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lunes, 23 de marzo de 2015

SORTEANDO PRECIPICIOS (El poder sanador de la palabra)


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Todo empezó la mañana en la que desperté con la mitad derecha del cuerpo dormida, como si alguien hubiera trazado una división exacta de mi tronco en dos partes, una línea a partir de la cual todo tacto cayera al vacío, a la nada, como si esa parte de mi cuerpo hubiera desaparecido. La pierna derecha convertida en una rémora para el movimiento, durante la noche te han sustituido tu miembro por otro que no percibes como tuyo. Una mala prótesis que no responde convenientemente a tus demandas. Fue el inicio de una cadena de visitas a médicos y de pruebas, no era totalmente consciente entonces de que me estaba asomando a un precipicio. Un mundo de campos magnéticos y descargas eléctricas, de espera y tensión, de incertidumbre, de miedo. De informes y diagnósticos. Ansiedad. De aprendizaje de nueva terminología que te acompañará toda la vida. Probable enfermedad desmielinizante. Esclerosis múltiple. El precipicio. Dos palabras que suponen un futuro resquebrajado, hecho trizas, como el yo que de ti vislumbras en él. El inicio de tu particular vía crucis.
El día del diagnóstico, de vuelta a casa, percibí que una luz crepuscular se había instalado en ella, o era en mi vida, o era en mí. Sumergido en un mar de preocupaciones la realidad que me circundaba me parecía distante, ajena. No prestaba atención a lo que me decían, mi mente se encontraba a una inmensa distancia, era otra persona, que solo me tocaba superficialmente, la que se ocupaba de responder mientras yo permanecía enfrascado en el reducido ámbito de esas dos palabras. ¿De qué manera perciben los niños aquello que le queremos ocultar? Hacía días que en casa se vivía un ambiente raro, parecía mascarse una tragedia, una tragedia a la que nadie se refería pero que estaba en las miradas, en los silencios y en la forzada naturalidad a la que todos nos sometíamos. ¿De qué manera captan el no se qué del cual no queremos que se enteren? No ponen nombre al objeto del miedo pero captan el miedo, no pueden asomarse al abismo pero intuyen que se encuentra detrás de tu mirada. Cuando la puerta se abrió y vi reflejada en sus ojos la ansiedad me pareció comprender que allí se encontraba el crepúsculo, que yo lo traía conmigo y se me había anticipado unos pasos en llegar. Que no era mi hogar, que me adentraba en un túnel del que no podía ni tan siquiera imaginar que tuviese salida y que esas habitaciones y esos muebles que parecían los míos solo eran el decorado de una ficción, que esas personas que ayer componían mi familia eran figurantes, que mi realidad me había sido arrebatada.
Los silencios. Mutismo en torno a una mesa, la cabeza gacha, el sonido de los cubiertos subrayando el silencio. ¿Adonde fueron las palabras, las bromas, las risas? ¿Por qué andan escondiéndose las personas? ¿Dónde está el origen? ¿Quién el culpable? Uno no se da cuenta de ese silencio hasta que sale de él. Hasta que empieza a salir al menos. No percibe la ciénaga aunque los demás lo vean hundiéndose en ella. Así me encontraba yo, un espectro sentado en el sillón que cada día se iba alejando más a la deriva. Naufrago retirado a una isla perdida y al que los demás contemplaban con temor. Mis hijos se acercaban a mí con cautela, como no queriendo romper el misterio en el que me encontraba encerrado. Me contemplaban con temor y tristeza. Las coordenadas de esa tristeza era mi propio rostro, eran mis manos apoyadas en los brazos del sillón, era la mirada extraviada.
El llanto. Ese animalillo aterrorizado que tiembla ante las sombras que le acechan. Ese niño asustado sollozando que solo busca unos brazos que le abracen y un pecho que le consuele. Esa necesidad de que las lágrimas arrastren el miedo cerval, de que fluyan sin parar.
Adentrarme en el túnel, asomarme a los precipicios, me supuso días y días, años. Años ensimismado en el dolor, soltando amarras respecto al mundo que me rodeaba. Años, también, de crispación y conflicto. ¿Por qué los estallidos? ¿Por qué se desencadenaba la tormenta? Lloraba con facilidad, siempre al borde de la lágrima; pero también me enfurecía con facilidad. ¿Por qué? Por naderías, por la simple necesidad de explotar, por la de demostrar la enemistad con la vida. Un gesto nimio de mis hijos, una corrección de mi mujer a un desplante mío, mi enésimo episodio de torpeza, la botella que se me caía, el botón que no conseguía abrocharme, podían desatar la hecatombe, en forma de gritos o en forma de silencio agresivo, recriminatorio. Es muy difícil soportar pena y pecado, y era eso lo que yo pretendía generar y lo que me adentraba más en la oscuridad del túnel cargado de toneladas de culpa.
Me sentía perdido en arenas movedizas en las que mis movimientos bruscos, desesperados, no hacían sino introducirme más en ellas. Angustia, zozobra, a la espera del cabo que me ayudara a salir de allí y que no estaba dispuesto a solicitar. Pero el cabo llegó.
Quizás una de las claves para sortear los precipicios es darse cuenta de que uno no cae solo, precipita con él al abismo a las personas a las que está vinculado. Tener un momento de lucidez y escuchar y saber leer los silencios, ver los rostros y penetrar en ellos, dejar de ser yo, yo, yo, por un instante y ponerse en lugar de ellos, y verse a sí mismo desde allí, lo que queda de ti, lo que estás haciendo de ti, los restos del naufragio. Fue de alguna manera esto a lo que me abocó ella. Me había negado a cenar en un acto de dignidad estúpida, de orgullo equivocado y había permanecido allí, con ellos, con mi insultante silencio y restregándoles mi mirada perdida. No recuerdo ni tan siquiera cual fue el motivo para esa actitud, solo recuerdo la tensión que mascábamos todos y el momento en el que ella se negó a seguir comiendo si yo no lo hacía y como ese acto lógico fue para mí como si retiraran la espoleta que hizo estallar la bomba.
«¿Quieres que cene?». Y la miré desafiante a los ojos. Cogí su plato y vertí en el mío los restos que le quedaban. «¿Te parece suficiente o quieres que coma más?». Encolerizado hice lo mismo con el plato de uno de mis hijos. «¿Así?». Volví a repetir la acción con el plato del otro. Mi plato se encontraba a rebosar y los tres me miraban en silencio, en un silencio que yo era incapaz de oír atronado como estaba por mi acceso de ira. «¿Te sigue pareciendo poco?» Me levanté dando trompicones y cogí la fuente que quedaba en la encimera de la cocina y vertí los restos que quedaban en ella en mi plato derramando gran parte sobre la mesa. Me senté y comencé a comer con furia. En silencio, mi mujer se levantó y se fue. Mis hijos dudaron qué hacer por unos minutos para después, sin hacer ruido, ir recogiendo poco a poco la mesa en la que me iba quedando yo solo atiborrándome de comida sin masticar. Fue cuando me quedé definitivamente solo cuando paré y me eché a llorar. Y allí estuve, no sé cuanto tiempo pasó pero se me hizo una eternidad. El tiempo se hace interminable cuando te encuentras perdido y no sabes el camino. Las lágrimas se arrastraban por mi rostro, moqueaba, me levanté y fui a buscar a mi familia. Mis hijos se encontraban tumbados en sus camas, el mayor lloraba. Mi mujer, con la luz apagada del dormitorio, lloraba también en silencio. Encendí la luz del pasillo y me senté a su lado. «Lo siento» Y los dos nos encontramos allí hipando en la noche, animando al otro a sollozar con el sollozo propio, en la noche externa, en la terrible oscuridad interior. Me encontraba inmóvil a su lado, ella tendida en la cama, cuando sentí su mano buscando la mía. Y se lanzó a abrirme los ojos.
«No puedo más. No eres el único que sufres, los demás sufren contigo. Sufres y hacer sufrir, y no tienes derecho. ¿No es suficiente con lo que tienes encima como para cargarte con este dolor suplementario? ¿No te das cuenta del daño que te haces y del que nos haces a nosotros, del que me haces a mí, del que les haces a ellos? No basta con que lo sientas tienes que poner de tu parte para salir de esta situación. Pide ayuda. Si no lo haces por ti, hazlo por ellos. No puedes seguir rumiando constantemente el dolor, alimentando tu rabia. Tienes que sacar de ti tanta amargura, sácala, comparte tu sufrimiento, estamos aquí para ayudarte, pero no hagas sufrir a los demás. No basta con que lo sientas.»
Fueron sus palabras y fue su mano sobre la mía, es difícil transmitir el sentido que les aporta ese gesto, sería difícil decidir cual de las dos cosas tuvieron para mí más significado si el que me aportó su verbo o el que me aportó su tacto. Puede parecer un disparate pero a veces creo que todo ese sufrimiento puede ser bienvenido si desemboca en esa sensación. Es complicada de describir si no se ha vivido, diría que es fundamentalmente sanadora. Con esa vivencia no me parece una locura que toda la historia esté repleta de curaciones por la imposición de manos. ¿Puede seguir siendo todo igual después de aquello? ¿Qué puede buscar el niño asustado o el que se ha lastimado sino el abrazo de su madre, sus manos? ¿Qué puede necesitar todo ser humano perdido o herido sino una mano que le diga, no estás solo, yo te perdono? ¿Qué puede curar más que el perdón?
¿Y qué vinieron a decir sus palabras sino “confía en el poder sanador de la palabra”? Confía. Palabra. Pide ayuda. Fue como el despertar resacoso de una pesadilla, como salir a la vida manteniendo aún los estragos de la muerte, como el despertar aterrorizado después de verte cayendo por la inmensidad del precipicio, como el niño que ha de lanzarse a andar sin haberlo aprendido todavía sin vacilaciones.
Todo eso hice, pedí ayuda, acepté que la necesitaba, confíe en las puertas que me abrían, en las manos que se me ofrecían, y, sobre todo, en el poder sanador de la palabra. Me propuse exorcizarme, expulsar por mi boca los demonios que llevaba dentro, tus fantasmas se diluyen cuando los ves fuera de ti, lucifer en un simple espantapájaros. Palabra hablada, palabra escrita. Cuando todo parece que va a acabar, aún te queda la palabra. El placer de la palabra, cuando tus sentidos parecen que se apagan, la palabra te acaricia, te besa, la paladeas, la hueles, te pone en pie, te hace andar.
Escribir, esa fue mi principal terapia. Los días se estiraban para dejarme hacerlo, puse en grafemas mis tormentos y estos se fueron suavizando. Y detrás de esos tormentos, detrás de esos diablos, aparecí yo, allí estaba, maltrecho, dolorido, con el reto de crecer de nuevo, de iniciar nuevos caminos, de descubrir nuevas sensaciones, de reencontrarme a mi mismo y hacer las paces conmigo. A eso dedicaba la mayor parte de mi tiempo, mientas ellos estaban en el colegio y mi mujer en su trabajo, yo me sentaba delante del ordenador e intentaba sacar de mí esas tinieblas para encontrar la luz en ellas. La palabra no siempre sale fluida, unas veces es una dicha que se va viendo crecer en la pantalla, pero otras se trata de un doloroso parto del que, al final, acaba todo tu cuerpo resentido. Unas veces descubres al azar una palabra talismán que te abre varios mundos en los que felizmente te zambulles, otras por mucho que escarbas en tu memoria esa palabra permanece escondida y solo el tiempo y la paciencia permite que salga a flote.
Comunicar no es solo hablar, es también escuchar, permitir que el otro hable, alentar su comunicación mediante la tuya. Es recuperar los sonidos en tu casa, una simple conversación sobre cosas sin importancia, el sonido de la música, unas risas. Tan distinta puede ser la escena. Mis hijos riendo, bromeando conmigo. ¿Soy yo el objeto de sus bromas, aquel a quién temían? Hay pocas cosas tan dichosas como el sonido de unas risas en tu casa. Un hormigueo gozoso me recorre por dentro. Se acercan a mí, me tocan. Este proceso no es rápido, quizás mis primeros intentos de comunicación suenan a balbuceos algo forzados para luego, con el paso de los días, irme soltando y darle pie a ellos para hacer lo mismo. Mis primeros intentos de acercamiento resultan torpes, temeroso de desencadenar en ellos una reacción no deseada. Ellos me observan con actitud desconfiada, asustadiza. Las cicatrices no se resuelven de un día para otro, las primeras aproximaciones parecen de prueba, esperando a ver cual es mi respuesta, solo este diálogo corporal sostenido y confiado permite que los contactos se vayan haciendo frecuentes y más intensos.
Era consciente de que las principales iniciativas me correspondían a mí, no lo hice por obligación, respondía a una necesidad que de verdad sentía. «Familia, ¿sabéis una cosa?» Les dije mientras nos encontrábamos reunidos en torno a la mesa del comedor. Me miraron con expectación. «Os quiero mucho y gracias por aguantarme.» Aquello se convirtió para mí en casi una rutina. Cuando los veía ante mí en una conversación distendida, riendo, sentía la necesidad de aquello. «Familia, sabéis una cosa?...» Bastaba con esas palabras para que se echaran a reír y completaran a coro mis palabras. Aquello era para mí un deleite.
Hace un rato, mientras escribía este texto, mi hijo pequeño se ha acercado a mí y se ha puesto a mi espalda mirando lo que hacía por encima de mi hombro izquierdo. No me ha dicho y yo no le he dicho nada. Unos minutos después se ha abrazado a mi cuello por detrás y ha apoyado su cabeza sobre la mía. He cogido sus manos y se las he besado, él me ha besado la mejilla. He tenido que detener la escritura por unos momentos tanta era mi conmoción. Al rato se ha tirado al suelo con un libro, y ahí está, leyendo tranquilamente a mi vera mientras yo escribo, llevando a cabo mi terapia particular. Si esta no es la auténtica imagen de la felicidad no reconozco ninguna otra. Imagino que él y yo nos encontramos sentados al borde del precipicio pero ya no lo veo como tal, contemplamos los dos el hermoso paisaje que se ve desde allí y que antes no había descubierto.

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miércoles, 18 de marzo de 2015

CASI POEMAS (6)

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A menudo me despierto de madrugada con un poema en la cabeza.
No me preocupa y hasta resulta de cierta clase.
Pero ya me empiezan a preocupar otras cosas que me van ocurriendo.
Ahora me ha dado por despertarme con una flor en la boca,
empiezan a ser muchas y ya no sé a quién regalárselas.
La otra noche también lo hice con dos alas a mi espalda.
Es inútil, yo no sé volar y en el libro de instrucciones no venía si yo pertenecía a los ángeles o a los demonios.
También he llegado a despertarme con una muleta en la axila, con un traje de payaso, con una peineta en el pelo o con la cara de otro señor que no conozco.
Definitivamente, lo que me dejó sin dormir el resto de la noche, fue ayer cuando me desperté con un fusil al hombro.
No sé si sería una sugerencia o fue solo un símbolo




Esta enfermedad que tengo está empeñada en hacerme creer que es importante.
Primero me dejó las manos tontas, como para que me cueste pasar las páginas de un libro (eso fue buena idea, se lo reconozco) o crearle los detalles a un canapé.
Luego la cogió con mis piernas. Seguramente me las cambiaba durante la noche por las de gente de más edad. Ya casi no me puedo mover de casa y ella piensa que me está ganado la batalla.
Entre esto no se corta en salpicar mi existencia con algunas otras menudencias: Un golpe a la mitad de mi cara hasta dejármela dormida,
un golpe bajo al aparato urinario,
y me sacude con problemas de memoria que me complican recordar nombres y fechas.
Yo contraataco diciéndole que solo son achaques de la edad.
No hay cosa que más le moleste, con el esfuerzo que le ha costado hacerse un hueco entre las enfermedades de renombre.
También, para pagarle con sus mismas armas, olvido a menudo como se llama.
Con eso no la hago desparecer pero la enrabieto un rato y disfruto con ello.
Lo que de verdad la hace padecer es que la ninguneen.



Llevo unos días que no me encuentro.
Seguramente andaré perdido entre las páginas de algún libro
o me quedaría olvidado entre potingues de la cocina.
Imagino el discurso (con razón) que me dará mi mujer.
¡Ya te lo decía yo, algún día vas a perder algo que necesites!
Yo me necesito hasta cierto punto,
si puedo escucharla decir c`est moi al llegar a casa
o puedo seguir disfrutando de las ironías de mi hijo pequeño
o de las razonables palabras del mayor,
no estoy especialmente preocupado,
al menos tengo la esperanza de que allá donde esté
me encuentre haciendo algo importante.

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martes, 17 de marzo de 2015

LLEVAN RAZÓN

 

Alguien puede esgrimir razones equivocadas pero puede tener la razón en lo que hace. La miseria, la urgencia que producen las necesidades más primarias, la locura que pueden desencadenar, los comportamientos que vienen desde el hartazgo interior suelen estar reñidos con las formas, la etiqueta la juegan en campo contrario. La falta apremiante no permite solemnidad.
Sé que nuestro mundo se acaba y que esto nos pasará factura pero esto no me puede hacer ignorar que ellos tienen razón.
Creo que la crisis vino para quedarse y que la tarta que comimos no aguanta tantas raciones pero mentiría si dijera que no oigo sus gritos y entiendo su mensaje.
Me parece que el futuro se torna oscuro y que esto lo habrán de padecer quienes lo vivan, entre ellos mis hijos y esto me genera desasosiego pero sería cobardía decir que no comprendo lo que les trae aquí y la manera en como lo hacen.
Puedo confiar en que ese futuro no tiene por qué, en general, ser peor pero me parece inevitable que lo sea para nosotros. Esto, no puedo ocultarlo, me produce turbación, pero al mismo tiempo, es así, me parece justo.
No puedo construir mi forma de pensar alrededor del miedo, del dictado de las circunstancias. Me sería más fácil argumentar sin más los matices que toda realidad exige y criticar que vengan sin avisar, como si para saciar el hambre hubiese que pedir cita, pero no es la sorpresa sino el temor lo que guía nuestra respuesta y no son las razones sino la fuerza la que le da forma.
Al menos espero que con el pasar de los años tendremos menos pero seremos mejores y el mundo podrá respirar mejor. También de ellos podremos aprender.

domingo, 15 de marzo de 2015

EL DECRECIMIENTO ES LA OPCIÓN.

Obsesionados por la crisis y enganchados a un modelo de sociedad no paramos de insistir en eso de "retomar la senda del crecimiento", con otras palabras, volver al crecer por crecer. Olvidemos todos esa cantinela de no se qué refundación, ignoremos lo del cambio de sistema y sus "horribles" consecuencias... Y, seguramente, una de las claves se encuentra en ese término nada neutro de "crecimiento" y, seguramente, la opción necesaria es la de ese otro término nada "apetecible" de decrecimiento.
El decrecimiento es una corriente de pensamiento político, económico y social favorable a la disminución regular controlada de la producción económica con el objetivo de establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, pero también entre los propios seres humanos. Es aquí donde nos la jugamos y pienso que lo hacemos por tres razones:
1. Muy pocos tienen demasiado y demasiados tienen demasiado poco. La opción por el decrecimiento es una opción por una redistribución de la riqueza a nivel nacional y, sobre todo, internacional, y esto, nos guste o no, sólo podrá alcanzarse con una disminución de nuestro nivel de vida. Nosotros, aunque pueda ser en su periferia, estamos dentro del "muy pocos". Alcanzar esto supone replantearse seriamente, de verdad, la trabazón existente entre los intereses del poder económico y el político, y, especialmente, la subordinación del segundo al primero. Replantearse el peso de la economía financiera, especulativa, sobre la real, productiva, creadora de valor agregado. Supone también replantearse el peso de los agentes de esa economía especulativa y su aportación al bien común. Decrecimiento exige, igualmente, discriminar qué es lo necesario y qué lo superfluo de nuestro estado de desarrollo, qué es lo esencial del estado del bienestar, de qué podemos y debemos prescindir y qué interesa salvar.
2. Nuestro planeta es limitado y solo la ceguera y la avaricia puede llevarnos a su ruina. El medio ambiente se encuentra en emergencia pero, como siempre, esa emergencia o no se ve o no se quiere ver. La emergencia vuelve a aplazarse. Se trata de la respuesta al calentamiento global, a la sobreexplotación de recursos, a la deforestación, a la amenaza que la capacidad destructiva del hombre cierne sobre él... La solución a todos estos problemas solo podrá llegar a través del decrecimiento. Se trata de levantar el pie del acelerador, incluso de pisar el freno, para invertir en futuro. "Retomar la senda del crecimiento" es dirigirnos de nuevo al abismo ondeando banderas de victoria.
3. La opción del decrecimiento es también la opción por la persona, el viejo dilema entre el ser y el tener (con qué facilidad arrinconamos los problemas eternos de la filosofía), entre el yo exterior, el que representa un papel y se encuentra cargado de artificiosidad y el yo interior, el que, a menudo, ni vemos ni queremos ver. Nosotros mismos queremos ser nuestros grandes desconocidos. El decrecimiento, hacer más con menos, vivir mejor con menos. Una nueva meta, un nuevo paradigma. Una propuesta de cambio ante una situación de indignación. Es el "menos es más" y es el somos más con menos, con todo lo que eso significa en nuestra manera de ser y de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. La invitación al consumo para "reactivar la economía" puede ser la crónica de una muerte anunciada, es la hora de replantearnos nuestra relación de servidumbre con ese consumo, de preguntarnos por el papel que nos queda en ese circo y por el que estamos dejando en herencia.
Los tres grandes problemas que debemos afrontar y que creo corresponde, junto con la defensa de los derechos humanos, la búsqueda de respuesta a una organización de izquierda. Los tres, sin excluir ninguno, constituyen el ejercicio de la política de verdad. Puede parecer la cuadratura del círculo, pero, ¿quién dijo que la política de verdad resulta fácil?

viernes, 13 de marzo de 2015

TERNURAS DE CRISTAL


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Acepto la acusación. Se me rompió el cristal entre las manos mucho antes de darme cuenta de lo que tenía entre ellas.
No sé bien como empezó todo. Mejor dicho, sí lo sé. Fue un mero encuentro de miradas henchidas de soledad lo que nos fue aproximando. Primero fueron miradas furtivas, los ojos temerosos de ser descubiertos; después, poco a poco, a través de encuentros fugaces en los que los ojos fueron descargando, mirada a mirada, todo un equipaje de sentimientos confusos, pero cargados de deseo y soledad, las miradas se fueron reposando y manteniéndose, reconociéndose y disfrutándose. Sin palabras, fueron examinando el deseo y la soledad que se escondía tras esas cuencas. Las miradas detuvieron el tiempo y lo poseyeron y se dijeron todo mucho antes de haber pronunciado un solo vocablo; y desnudaron el cuerpo mucho antes de haberse quitado una sola prenda. Habíamos iniciado el camino de la seducción a fuerza de una sinceridad sin la retórica de las palabras que fácilmente enmascara los sentimientos verdaderos.
El final de ese camino no podía ser otro que ella abriera sus pétalos para que yo libara su néctar. Fabricamos una miel dulce en un principio pero que se fue tornando poco a poco amarga. Sé ahora que no sobrevolé sus estambres como una pequeña y aplicada abeja sino que me hundí en ellos como un jabalí sediento. Pensaba que lo conocía todo de ella sin haber intercambiado palabras y apenas me conocía a mi mismo. Sólo entonces empezaron a salir recovecos de nuestras personas que los dos desconocíamos y de los que, igualmente, ignorábamos la reacción química que producirían.
A través de esa muda coreografía se fueron colando confidencias, pequeñas primero, grandes después, que nos fueron acercando todavía más. Entre esos secretos nunca llegó ella a verbalizar el mayor de sus misterios: su enorme fragilidad. Hoy sé que no era necesario que me lo dijera, ese secreto era transparente en cada uno de sus gestos, lo gritaba a voces cada vez que depositaba el negro de sus pupilas en mí. He de decir que asumirlo no me supuso ninguna sorpresa, únicamente, entonces, yo me negaba a certificar oficialmente su existencia, absurdamente protegido por la mentira que yo me había construido para sobrevivir.
En todo el tiempo que estuve con ella, el guerrero derrotado que hay en mí acudía allí con el fracaso como único bagaje, unas veces pintado de resentimiento y cólera, otras de llanto y tristeza. Pero siempre me esperaba con esa sonrisa que para mí no podía esconderse, era una linterna que sentía dentro y que me llevaba hasta ella en medio de las tinieblas que me rodeaban. Acariciaba mi cabeza con ternura mientras yo mojaba sus senos como un chiquillo. Me alentaba en medio de la adversidad y yo sentía que creía en mí. Ella creía en mí, a pesar de esta mediocridad que me acompaña, a pesar de este aislamiento al que estoy condenado, ella creía en mí. Besaba mis párpados, lamía mis lágrimas, mordía mi oreja y, frecuentemente, acabábamos revolcándonos sobre el suelo, ella bailando sus besos con delicadeza, yo hozando en ella como un furioso animal al que el celo hubiera despertado de pronto.
Ella me recuperaba del destierro y me lanzaba de nuevo al mundo a seguir soñando que cada uno de mis fracasos iba a ser el último. Yo me sentía renacer y cada uno de los alientos que me insuflaba iba mermando su capacidad de vivir. Lentamente, casi imperceptiblemente, ella se hundía mientras a mí me sacaba a flote.
 No entendí su primer llanto. Pensaba que no había ocurrido nada para motivarlo. Ese era el motivo: que no había ocurrido nada. Ni una palabra mía que le adornara la vida, ni un gesto mío que soplara entre sus doloridas costuras para vestir su soledad de una mínima compañía. Para entonces seguramente ya estaba con nosotros, sin yo saberlo, el habitante que me la arrancó. Llegué a ella roto una vez más y me dispuse a recomponer con rabia las trizas de mí que arrastraba esa mañana, buscando a dentelladas un placer que me estaba siendo negado, deshojando cada pétalo con una mezcla de pasión y saña. Con cada pétalo caído el filo de mi puñal era mayor, mi ansiedad la iba resquebrajando sin yo sentirlo. Le pregunté porqué lloraba. “Por nada, sólo que hoy estoy un poco tonta. No te preocupes”. Y no me preocupé y esa hoja que a mí pertenecía empezó a vestirla de sangre. No brotaba para yo verla pero la estaba cubriendo entera. No eran mis palabras las que hendían su daga en ella, eran mis repetidos silencios los que la cubrían con ese manto carmesí. Mis brazos atrapaban su vida mientras los suyos acogían la mía.
Desde ese día las lágrimas no cesaron de fluir, al principio siempre silenciosamente, en una suave cadencia que para mi hermoseaba aún más su rostro; con el paso de los días empezó a romper en sollozos que yo no sabía taponar y el mundo empezó a abrirse bajo mis pies. Me di cuenta de sus caricias en el momento en el que sus manos cansadas empezaron a dibujarlas en el aire sin llegar a mí. Me di cuenta de sus besos cuando estos empezaron a transformarse en suspiros. Que difícil es recuperar el tiempo perdido cuando éste va a nuestro alcance. Se apodera de nosotros y nos derriba. Nos deja aturdidos y cuando queremos volver la vista atrás la vida nos ha sobrepasado con una sonrisa burlona en el rostro.
Entonces me di cuenta de que ese cuerpo que me acogía y me hacía renacer estaba hecho añicos y que yo había colaborado a ello. Fue casi un momento fugaz. La muerte cuando viene decidida a por nosotros devora el reloj a dentelladas, cabalga al galope sobre sus agujas y te arrebata todas tus oportunidades. Al menos siento que fue así. Que llegué tarde. Llegué tarde cuando luchaba contra ese reloj al lado de su cama. Cuando metía mis dedos en su boca para extraerle las flemas que pugnaban por llevársela. Cuándo derramaba palabras bonitas en su oído sabiendo que ya ella no podría responderme. Cuando acariciaba y besaba su desnuda cabeza como el mayor de mis tesoros. Cuando ya no era capaz de recomponer su puzzle desmadejado y todos mis esfuerzos eran vanos. Cuando ya era tarde y yo me quedé aquí, varado en este arrecife de nostalgias, encallado en el mar insondable de la vida.
¿Por qué toda esta confesión? Sólo intento exorcizar mis demonios, reparar con palabras un vacío que no sé como llenar. Recoger cada uno de los diminutos trozos en los que ha estallado mi existencia, de este torpe guiñapo de cristal templado que jugaba a que la vida pasara sin dañarle y hoy baña de húmedos cristales el enorme espacio de su ausencia. En cada uno de ellos veo reflejada una figura grotesca de mí tal cual si fueran espejos del callejón de gato. Quiero creer que su recomposición me devolverá la imagen de aquel yo en el que ella creía sin fisuras.



miércoles, 11 de marzo de 2015

EL TESORO DE PITU





POR QUÉ UN CUENTO INFANTIL

Lo pequeño a menudo encierra un tesoro. Este es el pequeño (gran) mensaje del cuento y esto es lo que, si se cuida, puede encerrar la literatura infantil. “El tesoro de Pitu” es un cuento para los más pequeños, para los pre-lectores o primeros lectores. Es un libro que en cantidad tiene poco texto y mucha ilustración. Así ha de ser. Lo contrario sería contranatura.
¿Pero por qué un cuento infantil y en concreto uno tan pequeño?
En primer lugar por Mercedes, mi eterna estimuladora, mi eterna conseguidora. La vida en pareja  nunca es siempre un camino de rosas, pero, ¿sería yo quien soy sin ella?¿habría andado los mismos caminos y obtenidos los mismos frutos? Es evidente que no, quizás me hubiera visto arropado por la pereza y envuelto con el frío de la soledad. Sé el Jesús que encierro y el que soy y por qué y por quién lo soy. Es ella la que echó en falta en la colección Calipso algún libro para los más pequeños, es ella la que me insistió a que me pusiera manos a la obra e hiciera una propuesta. Es ella hoy la que está detrás de mi y hablando a través de mí

En segundo lugar por la defensa de la lectura. Resalto que hablo de lectores aunque todavía no sepan leer. La lectura es un proceso que comienza desde el nacimiento, antes me atrevería a decir, que comienza con la palabra. Poseer la palabra es poseer la vida, ser, de alguna manera dioses capaces de poner nombre a las cosas. Ofrecerles esa palabra es ofrecerles su música, su ritmo, su magia, el poder de su sonido antes incluso de que descubran su sentido. Es el juego, la emoción con los que se van a adentrar con confianza en el bosque de las palabras, que les van a guiar en el laberinto de la vida, pasar del dominio de lo concreto al dominio de lo abstracto, de la palabra hablada a la escrita, de la lectura a la escritura, de la voz ajena a la propia, de la dependencia a la independencia de la que nunca le podrán apear en la medida en que posea esa palabra. Al principio fue el verbo, la palabra y sobre ella el hombre fue escalando los peldaños en los que fue creciendo. Y la palabra se hizo libro.

Y el libro se hizo cuento y no hay cuento si no se cuenta. El contar no es algo mecánico, no es esa mecánica la que me ha movido a ello, son las emociones que suponen, todas aquellas que me vienen a la memoria. Quizás sea el intento de rescate de estas lo que verdaderamente me ha traído hasta aquí. El cuerpo de alguno de mis hijos apoyado sobre el mío, sus manos sobre mi espalda o sobre mis piernas, su cabeza adelantada sobre mí como dispuesta a zambullirse en el libro, la memoria festiva que empieza a ocupar su lugar a la hora de recordarlo, leyendo sin saber leer, el pequeño teatro en que se convierte el dormitorio y que me permite vivir a lo pequeño pero profundo el juego de la voz, la inflexión, el susurro, el grito, el silencio, la carcajada, el llanto, el miedo, el amor. Y con el libro abrir la puerta al ritual de cada noche, el llanto del elefante y el lagarto convertido en un juego sonoro, la máquina cosquillera, mi mano convertida en el peluche que atrapa mi hijo y con el que desea dormir, el ritual de cada noche que me lleva a la cama con una sonrisa dibujada en mí por dentro y por fuera. Es esa necesidad que quedó anidando en mí la que seguramente me ha llevado a recuperar esta pequeña fiesta de la palabra.
Me es imposible separar la palabra de todos esos recuerdos, de esos rostros, de la sonrisa y del llanto, de la alegría y la tristeza. La palabra se hace cuerpo y acontecimiento y se resiste a quedar atrapada entre cuatro paredes. Me lleva al recuerdo de mis tiempos escolares en los que he de reconocer que el currículum siempre fue un corsé en el que me sentí incómodo, fundamentalmente quería contar y que me contaran, y son los rostros asociados a ello los que hoy me vienen a la memoria, y con los rostros los nombres y con los nombres su voz y sus miradas, las emociones que quedaron en mí, todo aquello con los que los guardo en mí, la materia prima de los cuentos.

SU MENSAJE

No concibo un relato desgajado de lo esencial del ser humano, incluso uno tan escaso en palabras como este. Nos pasamos la vida buscando el tesoro y en ese pasar pasa la vida y pasa el tesoro buscado. Salvador Pániker habla de dos momentos en la vida, un primero en el que la persona busca irse cargando de ego, un espacio propio, un peso específico; el tesoro es poseer, nombre y riqueza, tamaño y cantidad. La segunda mitad de la vida es, sin embargo, el momento de irse desprendiendo de ese ego, de tomar conciencia de la finitud del ser humano, de su pequeñez, para que, en palabras de Antonio Machado
…cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
Esa desnudez es el tesoro, así lo creo, el tesoro no cargamos con él, no es el fardo que nos limita el movimiento y que nos impedirá, llegado el caso, poder levantar el vuelo.
Es lógico que en los años de juventud el tesoro lo situemos en el oropel que nos adorna, en el título que nos engrandece o el poder que nos hace creer superiores. Yo también anduve en esas fantasías. ¿Quién no ha tenido esos sueños de juventud? Sueños que al menor descuido se tornan pesadillas. Pero la vida me ha ido cambiando ese tesoro, reduciéndolo de tamaño, creo yo que dejándolo en la esencia. Lo busqué fuera de mí y se encontraba dentro, creía que me deslumbraría la vista cuando lo viera y resulta que tenía que mirar hacia mi interior, debí cambiar de lentes para poder ajustar la mirada. Desde la atalaya en la que me encuentro he ido viendo como se marchaba el gran hombre que creía podría ser pero lo vi exiguo y desamparado cuando se iba, como el brillo que me cegaba los ojos cuando abría el cofre no era sino bisutería que únicamente lo volvía pesado pues no valía nada, un cofre que podía abrazar como “mi tesoro” pero que arrastraba allá por donde iba.
¿Qué encierra ahora ese cofre? El aire de un abrazo que te envuelve y acompaña, el aroma de un beso que te invita a degustar la vida, la vida que perdiste y que renace en tus hijos, los nombres propios que se repiten en ti una y otra vez. El cariño regalado porque sí que no sabes como pagarás, los te quieros que te sorprenden, las palabras que te arroban, el regalo que te llega sin obligación alguna y que más allá de la preciosa materia que supone me viene a decir que esa persona pensó en mí cuando se encontraba lejos, cuando nada ni nadie se lo pedía esa persona pensó en mí. La tranquilidad de no estar en la carrera, la libertad de no ser nadie para poder llegar a ser alguien, la alegría de vuestra compañía, la imagen de mí que tenéis algunos y que me embellece quizás inmerecidamente.
Si tuviera que adivinar como Quique lo que contiene mi cofre hoy iría sin dudarlo a lo cercano, a lo pequeño, erradicaría de mi pensamiento la grandeza que hace años soñé y que hoy es quincalla para mí. Pitu encerraría allí, mi último paseo, el último baño, sueños que me hacen ser. Os encerraría a vosotros, aquellos sin los que mi vida carece de sentido.
También una obra aparentemente menor puede tener su moraleja:
El tesoro más grande a menudo se encuentra en lo más pequeño.
El tesoro de más valor no tiene precio.
El tesoro que más anhelamos se encuentra dentro de nosotros.

REPRESENTATIVO DE UNA VIDA

Puede ser representativo de ellas y de la evolución de mi vida el hecho de que después de pasarme media vida escuchando el sermoneo de que publique por fin lo haga con un cuento para los más pequeños, tan corto en palabras y tan grande en ilustraciones que además no son mías. Es así la vida, un círculo que se va cerrando, un camino en el que después de cargarte de egos en su primera parte afrontas una segunda de descenso hacia el final de la marcha, desprendiéndote de muchos de esos egos. La descarga que te hace ligero, las decisiones que te liberan de lastre,  el bulto sin el que vuelves a ser tú, sencillamente tú, el que eras en tus primeros años antes de participar en la farsa en la que hemos detestado el papel que nos han adjudicado y que nosotros, no obstante, hemos representado, cuando como Pitu y Quique nos podíamos permitir sencillamente jugar y soñar… casi desnudos, como los hijos de la mar.



domingo, 1 de marzo de 2015

LA DERROTA Y EL DERROTADO





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La vida es asumir las derrotas en la medida en que esta forma parte inevitable de ellas. Asumir y aceptar la derrota y a los derrotados. En una sociedad en la que parece solo valorarse el triunfo y a los ganadores, quizás merezca la pena detenerse un poco a valorar la derrota. Perder la capacidad de desplazarse, la de moverse, la de poder hablar, la de comunicarse, la de pensar, la de decidir, es una derrota del cuerpo, es inútil engañarse, y no engañarse hace posible llegar a saber que estas derrotas (como todas) forman parte del incesante fluir de la vida y lo son insustituible de su celebración. Que la derrota no hará extinguirse lo ya vivido ni hará que concluya el reto permanente de la vida; solo adquirirá nuevas formas.

En la derrota no sólo permanece la belleza, sino que se acrecienta. Reivindico la belleza de los derrotados. Frente a la estética pulquérrima y de cánones perfectos, reivindico la belleza de la “anormalidad”, de lo que no se quiere ver, de aquello con lo que no se quiere convivir. Frente al exultante e insultante atractivo del vencedor, reivindico la belleza rota del castigado, de su palpitante dolor lleno de vida, de su triste mirada repleta de emoción.

Reivindico la dignidad que toda derrota hace posible, no el camaleónico engaño del que nunca pierde, ni el del sórdido tránsfuga que huye de ella, la dignidad del que una vez más se sabe golpeado y aún así se mantiene erguido aunque haya sido derribado por los suelos, la de quien es maltratado una y otra vez y aún así mantiene su mirada limpia sin dejarse envenenar por la amargura. La dignidad de los derrotados que pueblan la Tierra y construyen su futuro, cada fracaso nos ofrece la oportunidad de su cercanía, de formar parte de ellos.

Es la derrota la que me ha tocado en suerte, es la moneda que tengo en mi mano, basta detenerse un momento, y calmarse, para poder observar en ella su otra cara, que siempre está ahí esperando a ser descubierta, la cara de la victoria que a mí se me ofrece, la posibilidad de hacer de esa derrota una permanente apuesta por el mañana donde haya belleza, donde haya dignidad, donde haya humanidad, donde haya más vida que en todos los éxitos y glorias de quita y pon, artificiosos y trucados que nos empeñamos en seguir como norma de vida.


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