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domingo, 24 de febrero de 2013

LA MATERIA DE LA QUE ESTÁN HECHOS LOS SUEÑOS

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Hay momentos en los que la vida se ve zarandeada por golpes terribles que irremediablemente la transforman y en los que, al menos en un principio, el miedo preside tus días. La transformación, en estos casos, supone pérdidas, certeras o probables, pero siempre está marcada por la incertidumbre. ¿Cómo será mi vida de ahora en adelante? ¿Cómo será la vida de los míos? ¿Qué será de mis sueños?

El sueño se proyecta hacia el futuro, quede lo que quede del futuro anterior, aunque solo aparenten ser los restos de un naufragio. Las perspectivas del futuro pueden cambiar, de hecho siempre van cambiando con el paso de los días y con ese cambio lo hacen también los sueños. Parecemos ir pasando de la edad inicial de los sueños a las edades finales de los recuerdos, lo hacemos con el paso de los años y también con la llegada de una realidad frustrante, la vida y el crecimiento supone el encuentro con la frustración, con los límites y con el dolor. En mi caso, ahora, con la esclerosis múltiple y las pérdidas que me acarrea, no es poco, en otros casos suponen otras perdidas igualmente o en mayor medida dolorosas, desgajadas violentamente de nuestra zona de confort. Y, sin embargo, sueño, a pesar de todo sueño, inevitablemente sueño, afortunadamente sueño.

Cambia la materia de la que están hechos los sueños, de los estrictamente gozosos de la infancia, hechos de irrealidad, puro deseo y juego sin calibrar, a los de la madurez, marcados por el pasado, ¿qué es el pasado sino la realidad hecha presencia? La presencia de los límites y del dolor, el aprendizaje frustrante de los mismos. Y, sin embargo, sueño, a pesar de todo sueño, inevitablemente sueño, afortunadamente sueño.

Soñar es amar, pasar de esos sueños infantiles a los de la madurez y senectud. Del carácter épico de los primeros a la naturaleza mínima de los otros. Mínima, aún así puede ser preciosa. En los primeros no hay nada que perder y nada que se encuentre en riesgo perder, en los segundos ya se ha perdido. La condición para poder seguir soñando es no quedar anclado en el pasado, no amar lo ya perdido, sino amar lo que todavía tenemos y que podemos correr el riesgo de perder. Amar lo perdido no es sueño sino simple añoranza, pesadumbre, permanente mirada hacia atrás y no hacia delante. Aceptar que la vida ha cambiado y con ella la materia de la que se encuentran hechos nuestros sueños; de la fantasía, que no se puede perder porque no se tiene, a la vida, con lo ya perdido porque se ha tenido.

Y a pesar de todo sueño, todavía, sueños hechos de infancia a través de ellos; ellos son el objeto de esos sueños; construyo posibles realidades que puedo no ver y no por ello será un fracaso. No los elaboro para llegar a verlos, los elaboro para que sean. Son mis sueños pero son sus realidades. No los sueño para, necesariamente, llegar a disfrutarlos, sino para disfrutar la tarea de hacerlos posible. Construyo castillos que solo temo hacerlos en el aire. No temo que no lleguen a cumplirse, temo estar, de hecho, socavando sus cimientos. Pero esos y el resto de mis sueños están cargados de madurez y senectud. La vida me ha llenado de matices y me ha enseñado sus límites, que lo que se alcanza rápidamente puede perderse con igual celeridad; me ha enseñado la fragilidad con la que estamos hechos y no por ello imposibilitados para la felicidad; que el sueño de hacernos cambia de formas pero no tiene fin y que resulta gozoso no en la manera en como lo imagino sino en la forma en como lo voy haciendo y me veo siendo con él. Siendo para terminar no siendo.

Sueños hechos de pasado y de futuro. Es mucho más lo que va quedando atrás, no solo por el transcurrir del tiempo, sino también por el peso de las pérdidas que, inevitablemente, cercenan posibilidades. Construidos sobre el pasado no para enfangar sus trazos sino para aportarles la única sabiduría que puedo poseer, la que la vida me haya ido dando; no para encementar sus pies, sino para proyectarlo hacia el mañana, el mañana del paso a paso, del día a día, el mañana del presente, del hoy que siempre está por venir, hasta que ya no llega porque habremos cedido el testigo.

Sueños hechos de tristeza y alegría, de las lágrimas que nos ha traído el quebranto y de las sonrisas que hemos arrancado de entre sus resquicios, de la merma que nos ha supuesto el deterioro y de la sensibilidad que con él nos ha dulcificado la mirada, de los sollozos que lo acompañan y de la necesidad de reír que surge de él.

Sueños hechos de dolor y de placer, el tormento del resquebrajamiento que has sufrido, de la parte de ti que te ha sido extirpada; sueños que duelen cargados de ausencia, lo que no tendrás, lo que no serás, lo que no estará junto a ti inevitablemente presente, sueños rasantes; y en ese vuelo la posibilidad de ganarse una caricia, una sonrisa, un beso. El lento placer de una conversación que se introduce en los entresijos de tu ser para dejarlos al descubierto; el lento placer de una lágrima, de la cálida emoción que puede llevar; el tórrido deleite de lo prohibido a lo que no renunciarás aún sabiendo que solo será eso, un sueño.

Sueños construidos de la vida misma, de sus heridas y cicatrices, del connatural deseo que nos acompañará siempre, de la ilusión con la que construiremos pequeños refugios donde descansar, y, en algún momento, el anhelo de dormir; sueños hechos de muerte, ¿por qué no?, el sueño de morir, de cerrar los ojos y decir adiós, un adiós tranquilo y, en cierto modo, satisfecho, una despedida feliz.

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