ese altar de poder?

Tocas el cielo poseyendo, ¿qué te ata a la tierra? ¿qué puede impedir que te pierdas en las nubes? No lo llaman locura porque se encuentra cargado de la etiqueta de la ostentación, porque le protege el cartel de la supremacía. Pero como habríamos de llamarlo si eres incapaz de ver el dolor, si no sientes el palpitar de la emoción genuina, si solo te ves a ti.

¿A quién quieres emular? ¿A quien envidias? ¿Qué es tu vida si la pasas husmeando los despojos del banquete? ¿Qué eres tú, cámara cerrada a los que te necesitan? Aterrorizado ante la cercanía del dolor. ¿A qué aspiras sino a tu tranquilidad? ¿Qué es tu tranquilidad sino un entierro, un bozal para las emociones, un candado para la sensibilidad?

Has vivido en las nubes aspirando a no se qué, amargado porque otros volaban más alto, absorbido en la distancia sin percibir lo que tenías cerca, siempre queriendo más y empequeñeciéndote en el empeño. ¿Qué eres capaz de cambiar si no eres capaz de cambiarte a ti? ¿Qué de mejorar si tú empeoras? Qué mundo de solidaridad si tú eres mezquino, qué mundo de amor si tú eres ruin al expresarlo.

Entras en esa tercera edad prematura y piensas que pierdes, y sientes que la vida se te ha reducido, los proyectos se te han desparramado por el suelo y ni tan siquiera puedes agacharte a recogerlos, que quedas restringido a la nada, que la noche comienza y que ya solo cabe esperar que se vaya haciendo cada vez más lóbrega, un mero desperdicio.

Pero si te adentras, y te detienes y te calmas, observas que los desperdicios han ido quedando a tu espalda, rastro de una vida despilfarrada, y el futuro se abre ante ti, continúa abriéndose. El futuro que siempre debió de ser, donde las caricias se anteponen a la verborrea, el cuerpo abierto al querer, la carne sedienta de amores. Un futuro en el que permanecerá de forma indefinida el más gratificante de los proyectos: tú mismo.

Rastro de una vida despilfarrada.

Cuanta palabra malgastada en artificios, tras los cuales, como en el cuento, el rey está desnudo. Qué derroche del tesoro verbal que tenemos en nuestras manos. Qué afán por lo postizo y lo espurio que nos ha hecho olvidar el camino que lleva a las pocas palabras esenciales.

Cuantas ayudas que no diste, enrocado en tu pereza, en tu seguridad, en tu comodidad. Cuantas ayudas que no aceptaste. Soberbia de un principiante.

Cuántos besos verdaderos sin dar. Cuántos farsantes dados, blasfemias repetidas de lo más sagrado que tenemos, el afecto. Cuánto puritanismo castrante.

Cuantas personas que no consolaste. Cuánto miedo al dolor, el temor a su contagio. Vocero en la distancia. Mudo en la cercanía, huyendo de la soledad, la miseria, el duelo, la enfermedad, la muerte, el hombre desnudo sin máscaras.

El futuro que siempre se sigue abriendo, que no depende del tiempo del que se dispone ni de las facultades que te quedan. El futuro que está en tus manos, su contenido, su final.

Una edad en la que te das permiso para poder ser quien quieres ser, sin más ambición que sentirte a gusto con lo que eres; para poder decir muchas cosas que antes callaste por vergüenza, por interés, por miedo. Reaprender a usar el lenguaje básico, fundamental. No tienes nada que perder solo ganar el gusto de sentirte libre, aunque sea encerrado en tu cuerpo.

El corazón se te ablanda, se vuelve poroso, permeable a las emociones, a los demás, a las pequeñas cosas que nos dan sentido. La felicidad es un instante, tu felicidad está en los otros, es el hecho de vivir acariciando, el de vivir diciendo te quiero; la felicidad está en la ternura, está en el perdón. Es ese momento tranquilo que no hay prisa en finalizar.

Perder el sentido del ridículo, porque el ridículo era quien eras y ya has dejado de serlo, quedó abandonado el disfraz en un mojón del camino y no merece la pena volver la vista atrás enredado en las trampas de la memoria. Viejo loco, viejo verde, viejo llorón, viejo simple, viejo cansino, viejo sabio.

Una tercera edad anticipada que esconde un regalo tras su amargo envoltorio. Regalo escondido que no todo el mundo encuentra. Regalo que uno lamenta no haber recibido antes. Al menos, su adelanto puede dejarte disfrutar por un tiempo ese regalo.

viernes, 23 de septiembre de 2011

INOCENTES

Insultamos, descalificamos, ejecutamos juicios sumarísimos verbales, simplificamos, mentimos, pero nada tenemos que ver con aquellos que de los excesos verbales pasan a la acción violenta para hacer de obra lo que nosotros hacemos de palabras. Somos inocentes.

Defendemos nuestros derechos, reivindicamos, protestamos. Defendemos nuestro nivel de vida, esa conquista social a la que no podemos renunciar. Poco importa que esos derechos, ese nivel, esas conquistas, se encuentren dentro de un statu quo, que haya sido y es debido a un desequilibrio internacional en el que las conquistas de unos necesiten el sometimiento de otros a los que no vemos ni sentimos. Pero esta es otra batalla. Somos inocentes.

Estamos dentro de organizaciones religiosas, políticas y sociales que se guían por una realpolitik destinada a obtener y retener el poder sin más consideraciones éticas. A eso se le llama ahora realismo en el que poco importa las cesiones de principios que hay que hacer y las consecuencias sociales a medio y largo plazo. La subordinación a esa realpolitik es inevitable. Somos inocentes.

Gastamos zapatillas y ropa de marca hechas por niños explotados, y pagadas por salarios miserables. Pero no nos enteramos. En todo caso, esa es su lucha no la nuestra. Somos inocentes.

Contemplamos en televisión, mientras comemos, la muerte de hambre de millones de personas. Son países alejados, realidades fuera de nuestro alcance de la que poco podemos hacer salvo lamentarlo. Somos inocentes.

Hemos olvidado virtudes como la piedad, la misericordia, la caridad. Resultan trasnochadas y bañadas de un tufo católico que las han vuelto inservibles. Hemos olvidado si tenemos conciencia, su examen se ha vuelto inútil, risible, nos comportamos según el papel que nos ha sido asignado e intentamos no salirnos de él. Es lo que todos hacen. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Somos inocentes.

Hacemos de los lugares comunes los pilares de nuestro pensamiento. Hilvanamos una ideología con las cuatro simplezas que nos transmiten, tópicos vacíos, titulares grandilocuentes. Si nos engañan ellos son los culpables, nosotros no tenemos responsabilidad por el crédito que les otorgamos. Somos inocentes.

Organizamos grandes revoluciones en el café. Arreglamos un mundo, desarreglamos otro, salvamos a unos, condenamos a otros. Nos sentimos satisfechos después del duro ejercicio dialéctico. Después nos vamos a casa a dormir la siesta Somos inocentes.

Somos obedientes hasta para nuestras objeciones de conciencia. Aceptamos disciplinadamente las tareas que se nos encomiendan, si acaso, después, protestamos en nuestro dormitorio. Creemos sin fisuras lo que nos dicen los nuestros, rechazamos categóricamente lo que afirman los otros. Esto es lo que nos da identidad y seguridad, estar dentro de un rebaño. Somos inocentes.

Tenemos cerca personas necesitadas, que piden dinero. Seguramente engañan, a saber para lo que lo quieren. Personas que han caído en el pozo de la droga. No son de fiar. Que no lo hubieran hecho. Gente que no llega a fin de mes. Los bancos. Personas en paro. Zapatero. Deprimidos, enfermos, discapacitados, solos. Son tantos. Somos inocentes.

Lo que alcanzamos nos alegra. Hemos vencido. Todo sigue igual, la sociedad son vasos comunicantes, lo que en unos aumenta en otros disminuirá, lo importante es que algunos vasos no se toquen. ¿Habremos de renunciar? ¿Cuál es nuestra guerra? Todo es tan complejo que solo podemos abarcar lo nuestro. Hay efectos imprevistos que se nos escapan de las manos, son otros los únicos responsables de ellos. Somos inocentes.

La pereza es nuestra máxima en el trabajo. Las condiciones laborales no merecen más. El otro, el público, solo tiene el cometido de estorbar, importunar. Otros, extranjeros que llegan, solo tienen el objetivo de arrebatarnos los puestos de trabajo que son nuestros, de rebajar las condiciones laborales que tanto nos han costado. Defendemos lo que es nuestro, defendemos nuestros derechos, nuestro derecho a la desidia. Somos inocentes.

Hay pelea. Mejor irse, no intervenir. ¿Qué puedo hacer yo? Qué mas da. Alguien miente y difama cerca de mí. Mejor me cayo, no va conmigo. Qué más da. Alguien ensucia la calle a mi lado, destroza mobiliario público. Si intervengo solo me meteré en líos sin solucionar nada. Qué mas da. Nos han forzado a desentendernos. Somos inocentes.

Espero que alguien pueda y quiera perdonarnos tanta inocencia.

jueves, 15 de septiembre de 2011

CUIDADORAS



El otro día, mientras mi mujer me lavaba los pies con esmero y sensibilidad, en una escena con fuertes resonancias bíblicas, me preguntaba qué había hecho yo para merecer eso, quién era yo para merecer tal dedicación y dignidad («Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?»). Los enfermos crónicos, las personas dependientes, discapacitadas parecemos situarnos en el centro del escenario, mientras que en un segundo plano, ocultos entre bastidores y tramoya se encuentran los cuidadores. Cuidadoras, para ser más exacto con la realidad. Recordé también aquel poema de Bertolt Brecht "Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles." Se puede trasladar casi literalmente al mundo del cuidado. Ser cuidadora (deseo utilizar el femenino en honor a la contribución que la mujer ha hecho y hace en este campo, lo que no supone ignorar la participación no menos complicadas y valiosas de algunos varones) puede ser enormemente duro. Es fácil que el enfermo crónico se vuelva egoísta, a menudo sin darse cuenta de ello, concentrando en las rutinas de su pequeño mundo, acaparador, exigente, agresivo incluso. O no, o simplemente su propia realidad es la que exige esa atención, ese estar permanentemente encima, esa necesidad de convertirlo en el centro de atención. Es evidente, esta dedicación tiene un coste personal muy importante de tiempo, esfuerzo, tensión, socialización, de equilibrio psíquico y no podemos condenar sin más a quien no aguanta hasta el final, por eso hay hombres y mujeres que hacen ese esfuerzo con voluntad, con deseo, con cariño un día, una semana, un mes… y son buenos. Hay otros que aguantan un año y son mejores. Hay quienes duran muchos años y son muy buenos, y luego están los que lo hacen toda la vida, esas son las personas imprescindibles.

Esa entrega sin medida tiene un claro coste personal, pero también lo tiene social, en la medida en que supone una poca o mucha anulación social de la cuidadora. He leído hace muy poquito el libro El hombre en busca de sentidode Viktor Frankl, psiquiatra, en él narra su experiecia en los campos de concentracion. Reflexionaba sobre todo esto al leerlo y en especial en un pasaje en el que dice que “los mejores de entre nosotros no regresaron de los campos”, fueron aquellos que murieron allí a causa de su sentido de la vida, murieron por solidaridad, por defender a un compañero, por ocupar el lugar de otro, por negarse a cumplir una orden… Sobrevivieron aquellos que se endurecieron, los que perdieron los escrúpulos, los que utilizaron cualquier medio con tal de salvarse. Del mismo modo, las mejores de entre las personas cuidadoras fueron ganadas para el enfermo pero, de alguna manera, las perdió la sociedad. Esos esfuerzos sin medida no son compatibles con la vida pública y, a menudo, tampoco lo son con la vida laboral. Las mejores personas se encuentran concentradas en las grandes causas pequeñas, hablan poco y hacen mucho, representan el silencio en una sociedad en la que la saturación de palabras hace que estas pierdan su sentido, pueden permanecer ocultas pero serán las imprescindibles en una sociedad nueva. Es el sufrimiento su cauce para econtrarle el sentido a la vida, no por el sufrimento en sí mismo sino por la actitud ante él. Y es en esa actitud donde, paradójicamente, podemos encontrar cierta felicidad.

jueves, 8 de septiembre de 2011

RAMONA, EL OBISPO Y YO




Murió Ramona Estevez, la mujer, de 91 años, con párkinson y en estado vegetativo después del infarto cerebral que sufrió el 26 de julio que ha sido, junto con su familia y sin quererlo, protagonista de una historia pionera en España: la intervención pública de una Administración para obligar a los médicos a cumplir la ley y respetar la voluntad de los cuidadores de la enferma y retirarle la sonda nasogástrica, como ella y su hijo deseaban. En urgencias del hospital le hicieron un TAC, y dijeron que tenía todo el cerebro afectado, que no sentía nada, y que en este estado no la iban a sondar para no martirizarla. Pero el hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva derivó a la mujer al concertado Blanca Paloma, y ahí la situación cambió ya que allí, en contra de los deseos de la familia y de las personas que convivieron cerca de ella en los últimos meses que atestiguaban cual era su voluntad, se optó por sondarla con el argumento de que los sueros no eran suficiente. Tuvo que intervenir la Junta de Andalucía para que se aplicara la ley autonómica de muerte digna, aprobada el año pasado. Esta norma establece que "toda persona tiene derecho a rechazar la intervención propuesta por los profesionales sanitarios, tras un proceso de información y decisión, aunque ello pueda poner en peligro su vida".
Entre medias, la retirada de la sonda a Estévez, provocó una fuerte crítica del obispo de Huelva, José Vilaplana. En un comunicado, afirmó que "toda acción dirigida a interrumpir la alimentación o la hidratación constituye un acto de eutanasia en el que la muerte se produce no por la enfermedad, sino por la sed y el hambre provocada". Además de apoyar la objeción de conciencia de los médicos ante casos así, el obispo señalaba que el deber de la sociedad es "ayudar a vivir" a la enferma. Por si esto no fuera bastante una autodenominada Asociación Derecho a Vivir, de carácter ultraconservador, presentó una denuncia para pedir que se restableciera la sonda que alimentaba a la enferma, de 90 años y víctima de un infarto cerebral masivo. No satisfechos con esa intervención en momentos tan dramáticos para la familia denunció a la familia, a la Consejería de Salud andaluza y a su titular, María Jesús Montero. También organizó una campaña en Internet para bombardear con correos electrónicos al Fiscal General del Estado para que interviniera. Todo ello bajo estos argumentos: "Bajo ningún concepto vamos a permitir que haya quien utilice una situación traumática para avanzar en una agenda ideológica radical e inhumana. Desde ahora, cualquier enfermo puede ser tratado con la misma crueldad que Ramona". José Ramón, su hijo, estalló: "No hay derecho a lo que han hecho con mi familia. Son unos canallas. Se dicen cristianos, pero han actuado sin caridad y sin misericordia".
Y aquí entro yo. ¿Qué entiende tal asociación “católica”, por crueldad? Acudo al diccionario y leo: “falta de compasión hacia el sufrimiento ajeno”. Esa compasión que tenemos con un animal doméstico al que queremos se vuelve en contra del ser humano que la practica. ¿Dónde está lo inhumano? Lo humano es la misericordia (inclinación a la compasión hacia los sufrimientos ajenos) Su hijo no se cansa de decir que ella le había manifestado tanto a él como a las mujeres que la cuidaban que no deseaba acabar su vida "amarrada a unos tubos". "La habían convertido en una máquina de bombear sangre. Y eso puede ser viable técnicamente, pero no es admisible ni humano". ¿Qué es la vida? ¿Un cuerpo inerte al que se le mantiene los latidos del corazón artificialmente? ¿Qué es el derecho a la vida? ¿La obligación del sufrimiento? ¿Qué es la muerte para esos fanáticos del catolicismo que la califican de liberadora en sus funerales? ¿Algo prohibido que hay que retrasar lo más posible?
Dicen que en internet lo que se escribe permanece para siempre. Espero que en este caso así sea. Rellené y firmé hace años mi testamento vital en el cual pedía que no se me prolongara la vida artificialmente. Cuando mi cuerpo diga que ha llegado la hora de morir quiero que así sea. No tengo miedo a la muerte. Me apego a la vida en la medida en que creo que puedo ser importante y de ayuda para los míos. No quiero vida si llega un momento en el que solo soy un lastre. Quiero una muerte tranquila, para mí y para que la vivan así los que en ese momento me acompañen. Niego el derecho a decidir sobre ella a esa turba de fanáticos acaudillados por un mitrado. No han decidido sobre mí en vida, no quiero que lo hagan en el momento de mi muerte. Para mí la muerte es un acontecimiento consustancial a la vida, quiero vivirla con naturalidad, no de forma trágica. Hasta aquí está claro, no estoy hablando de eutanasia, hablo del derecho a rechazar la intervención propuesta por los profesionales sanitarios aunque ello pueda poner en peligro mi vida.
Pero también hablo de eutanasia. Llegado ese momento de agotamiento, de inutilidad, de dolor, de sufrimiento para mí y para los que me rodean, desearía que me ayudaran a morir. Quisiera que ese momento no llegara nunca, pero si llega por favor, que nadie me hable de derecho a vivir. Simplemente querré morir, ese será mi derecho. Y nadie se portará conmigo de forma cruel e inhumana, sólo los que no están cerca del dolor y hablan adormecidos por el incienso de las catedrales serán los que carecerán de caridad, de piedad y de misericordia. Así lo dejo escrito a ocho de septiembre de dos mil once.

sábado, 3 de septiembre de 2011

LO PÚBLICO

Ufana de su valor a la hora de meter tijeretazo al gasto público, sintiéndose el centro de todas las miradas, el ejemplo a seguir, el paradigma de la gestión política, Mª Dolores de Cospedal se enseñorea en Castilla-La Mancha, patrona desde ya de los políticos y políticas, señora de un feudo que siente personalizado en ella, enemiga del déficit, abanderada de la buena gestión antes incluso de haberla llevado a cabo. De las diversas lecturas que puede tener el fuerte recorte presupuestario hay una que especialmente me interesa y es el concepto de lo público que se infiere de ella. De la relación de medidas planteadas no podemos deducir un modelo diferente de gestión. Es engañoso afirmar que se trata de imponer unas medidas drásticas para salvarlo. No se trata de practicar una cirugía traumática para salvar al paciente, se trata, más bien y en la medida de lo posible, de aplicarle la eutanasia (tan opuestos como son ellos). La idea que se deriva de esas decisiones es la de lo público como estorbo, la necesidad de su adelgazamiento hasta generar su anorexia. La necesidad no es mejorar los servicios públicos para que estos cumplan mejor su cometido, es desprenderse de ellos para evitar el gasto que suponen. Efectivamente, los servicios públicos suponen un gasto pero cumplen una función esencial, es esta función lo que no entiende la presidenta. Su planteamiento es que el sector público no se ocupe de aspecto alguno del que pueda ocuparse el sector privado, las privatizaciones así suponen por un lado una fuente de ingresos y ahorro y por otro una mejora de la gestión que se entiende siempre será más eficaz realizada desde lo privado y aplicando sus métodos. Mª Dolores de Cospedal no llega a comprender que hay servicios que nunca se podrán acometer de la misma manera desde lo privado que desde lo público, que la función social de este último nunca podrá realizarse desde los criterios del primero. Lo que se hace necesario no es la supresión del sector sino su reforma, reforma que con seguridad necesitaría cirugía. Es esto lo que se le puede achacar al anterior gobierno, el miedo a practicarla o la ignorancia para llevarla a cabo.

Frente a esta política puede parecer sencilla la respuesta: defensa de lo público. La pregunta que podemos hacernos en qué consiste tal defensa. La respuesta, realmente, no es tan simple. No basta con la defensa de la titularidad de los servicios y con la condena de su privatización. Este planteamiento, a menudo, no deja de ser conservador en la medida en que se contenta con el mantenimiento de una realidad que, en sí misma, no es nada satisfactoria. Los servicios públicos, a menudo dejan mucho que desear. La solución no es su privatización sino la asunción de los valores de lo público y la adecuación de su funcionamiento a ellos. La pregunta, a su vez, encierra otra, en qué medida hemos podido colaborar, entre todos, al deterioro de esa realidad.

Es lamentable pero no veo que este ataque al sector público que supone el tijeretazo vaya a provocar una respuesta por parte de la sociedad. Es lamentable en la medida en que la sociedad del bienestar que tanto se dice defender se ha sustentado sobre este sector y es su desaparición lo que pone en riesgo la misma. Esta falta de contestación social será debida por un lado a la propia evolución de la sociedad. La acomodación lleva a pensar que los soportes del bienestar no se encuentran en el sector público y los servicios sociales que él garantiza, sino que se encuentran en el consumo. Sociedad del bienestar y de consumo han pasado a ser términos equiparables. La pérdida de la capacidad de consumo sí supondría una fuerte contestación social, la supresión del sector público e incluso de parte de los derechos sociales no tanto. El discurso según el cual el sector público supone un lastre para el propio bienestar ha calado en la sociedad. Es aquí donde viene a cuento la pregunta que me hacía anteriormente, qué parte de responsabilidad podemos tener en ello.

El segundo factor de la falta de contestación se debe, aceptémoslo, al claro distanciamiento existente entre función pública y ciudadanía y no nos vale con echar los balones fuera, alguna incumbencia podemos tener los funcionarios en ello. En primer lugar hay una fuerte resistencia a los cambios. Aunque esta resistencia se catalogue a menudo como progresismo no deja de ser un comportamiento conservador en la medida en que termina esclerotizando el sector. La defensa real del sector público es la defensa de su función y la reivindicación del mismo como servicio público y esta defensa compete en primer lugar a los propios trabajadores del mismo. Son los primeros que han de creer en su necesidad y en la diferencia cualitativa importante existente entre este y el sector privado. Creer y llevar a la práctica. Los propietarios reales es el propio “público”, no el Estado, menos sus gobernantes, pero tampoco sus trabajadores, estos, no lo olvidemos, son (somos) servidores públicos. La resistencia de estos a los cambios, la continuidad de un mismo funcionamiento independientemente de las modificaciones legales habidas no deja de ser una manera encubierta de privatización por parte de los trabajadores. Lo que debemos defender es el servicio público como garante de unas funciones y servicios sociales y de un modo de llevarlas a cabo esencial para las mismas. Defender y ejercerlas de esa manera, sólo así se buscará la complicidad con la ciudadanía y el apoyo de esta llegado el momento. Esta es, a mi modo de ver, la segunda causa de la disociación citada, el predominio de unas maneras muy alejadas del ideal, la existencia de una burocracia estúpida que entorpece en vez de facilitar, la preponderancia de formas que generan distanciamiento y rechazo y, por último, unos procederes que tienen la administración y sus trabajadores como centro más que la función y su público.

Cospedal no sólo tiene ese planteamiento ideológico, tampoco necesita esos servicios. No se puede esperar de ella que se transforme en una defensora de los mismos, cuando aplica el bisturí no le duele, solo le dolerá la cabeza cuando sus medidas le supongan un coste político y para ese coste será necesaria una verdadera movilización social, hoy por hoy difícil de creer en la medida en que la izquierda (partidos y sindicatos) se ha ido ocupando estos años de segar la hierba bajo sus propios pies. Dos son pues la línea de defensa de lo público: movilización en la medida de lo posible y actuación de cada uno acorde con el sentido del servicio público, actuación que, esto sí, siempre está en nuestras manos.