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martes, 27 de diciembre de 2011

MONSTRUOS


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La parada de los monstruos, selección de escenas

Cuando oí hablar por primera vez de la película La parada de los monstruos (Freaks, 1932), de Tod Browning, fue como de una cinta de terror; cuando por fin pude verla descubrí que se trataba de un poema que solo puede producir espanto a quien se asusta de lo anormal, de lo extraño, pero que también en lo extraño late la vida. Recordé esta película mientras la otra noche veía las imágenes del documental Cerca de tus ojos, de Elías Querejeta, sobre la violación que cada día se produce en todo el mundo sobre los artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Está cargado de imágenes crudas, duras, de esas violaciones, como no podía ser de otra manera. La recordé al reflexionar mientras veía el documental sobre el concepto de lo monstruoso. En la película lo percibimos como lo contrario a la naturaleza por diferir de forma notable de los de su especie, son seres deformes, anormales, y por lo tanto, como contrarios a los cánones de la belleza (de la normalidad), feos. Hoy es un clásico de culto, pero en su tiempo fue considerada repugnante, y el público obligó a que fuera retirada de las pantallas. En el documental lo monstruoso se percibe como lo cruel, lo malvado, lo contrario a la moral. Sin embargo, entre ambos encontramos rasgos y reacciones que se interrelacionan, ¿dónde acaba lo deforme y donde empieza a vivirse como inmoral? ¿Es moral mostrar la anormalidad? Lo monstruoso, sea cual sea su origen, genera una misma reacción, es desagradable su visión, no se quiere ver. Ojos que no ven corazón que no siente. Es necesario apartarlo, prohibir su exhibición, es necesaria su censura. No su existencia, sino su visión. Ofende el dolor ajeno, es muy molesto contemplarlo, la vida puede continuar si corremos el telón sobre él. La vida es más cómoda entre clones que soportando la diferencia (no terminamos de ser realmente conscientes de que la riqueza moral que hayamos podido alcanzar se ha logrado gracias a la diversidad), más aún si la diferencia se torna en engendro, en aberración. Y en esa capacidad de sentirse ofendido se muestra con frecuencia nuestra escala de valores. Hace unas semanas vi en facebook una imagen muy ilustrativa de esta contradicción, nos escandaliza en mayor grado aquello que nos toca más de cerca, somos más beligerantes ante comportamientos que sentimos como inmorales y que nos turban que ante la verdadera inmoralidad, la cruel injusticia que asola nuestro mundo, pero que nos pilla a miles de kilómetros. La hipocresía, que nunca confesaremos pero en la que nos sentimos cómodos.

Ocultar la fealdad parece ser la máxima que rige nuestro comportamiento hasta convertir la vida en una galería interminable de actuaciones hipócritas en la que nosotros también nos vemos inmersos: ocultar también nuestra fealdad, la cara que no queremos mostrar, las zonas oscuras que hay que sepultar. Lo monstruoso parece tener como elemento común no la deformidad, no la crueldad, sino aquello que no queremos ver. Lo monstruoso no existe mientras no lo veamos o mientras no dejemos que se vea. Lo monstruoso es aquello que nos incomoda, que nos perturba, que no nos permite seguir tranquilamente con nuestra vida, ese momento fugaz de pavor o de angustia, esa incitación al vómito, y ese sentirse desnudo, descubierto.

Ocultar aquello que nos avergüenza, propio o ajeno, aquello que nos descoloca, que nos intimida. Lo monstruoso es lo que se sale de lo normal y viene a cuestionar el orden que pretendemos establecido y bien amarrado. Es monstruoso descubrir en quien admiramos y/o queremos que también es humano, que también desea fieramente, que su cabeza también imagina transgresiones, vilezas, aunque queden reducidas a desahogos en una caja cerrada de pensamientos, que su vida también tiene lunares, zonas pantanosas en las que esa persona es la primera que se ha visto atrapada, que el “perfecto” también necesita comprensión, que el “fuerte” también necesita ayuda, que esa realidad no nos permite parasitarnos en la fascinación sino que nos exige iniciativa, tomar decisiones, esfuerzo, cambiar la mirada, cuestionarnos la que tenemos ante la vida y las vidas, romper la comodidad y aceptar que la vida es como es y no como quisiéramos que fuera.

Pero, a menudo, no hay cosa que resulte más agresiva que la extrema vulnerabilidad ya que es la que nos exige una respuesta más clara, más contundente. La caña fácilmente quebradiza. La existencia que nos exige dar pasos y en la que tememos que a cada uno que demos algo habremos de romper o derribar. La vulnerabilidad que nos pone en evidencia por acción u omisión, el cariño que nos da miedo, la conmoción que nos asusta, la paja que arde con suma facilidad y en la que nosotros acercamos la cerilla sin, si quiera, darnos cuenta que estaba en nuestra mano. Lo monstruoso de la locura que amenaza nuestra cordura, de la lágrima que hiela nuestra sonrisa impostada, del hambre que corta la digestión de nuestro estómago lleno, de la pobreza que tiñe de sangre el dinero de nuestra cuenta corriente, de la persona que solo nos pide darnos nosotros y ante la que nos quedamos petrificados. Monstruoso, deforme, contrario a la tiranía de la moda organizando nuestra vida, grotesco, considerado de un mal gusto que no cabe en nuestras amplias tragaderas, aberrante, alejado de la lógica de la sinrazón que hemos convertido en norma, horrible, espantosa realidad ante la que nos pertrechamos de una coraza, cruel, que pone en evidencia la obscenidad de nuestra vida y que nos hace ver, en la impenetrable intimidad, nuestras manos manchadas de sangre. Callemos, que los monstruos pasen lo más desapercibido posible.

¿Quién es el monstruo en La parada de los monstruos? No los “raros”, los freaks. Es en ellos donde podemos encontrar la sensibilidad perdida que también parece recluida en el cajón de lo friqui; la ternura, uno de los pocos salvavidas de la dignidad; la verdadera fraternidad con quien nos necesita; y la poesía, porque es nuestra mirada la que puede hacernos descubrir que lo monstruoso a menudo es bello, que Frankenstein puede encontrarse tan solo como nosotros e incluso nos puede hacer compañía.



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El espíritu de la colmena, escena de Frankenstein

domingo, 18 de diciembre de 2011

ÉBANO. LA HUELLA DE NUESTRO FUTURO


Ha caído de nuevo en mis manos un viejo libro, Ébano de Ryszard Kapuscinski, publicado en 1998, pero imperecedero, en la medida en que recoge las claves para comprender todo un continente, África, enormemente plural y lastrado por rasgos comunes a la vez. Representa una impresionante crónica de la experiencia de R.K. como corresponsal en África durante más de treinta años y refleja con formidable humanidad y realismo la vida en el continente, sus heridas abiertas y reabiertas, el pensamiento de sus gentes, las raíces del enfrentamiento permanente, de la miseria y de la injusticia de las que no logra escapar, el encuentro con el colonialismo europeo en el que la supuesta sociedad “civilizada” saca lo peor de sí y despierta lo peor del ser humano, la eterna lucha por la supervivencia contra el hambre y contra la propia tierra, y conviviendo entre todo ello, la pequeña historia de su gente, sus miedos y sus sueños, sus apoyos y razones para pervivir, su desnudo patrimonio, su latir y sus deseos.
Pero Ébano es mucho más, releyéndolo uno descubre el magma de donde venimos y que hoy vemos (o creemos) solidificado. Son nuestras huellas las que allí aparecen, pero unas huellas vivas que nos permiten rastrear de donde venimos y hacia donde nos encaminamos. La tentación del Norte es la tentación de todo poderoso, mirar con altanería al pobre, la arrogancia del que cree que nada une esos dos extremos, que nada debe al otro, que mira con desdén la ruina moral sobre la que muchas veces se encuentra edificada su vida, la mirada desde el orgullo del que se cree superior, intelectual y moralmente superior, dos mundos que nada tienen en común, que nada se deben, que es necesario mantener distantes y que, en último término, nos permite el regalo autocomplaciente de una mal entendida y cómoda caridad.
Leyendo Ébano uno no solo descubre la dramática situación de África, sino que, a poco que se muestre sensible, encuentra las huellas que nos han traído hasta donde estamos, huellas que no son solamente de un pasado olvidado, ya perdido, sino que son también las huellas de un camino en el que todavía nos encontramos y podemos volver. Esa escisión de los dos mundos que es necesario mantener alejados es la misma estructura mental, la misma conciencia arraigada en África desde la antigüedad y que nosotros, orgullosos de nuestra “civilización” mantenemos en nuestro sustrato cultural.
Son impresionantes las páginas en las que queda reflejado el papel de la mujer. África es una sociedad, sociedades, enormemente estratificada, dividida en tribus, sexo, castas, clases… una sociedad en la que la fuerza es la base del poder. Este criterio permanece en nosotros y quizás, no nos engañemos, nunca desparecerá en la sociedad humana, pero la distancia cultural (y moral) si existe entre un mundo y otro estriba en el abandono de la barbarie, se trata de una cuestión de cesión de poder, de renuncia a la fuerza, la fuerza física, fuerza bruta, la de la autoridad irracional, mágica. El protagonismo que ha ido adquiriendo la mujer en nuestra sociedad, con camino todavía por recorrer, sólo ha sido posible gracias a la renuncia del hombre a parte de su poder, renuncia forzada y con resistencias, pero pérdida de poder al fin y al cabo. Esta cesión de poder es la clave ahí como lo es en los planteamientos de compensación social que se abren camino entre nosotros y en la apertura a otras culturas. Entendemos que el criterio del poder no puede ser la fuerza, el concepto de igualdad de derechos, de dignidad, llegó para quedarse, es una parte esencial de nuestra cultura.
La lucha de África es la lucha por la supervivencia, por la tierra, por el agua, por los escasos recursos, es el enfrentamiento por ellos, es la huida en busca de una mínima esperanza de vida. La tentación es pensar que esto es cosa de hoy cuando lo es de siempre y cuando se encuentra en la misma raíz de nuestra sociedad. ¿Qué somos nosotros sino unos emigrantes africanos? ¿Qué buscaban nuestros ancestros cuando marcharon de allí? ¿Grafeno, silicio, Corte Inglés, paraísos fiscales? Alimentos. Vida ¿Cómo se ha construido nuestra historia y la de todos los pueblos sino a base de idas y venidas, de encuentros y desencuentros, de mezclas? ¿Qué es esto sino, también, cesión de poder?


Cada vez generamos una sociedad más a la defensiva en la medida en que se siente más amenazada, cada vez nos construimos mentalidades, ideologías, personalidades más recelosas, en un permanente estado de alerta ideal para buscar y encontrar chivos expiatorios, para construir visiones de la vida cargadas de enemigos. Se trata de una versión refinada de la lucha entre hutus y tutsis, entre sudaneses del norte y del sur, entre americo-liberianos y tribesmen (los hombres de las tribus), entre los hombres del desierto, los tuareg, y los sedentarios campesinos del África verde; es la necesidad de establecer la “otredad”, la diferencia y, con ello, establecer desde un reparto desigual de derechos hasta la total negativa, pudiendo llegar a la negativa de la misma existencia. Conservar “lo nuestro”, expulsar al extranjero, “limpiar” nuestro territorio, mantener el poder. El valor que hayamos alcanzado se encuentra en la debilidad, no en la fuerza. La fortaleza de lo que somos está en la renuncia a esa fuerza. ¿En qué consiste la esencia de la civilización cristiana que tanto se alude como base de esta cultura sino en la renuncia al uso de la misma hasta dejarse crucificar, “como cordero llevado al matadero”?
En los momentos de crisis, cuando se percibe la inestabilidad y el riesgo, cuando se descubre el peligro de la pérdida, rápidamente aflora la tentación de la resistencia y con gran facilidad llegamos a confundir esta con la intransigencia sin más, si no con el fanatismo. Para la defensa de “nuestros valores” echamos mano del uso del poder, reclamamos la autoridad que nos da derecho a él, el legitimo uso de la violencia si es necesario. Nos proclamamos auténticos y exclusivos propietarios de los derechos, genuinos dueños de los privilegios que hemos disfrutado y es solo el miedo el que nos guía. Para defender lo que somos empezamos a destruirlo, para defender la “civilización”, retrocedemos a la barbarie, para mantener lo que queremos ser dejamos de serlo. No somos conscientes de la disyuntiva: ser coherentes y asumir el riesgo aceptándolo hasta sus últimas consecuencias u optar por la incongruencia para conservarlo todo, aceptar ser el reflejo de lo que nunca quisimos ver en el espejo, de lo que siempre habíamos despreciado y habíamos mirado con la arrogancia del que se cree superior.
El camino hasta llegar a donde estamos se ha logrado gracias a un proceso permanente de secularización, de pérdida progresiva de la visión mágica de la vida y de un adentrarse en el antropocentrismo. Es eso lo que nos da vigor y es eso lo que debemos mantener. Somos responsables de lo que tenemos (solo en usufructo, pues los bienes son de todos y hemos de conservarlos y traspasarlos llegado el momento), somos responsables de lo que hacemos, somos responsables de lo que somos. Nada ni nadie por encima de nosotros nos disculpa de esa responsabilidad. Somos libres y es el miedo a esa libertad lo que se convierte en una amenaza en estos tiempos (y en todos), es la necesidad del rebaño, la de la vuelta al ser gregario, al sometimiento. La necesidad de librarnos de la libertad. Ébano es también la tentación del regreso al alfa de la sumisión al brujo y a la tribu o el riesgo del omega de la pérdida de la espiritualidad y de la referencia social. Pérdida de la espiritualidad como pérdida de la trascendencia de uno mismo, somos más de lo que somos; pérdida de la ubicación en un destino que nos da sentido, de un “más que yo” que da significado al individuo, pérdida del pensamiento simbólico que nos permite comunicar lo incomunicable. Ébano son las huellas de donde venimos y el vértigo de un futuro al que nos podemos encaminar, el salvaje trajeado de un Wall Street cualquiera o el de los perdidos “hikikomori” de Japón. Hacia donde no debemos volver pero también la esencia de lo que nunca debimos perder.
Seguir las huellas de lo mejor que somos para no dejar de serlo, percibir las huellas de hacia donde podemos ir para evitar el abismo que anule lo poco grande que hayamos construido, esa debería ser su lección.


domingo, 4 de diciembre de 2011

TODO UN HOMBRE. SOLO UN HOMBRE



Ya he citado en alguna otra ocasión la frase latina “Memento mori” que se puede traducir como “Recuerda que eres mortal” y que se decía Cuando un general desfilaba victorioso por las calles de Roma, tras él un siervo se encargaba de recordarle las limitaciones de la naturaleza humana, con el fin de impedir que incurriese en la soberbia. Aunque también pudiera ser esta otra frase de un significado similar: “Respice post te! Hominem te esse memento!” "¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre" (y no un dios). En una sociedad tan dada a construir ídolos y tan dados nosotros a dejarnos enredar en la soga del halago no vendría nunca mal que alguien, cerca de nosotros, se ocupara de representar ese papel.
Quiero ejercer sobre mí de ese siervo incordiante que te impide llegar a creerte más de lo que eres cuando los demás se exceden en los elogios. Es necesario en la vida mantener firme la máxima por la cual no eres más cuando te cubren de elogios, ni eres menos cuando lo hacen de críticas. Eres el que eres, sin más.
Mi mujer, que es la persona que mejor me conoce, me dice a menudo que puedo llegar a ser el más tierno y el más borde, una catarata de palabras y el rey de los silencios. El doctor Jekyll y Mr. Hyde que quizás todos llevemos dentro, más o menos escondidos, más o menos terroríficos.
Soy pura materia orgánica sometida a todas sus servidumbres. Mi cuerpo expulsa materia en cualquier estado: sólido, líquido y gaseoso. Lamentablemente y dada mi circunstancia a veces da la impresión de que esa materia manda sobre mí y no yo sobre ella. Realiza todas aquellas funciones en las que nunca pensamos cuando hemos idealizado a alguien y algunas las realiza pobremente, igual que otras en las que sí pensamos.
Mi cuerpo es “fieramente humano”. Mi piel desea y se frustra en cantidades similares. Ángel y animal a partes iguales y de ninguna de ellas quisiera prescindir para sentirme gozosamente humano.
Mi cabeza ilumina y se oscurece, alcanza éxtasis y desciende a lugares que me avergonzaría se conocieran (¿yo solo transito esas tinieblas, esos basureros?) No me siento pecador por ello, solo me siento débil, y humano.
Mis pecados, que los ha habido y hay, han sido, fundamentalmente, de omisión, producto de la cobardía y de la comodidad. Pero la omisión no excluye las víctimas ni mi responsabilidad sobre ellas. Recuerdo un libro de Stefan Zweig, “Los ojos del hermano eterno”, un guerrero se lanza a la inacción en busca de la tranquilidad de espíritu y la experiencia es un fracaso pues siempre encuentra víctimas de cada inacción.
He cometido errores en muchas facetas de mi vida, errores que han tenido consecuencias y de las que yo me siento responsable, especialmente porque en esas consecuencias siempre han estado involucradas personas. Errores en los que yo también he salido perdedor.
Con algunos de esos errores, he hecho daño, mucho daño, quizás nunca queriendo, pero lo he hecho, incluso a personas a las que quiero y se lo he hecho, tanta es mi torpeza, intentado manifestar ese cariño. A veces resulta muy difícil amar sin transmitir dolor. Amas, quieres, no sé bien que término utilizar para que no cargue con la carga de prejuicios que alguno tiene como lastre. Nunca es pecado querer, tampoco lo es la torpeza, puede llegar a serlo insistir en ella.
No puedo ser ciego, aun con esclerosis múltiple no dejo de formar parte en este mundo del selecto club de los privilegiados. Sería un ofensa a Dios, a la Vida (llamadlo como queráis) sentirme una víctima más, tenga mi sistema inmunológico lo que tenga, mis lamentos deberían quedar petrificados en el momento en el que la verdad desnuda de esta sociedad se presenta. Incluso dentro de las personas afectadas por esclerosis múltiple no dejo de ser un privilegiado. Hay evoluciones mucho más agresivas que la mía, en las que el golpe es más brutal y la respuesta mucho más complicada. Es fácil, además, llevarlo bien con un entorno de apoyo como el mío, quiero creer lo que me dice familia y amigos, yo lo he ganado, pero, sé bien que esto en gran medida es suerte y que esa suerte, como muchos de los afectos que recibo, los siento como inmerecidos, sé bien que es así. Por ello no me creo capacitado para dar lecciones, sería un hipócrita, solo intento compartir mi experiencia, para dejarla escrita para mis hijos, que entiendan cual era mi pensamiento y comprendan por qué y cómo actuaba, y también por si puede servirle de utilidad a alguien. Con los años y mis vicisitudes he comprendido que tengo mucho que aprender, que he gastado mi tiempo en aprender cosas que ahora se me hacen inútiles y que he ignorado otras que ahora me resultan esenciales. ¿Qué puedo enseñar pues?
Hice referencia en otro lugar al fin de semana que la fotógrafa Lurdes R. Basolí, pasó con mi familia y conmigo haciendo un reportaje fotográfico de mi día a día. Quiero contar algo de ese fin de semana. La tarde del domingo la dedicamos a buscar a una persona con un nivel socio-económico bajo, pues Lurdes, con buen criterio profesional y humano, creía que sin alguien así el trabajo quedaría incompleto. En la esclerosis múltiple no podía ser todo tan guai. Lo intentamos y contactamos con una persona afectada y con una realidad social casi en las antípodas de las mías. Físicamente mejor pero aparentemente condenado a la soledad y al encierro. Acudimos a su casa, a su mundo, en busca de autorización de la familia. Fue un fracaso. No pudo ser. La visita, nos afecto mucho a Lurdes y a mí. Por distintas circunstancias había dificultad para rellenar el espeso silencio. Pero un acuerdo estaba claro, ninguno de los dos deseábamos continuar con las fotos, había que ponerle fin. Me hubiera sentido un hipócrita, me hubiera resultado una obscenidad hacer ostentación de mi situación “idílica” o de mis capacidades “heroicas”, después de haber visto y vivido aquello, fue lo que le dije a Lurdes. No porque esos días hubiera hecho algo diferente a lo habitual, ni porque hubiera actuado, sino porque después de aquello no me sentía con fuerzas. El heroísmo verdadero estaba en enfrentarse a esas dificultades. ¿De qué le serviría a esas personas? Me pregunto ahora si era necesaria esa experiencia para caer en la cuenta de ello y albergar ese sentimiento, si no estaba ya anteriormente participando de esa hipocresía aunque no fuera consciente de ello. Estas cosas tienen utilidad, pero para quien. También aquí, quizás, yo no era el ejemplo adecuado.
No quiero ser ídolo alguno para nadie, el ídolo está condenado a venirse abajo, a ser descubierto en sus contradicciones, a que se tornen los halagos en vituperios, a romperse por dentro mientras le rompen por fuera, cuanto más alto se le encumbre más dura será la caída, y todo por ser simplemente él.
Lo ejemplar como ideal inmaculado no existe. Cualquier idealización de una persona creo que no es sino sinónimo de inseguridad e inmadurez del otro. Lo que hace grande el esfuerzo no es la perfección (¿dónde está la grandeza de ese esfuerzo?) sino la imperfección, lo que nos hace mejorar no es lo conseguido sino lo que nos resta por conseguir, lo que nos hace sabios no es la ausencia de errores sino nuestra capacidad para reconocerlos y aprender de ellos, lo que nos puede hacer modelos no es lo inalcanzable que pudiera haber en nosotros sino lo que se puede encontrar al alcance de otros; lo que nos ayuda de verdad es el encuentro de carencias y de anhelos de superación comunes y diferentes, es aquello que tenemos que nos hace plenamente humanos, únicamente humanos.

viernes, 2 de diciembre de 2011

EL ALMA DE LA CASA



La esclerosis múltiple es un proceso continuo de duelos por todo aquello que vas perdiendo, una permanente adaptación emocional a esas pérdidas… o no.

Somos el personaje que somos ante los demás y creemos ser lo que hacemos, la actividad que desarrollamos, que esta representa el hilo conductor de nuestra vida. Disfruté en los años de infancia de mis hijos sintiéndome necesitado por ellos, disfrutaba en las noches con la rutina anterior al sueño, leyendo el cuento diario, recitando alguna poesía o sencillamente jugueteando con ellos; disfrutaba en las madrugadas cuando, como consecuencia de alguna pesadilla o de una pequeña necesidad, me despertaban en la noche llamándome. Era un placer que me llamaran a mí, precisamente a mí, quizás siempre envidié el papel de la madre tradicional y jugué a ser el mama-papa como me dice una persona muy querida. Disfruté (y me dormía a jarrillas) induciéndolos al sueño en la oscuridad de la noche sintiendo su cuerpo contra el mío y su cabeza sobre mis hombros, sintiéndome útil. Pero todo aquello lógicamente pasó, como lógicamente fue pasando todo aquello que el transcurrir de los años y el propio madurar de los hijos se va llevando. Quizás el ser padre es un poco también un proceso continuo de duelos, una permanente readaptación emocional al nuevo papel que la vida nos va exigiendo. No sabía entonces lo que la vida me guardaba, esta progresiva aceleración de la pérdida en la que uno parece no encontrar tiempo para la adaptación, salvo que se instale en el permanente duelo o en el permanente cambio. Pero el cambio en la vida, como en la paternidad, parece brindarte la oportunidad de una nueva utilidad que siempre parece encontrarse relacionada con un hacer, con una nueva ocupación, una nueva tarea, no así en la esclerosis múltiple que te va despojando de tareas, de lo que siempre pareció tu razón de ser, quedando reducido a una pregunta permanente sin una respuesta posible que situamos en ese actuar, un ser postrado, cada vez más debilitado, languideciente, humillado, cada vez más retraído en su mundo interior.

Perdí mi energía y mi movilidad, fui apagándome físicamente mientras mis hijos se iban encendiendo y yo sentía que necesitaban alguien a su lado con quien compartir esa energía que yo ya no tenía; fui abandonando los papeles que tenía en la familia y en los que los había ido culturizando: la cocina, los viajes, la cultura. ¿Para qué les servía ya?

Perdí mi capacidad laboral frente a lo que me resistí durante años hasta que terminé por aceptar la realidad pero solo cuando esa aceptación no me supuso un trauma excesivo. ¿Qué utilidad tenía pues para la sociedad?

Tuve que renunciar a gran parte de mi vida social incapaz de desplazarme por mí mismo, de mantener el ritmo que la misma me exigía, obligado a rutinas infantiles (o seniles). ¿Dónde quedaría mi socialización?

Todo eso fue haciéndose a costa de trasferir cargas y más cargas a mi mujer, más tiempo, más esfuerzo, más tensión; con mi cuerpo replegado y doliente. ¿Me había convertido yo mismo en una carga?

¿En quién me había convertido? ¿En quién me terminaría convirtiendo? Casi sin manos y sin piernas, ¿A quién cogería, a quién acariciaría? Casi sin fuerzas y energía. ¿A quién sostendría? ¿Quién era ya? ¿Quién llegaría a ser?

La otra noche al volver a casa con un amigo, en una de las pocas ocasiones en las que me salto las rutinas que me he establecido y necesito (como también necesito saltármelas de vez en cuando) mi hijo menor me recibió exclamando: ¡Ya está aquí el alma de la casa! Me gustó y me hizo reflexionar este comentario. La reflexión y la revisión es una manía en mí, no sé si una virtud o un defecto, un premio o un castigo. El alma no hace, siente y genera sentimientos, conoce y transmite conocimientos, conserva la luz interior e ilumina aquello que hay a su alrededor. No actúa pero resulta esencial.

No podemos pasarnos la vida en un incesante preduelo, anticipándonos a lo que mañana vamos a perder, rememorando lo que éramos ayer y llorando lo que mañana vamos a ser. La vida es una sucesión de muertes y de renacimientos, pero estos, como todo parto, no se hacen sin dolor y la criatura que seremos no será igual a la que fuimos, sus capacidades no serán las mismas, su papel habrá variado, sus aportaciones serán diferentes pero la médula no sólo puede permanecer sino que puede mejorar.

Lo que trasladamos a los demás es mucho más que el obrar. Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, aunque tuviera el don de la profecía, aunque repartiera todo lo que poseo y sacrificara mi cuerpo, hiciera lo que hiciese, cumpliera con lo que cumpliese, si no tengo amor no seré sino una campana hueca, nada soy y de nada serviré, solo hipocresía, falacia, siervo también de los dioses de siempre (Corintios XIII). La capacidad de amar permanecerá en nuestras manos mientras tengamos consciencia.

¿Qué nos queda con ese amor? Nos queda el poder de testimonio, la prueba de que es posible vivir de otra manera, de que realmente, en cualquier lugar y circunstancia, una persona marca la diferencia, que conservamos la capacidad de optar por vivir esa realidad de una manera u otra, que no tenemos por qué dejarnos someter sin más, que yo soy yo y mis circunstancias pero que yo no soy mis circunstancias sin más. Esa actitud, esa vivencia será la huella que yo deje, se olvidarán las palabras exactas, se podrán olvidar mis obras, pero ese amor no pasará.

¿Qué no nos debemos dejar arrebatar? La capacidad de la sonrisa, el compromiso de no extender gratuitamente nuestro dolor a los demás, aprender a llorar riendo o a reír llorando, como decía Ramón Sampedro en una antológica entrevista que se le realizó en el programa Línea 900; la disposición para la caricia, con las manos, con el rostro, con la mirada, con el cuerpo entero; la sabiduría de la humildad, del dolor que te hace más humano, más receptivo, más sensible, más permeable, más lúcido, en la medida en que aumenta tu aptitud para la empatía y van desapareciendo tus residuos de fanatismo y disminuyen tus prejuicios.

Nuestro espacio vital puede reducirse pero no así tiene por qué disminuir nuestro impacto sobre los demás, sobre los que nos rodean, sobre esa única persona que nos cuida y nos protege y que en sí misma es un mundo, es el mundo. Ese será nuestro poder para reventar paredes, ensanchar espacios, abrirlos hacia el infinito. Esa será nuestra incuestionable e irrenunciable capacidad de subversión, nuestro último acto de rebeldía que llevaremos hasta el final, hasta el último momento, hasta el último segundo de nuestra vida.

Esa vida nos podrá ir arrebatando a zarpazos y mordiscos partes de nosotros, pero, ¿por qué nos ha de impedir llegar a ser “el alma de la casa”? Ese aliento que trasmitimos es lo que nos hace felices y nos da sentido y es lo que nos sobrevivirá. Lo dice un “materialista”, el alma de la casa (me hace ilusión creerlo).