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sábado, 28 de noviembre de 2015

EL DESTINO

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Silvio Rodríguez, Monólogo
“Este chico va a ser Premio Nobel”. Es muy raro alguien que no sueñe despierto desde la misma infancia. La fama, el dinero, alguien que cambia el mundo, alguien que es repetidamente portada de los periódicos, alguien en oposición a nadie, un mero nombre, más aún, un ciudadano anónimo. Ese debía ser mi destino, la gloria alcanzada con el triunfo. ¿Quién sueña con ser un derrotado? ¿Quién se recrea en el fracaso? ¿Quién piensa en el sufrimiento formando parte de su vida? Cuando uno es joven el dolor no cabe en el futuro soñado, sólo con el éxito y el placer forjamos ese sueño.

Pero el tiempo pasa y nos vamos haciendo viejos, el cielo se va ensombreciendo y las ilusiones se van empequeñeciendo, el destino pasa de largo, alejándose y dejando en nosotros el ropaje vulgar que nos acompañará el resto de la vida. Nuestros sueños se vuelven toscos, groseros, muy lejos de esa majestuosidad con la que anteriormente los recubríamos. Pero el vulgo puede dejar de ser chusma y uno irse encontrando cómodo en él, el destino es ser uno más.

Y aquí estoy, en esta silla ruedas, eterna compañera, cuando todos esos sueños se tornaron imposibles, el paso del tiempo hay impedido ya avanzar hacia ellos y cuando el cuerpo parece volverse enemigo, esas piernas que se niegan a moverse, esos brazos cuya pérdida de músculo desearía arrastrar también al músculo vital incapaz de posar una mirada esperanzadora en la vida, esas manos que no reconocen, que no toman posesión alguna de lo que me rodea, esa piel que duerme, esa vejiga que traiciona, ese cerebro que olvida, ese cuerpo, en fin, que en la medida que me abandona se hace mas presente en mi vida. Cuando la vida parece ya no tener destino, andar alocada hacia un final pesaroso, cuando el único sentido parece que es morir uno puede descubrir el destino para el que pudo nacer, aquello que al final, ese largo final, puede explicar la razón por la que estás aquí, lejos, muy lejos, de las celebraciones fastuosas y de los oropeles, de los ruidos y los vítores; entonces entiendes que aquello a lo que estabas destinado no es sino esto, estar enfermo y hacerlo bien, este ha de ser tu testimonio, este es el papel que has de representar, para eso naciste, ser un buen enfermo, y a ser posible, un estupendo enfermo.

ACLARACIONES AL “BUEN ENFERMO”

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Pablo Milanés y Mercedes Sosa,  Años

martes, 24 de noviembre de 2015

ALÁ ES GRANDE



“¡Alá es grande!” exclama repleto de testosterona el guerrero antes de utilizar a quemarropa el Kaláshnikov o de inmolarse con un cinturón de explosivos creyendo que ese gran Alá le protege o le reserva una eterna dicha en el paraíso. Da igual el sustantivo que le apliquemos, ya sea Alá, Dios o Yahveh, da igual el nombre siempre que esté sustentado por alguna religión, en todo caso estará configurado por el antropomorfismo: la imagen de un ser humano anciano, venerable, algún atributo que le mantenga unido inevitablemente a esa imagen, grande, omnipotente, omnisciente, bueno, creador… Seguramente es inevitable anclar nuestro pensamiento en algún atributo o imagen que nos permita dar forma a esa abstracción, siempre es mucho más sencillo un pensamiento concreto que uno abstracto, descender del segundo al primero en la medida en que para hablar de ello sólo podemos utilizar nuestro lenguaje, aquel que hemos ideado y que sólo puede hacer referencia a nuestros objetos, nuestras experiencias o nuestra realidad. Un pensamiento abstracto que para ser expresado necesita un lenguaje que podamos conectar con algún aspecto de nuestra realidad, un lenguaje completamente abstracto no nos expresa nada y para nada nos sirve pues es completamente ininteligible. Algo completamente ininteligible para nosotros como puede ser el concepto Dios sólo podemos expresarlo mediante términos lingüísticos inteligibles, el problema es que en ese salto nos podemos quedar en la limitación del significante. La relación entre el significante (la palabra Dios) y el significado (el concepto) es completamente arbitraria, para otorgarle sentido es necesario definir ese concepto, algo que solo podemos hacer mediante la utilización de otros significantes que nos ayuden a concretar cada vez más esa abstracción a la que llamamos Dios para poderla entender. El problema es que un concepto supuestamente infinito, sin un referente concreto, queda atrapado en los límites de los significantes que lo definen. Esta limitación funciona del mismo modo tanto en un creyente como en un ateo, en la afirmación y en la negación se afirma y se niega el mismo significado, ni en un caso ni en otro se plantea la posibilidad de variar los significantes que lo definen, incluso la negación es tajante sin dar la oportunidad de mantener un significante variando su significado, es por ello que una discusión manteniendo ese significante pero variando el significado se hace completamente imposible ya que esta posibilidad es inconcebible, verdadero problema para aquel que sin afirmar y sin negar el término cuestiona los significantes que lo definen y se encuentra interesado en reflexionar sobre él.
Lo problemático es que las características del concepto lo convierten en algo auténticamente acomodaticio incluso dentro del conflicto. Dios nos determina qué  es lo que hay que hacer pues lo dicta, nos otorga la seguridad de una vida sin preguntas pues ya nos ha dado las respuestas, nos encauza en una vida de sumisión no ya ante la palabra de Dios sino ante la de quien habla en su nombre pues es este y no nosotros quien está autorizado a interpretarla. Su poder nos da autoridad, su conocimiento nos da certeza, su incuestionable justicia y bondad nos otorga una moral cuya validez no radica en a quien beneficia (el hombre, la vida) sino en donde está su origen (Dios y lo sobrenatural) de tal manera que no importa las vidas que se sacrifiquen si es en cumplimiento de la palabra de Dios o de Alá, incluso la propia vida pues este acto siempre será recompensado.

Juguemos a creer que pensamos y qué aquello que pensamos se ajusta a la realidad como si hablar de realidad no fuese un disparate en este caso, como si hablar de Dios fuera posible sin estar convencido de que uno está equivocado. El error es inevitable y aún así uno se empeña en transitar por él como si por definición no nos sobrepasara y todo aquello que creemos a nuestro alcance es por ello un sinsentido, simplemente decir que Dios existe es un contrasentido porque es encerrar entre las cuatro paredes que permiten nuestra comprensión aquello que es imposible llegar a comprender en la medida en que es un horizonte absolutamente inalcanzable porque al pretender que hemos llegado siempre nos  está abriendo uno nuevo. Pero aún así, aceptemos la necesidad de Dios, de un absoluto que nos genera sentido, de un fin que nos hace caminar y por dónde caminar, de aquello que establece conexiones entre cada punto de nuestra realidad, de aquello que da lo mismo como lo llamemos y que da lo mismo si lo afirmamos o lo negamos en la medida en que aquello que podemos afirmar de hecho por ese mismo motivo sólo podemos negarlo y aquello que si está a nuestro alcance negarlo por eso mismo se abre una posibilidad de afirmación. Es la necesidad que tenemos dentro de nosotros de algo que nos desborda, aceptemos qué lo que estamos definiendo no es a ese Dios sino nuestra necesidad de ello, que nos estamos definiendo a nosotros mismos.    

Pero arriesguémonos, pensemos en un Dios que nos necesita a nosotros, que depende de nosotros, que se encuentra en nuestras manos ayudarle o abandonarle; un Dios mudo que nada nos dice y que es al contemplarlo cuando surge en nosotros la pregunta de qué hacer; un Dios que nos ignora, que puede desconocer incluso nuestra existencia, ante el que nos encontramos en completa libertad, una libertad que nos incomoda y ante la que la única certeza es el error y con la que no nos podemos escudar en nada, nosotros somos los responsables de todo lo que hacemos. Un Dios que está ahí, en silencio, en quietud, que nos rodea y nos incluye y ante el que podemos sentirnos su señor. Un dios cuya mayúscula es la constatación de esa continua minúscula. Es dios, dios, dios, dios en todo aquello que existe; en aquello solo y en todo a la vez. Un Dios al que da lo mismo como nombrarlo, que es nuestro inicio y nuestro final, nuestro exterior y nuestro interior, al que no necesitamos para vivir y que siempre está en nosotros alimentándonos.
¡Alá es grande! ¡Dios es grande! ¡Yahveh es grande! Es esa barbaridad que cometes en nombre de una grandeza que pretendes te exima del pecado de lo que haces la que te vuelve nadie, ridículo, patético, monstruoso, loco. Eres tú el qué serás grande o pequeño en función de lo que hagas, de cómo cuides a ese Dios que te rodea y te necesita y que no es nadie sin ti.

viernes, 20 de noviembre de 2015

SAN MANUEL BUENO, MÁRTIR


http://www.ciudadseva.com/textos/novela/esp/unamuno/san_manuel_bueno_martir.htm

 
Uno de los libros que ha forjado mi manera de pensar es San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno. Versa sobre el carácter intolerable de la verdad, o de lo que uno cree que es la verdad, para mucha gente y de cómo uno no debe cuestionar esta cosmovisión si quiere mantener la felicidad, la unanimidad de sentido, de esas personas. En una sociedad en la cual parece predominar el discurso sobre el ser, aunque ese discurso sea contradictorio con la práctica de la persona, uno no puede resquebrajar la manera de explicar la vida si esta otorga felicidad y equilibrio al otro, especialmente si ese otro podemos decir que nos muestra un testimonio de vida que a nosotros, por lo menos, nos da ejemplo y nos abre interrogantes.

La palabra explica pero también engaña, es una referencia pero no es suficiente para dar identidad, su dominio es la riqueza de unos pocos pero nunca puede bastar para subordinarnos a ellos. El discurso es aplaudido, coreado, por la masa y a menudo parece bastar para establecer la ejemplaridad pública del sujeto que lo pronuncia, no es necesario, incluso parece inadecuado, hurgar en la vida privada de ese sujeto. Mientras el discurso sea exquisito y válido para los intereses del grupo cada uno puede hacer con esa vida privada lo que quiera, el problema puede surgir cuando esa privacidad termina haciéndose pública y aparecen cuestiones que pueden perjudicar al grupo.

Y viceversa, a veces basta que el discurso no sea compartido para cebarnos en ello e intentar desmontarlo aunque difícilmente podamos achacar defecto alguno a esa persona. ¿Quién soy yo para cuestionar esa manera de explicarse la vida si le otorga sentido? Vivimos en una sociedad en la que el discurso es la capa de aceite que flota en el agua y que no termina de mezclarse con ella, es la grasa que flota sobre un líquido con el que nunca formará una mezcla, dando igual el tipo de grasa y el tipo de líquido que utilicemos. El discurso nos sirve, fundamentalmente, para sentirnos formando parte de un grupo y, por lo tanto, para sentirnos enfrentados a otro, dando igual la práctica vital que se tenga pues esta ni nos agregará ni nos expulsará de grupo alguno. Un discurso determinado no conlleva en la realidad una manera de vivir y, a menudo, aunque nos parezca sorprendente, una manera de vivir no siempre lleva consigo una determinada manera de pensar.

Lamentablemente en esta sociedad el discurso es más valorado que la práctica vital y esto no deja de encerrar una cierta visión clasista de la vida. El dominio del discurso se encuentra, fundamentalmente, en manos de la persona letrada, con estudios; poner el acento en el cambio de ese discurso frente al cambio de la práctica es mantener el ejercicio de esa visión clasista que a la vez encierra una importante trampa, la de apostar por lo fácil que no pone en cuestión nada de lo importante en la vida y que, en buena medida, cambia poco o nada manteniendo lo fundamental en ella. La persona con estudios, en esta sociedad, tiene mucho que enseñar y poco que aprender de aquellas humildes que no han avanzado en esos estudios, mientras que estas parece que tienen poco que enseñar y mucho que aprender. Aquello de lo que se pueda obtener una credencial a relacionar en el currículum resulta importante pero de nada sirve poder hacer referencia en este al hecho de ser buena persona, de tener empatía, ternura, caridad o, incluso, inocencia. Pienso que es importante saber decir, cuando es necesario, como Don Manuel: “Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerles felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían”. Se trata de poder decir con franqueza, "yo no soy nadie ante este derroche de humanidad y algunas palabras sobran".

martes, 17 de noviembre de 2015

LA GUERRA



Es verdad, estamos en guerra, sí, y nuestro territorio también forma parte del frente. Estamos en guerra, sí, y nosotros participamos en la batalla. Estamos en guerra, sí, pero esta es muy diferente a como la imaginamos, una guerra que va mucho más allá de un frente bélico y es por eso por lo que resulta mucho más complicada.

Es una guerra contra el fundamentalismo, pero no solamente contra uno en concreto, es una guerra contra todo fundamentalismo, también aquel que anida en nosotros cuando anteponemos nuestros dogmas o ideas a las personas. Una guerra contra el fanatismo que sataniza al otro cuando no piensa como nosotros.

Es una guerra contra el simplismo que identifica al enemigo como el que vive más allá de una línea fronteriza, como todo el que profesa una religión o participa de una ideología. Es una guerra que hoy señala a todo musulmán como aquel que representa una amenaza para nosotros cuando ellos son la primera víctima de aquellos que también son nuestra amenaza.

Es una guerra contra el victimismo, contra la necesidad de un enemigo para sentirnos cohesionados y justificar nuestras carencias y debilidades, cuando es el adversario en que nos otorga entidad y no nuestro ser en sí, el oponente el que nos hace grupo en la medida en que lo vamos llenando de defectos y es este demonizar al otro lo único que nos llena a nosotros de virtudes, supuestas virtudes.

Es una guerra contra la credulidad que tiene fe a toda palabra que salga de nuestro "imán" particular, de aquel a quien hemos otorgado autoridad sobre nosotros, en quien confiamos diga lo que diga aunque sea la promesa de un paraíso lleno de vírgenes o de una tierra convertida en un infierno.

Es una guerra contra el miedo, aquel que nos encierra en casa, aquel que nos prohibe la música, aquel que nos va cercenando nuestra poesía hasta suprimirla del todo, aquel que nos hace mirar a todos lados y convertir en sospechosa toda persona que se nos cruce y temerosa cualquier palabra que se nos dirija.

Es una guerra contra todo desprecio a la vida, contra todo “viva la muerte”, contra toda justificación de víctimas colaterales, contra todo sacrificio de inocentes. Esta guerra nunca se ganará con más muertes, con una estadística mortal que convierta al ganador en un cadáver andante.

Es una guerra que hay que librar también contra nosotros mismos porque nosotros también podemos ser nuestro enemigo.
Imagen de la fotógrafa holandesa Jo Hedwig Teeuwisse

viernes, 13 de noviembre de 2015

Pásalo: abstente al Senado



 
Por qué el Senado. La Cámara alta es uno de los principales focos de crítica a la hora de recortar parte del derroche económico que padecemos, y lo es porque se trata de un órgano completamente inútil. Según recoge el artículo 90 de la Constitución española, para la elaboración de una ley orgánica el Senado “puede, mediante mensaje motivado, oponer su veto o introducir enmiendas” al texto que haya sido enviado por el Congreso. Pero “el proyecto no podrá ser sometido al Rey para sanción sin que el Congreso ratifique por mayoría absoluta, en caso de veto, el texto inicial, o por mayoría simple, una vez transcurridos dos meses desde la interposición del mismo, o se pronuncie sobre las enmiendas, aceptándolas o no por mayoría simple”. Es decir, poseer una mayoría parlamentaria en el Senado no supone en la práctica poder alguno ya que, en última instancia, es el Congreso el que inicia y última cada ley, ratificando o no lo que apruebe el Senado. El control del parlamento reside en el control del Congreso. Para un órgano de segunda lectura que corrija fundamentalmente errores técnicos no es necesario tamaño engendro.
En la práctica el Senado se trata únicamente del lugar a donde llevan a morir los elefantes. Supone un reconocimiento que los aparatos de los partidos dan a aquéllos políticos y políticas fieles que ya no son estrictamente necesarios. Un cargo más bien honorífico que puede calmar el mono de la acción política y que, al mismo tiempo, está muy bien remunerado. Su inutilidad hace perfectamente compatible el voto en el Congreso al partido que se prefiera y la abstención en el Senado.
El ahorro que supondría su desaparición sería un elemento importante a la hora de realizar ajustes económicos que evitaría tocar otras instituciones o sectores infinitamente más necesarios.
Por qué ahora. La situación política y social de nuestro país ha puesto sobre la mesa la necesidad de reformar la Constitución. Para suprimir o reformar en profundidad el Senado es necesario reformar la Constitución. En estos momentos, se desee o no, ésta ha de ser abierta en canal y reformados muchos de sus puntos principales. No se puede desaprovechar la ocasión.
Por qué abstención. Circula por Internet y a través del móvil un escrito en el que se promueve el voto en blanco pero en una dimensión disparatada pues aspira a que el Senado no reciba voto válido alguno y quede la cámara vacía. No merece más atención una propuesta tan irracional.
El voto nulo se considera como "voto emitido no válido" y no cuenta para realizar el reparto de escaños, por lo que no benefician ni perjudican a nadie. Se considera un voto ”gamberro” que no pone en cuestión la institución en sí sino a los políticos aspirantes a ocuparla.
El voto en blanco se considera voto válido y por lo tanto cuenta para el reparto de escaños. De perjudicar lo haría a los partidos pequeños que estén en el límite del 3% necesario para entrar en el reparto de escaños. transmite la idea de que la persona está de acuerdo con el sistema electoral y con la institución en sí pero "no le satisface ninguna opción".
La abstención tiene un significado más difuso, pero no lo tiene cuando únicamente nos encontramos ante una abstención para una sola de las cámaras. Es decir, cuando hay voto válido para el Congreso pero no lo hay para el Senado, sino que hay abstención, el significado está claro: un rechazo a la institución en sí independientemente de las personas que aspiren a ocuparla.
En las elecciones del año 2011 hubo 11.113.050 abstenciones al Congreso, lo que supuso un 31, 06%, por 11.295.819 para el Senado, es decir, un 31, 57%. Hubo 182.769 personas que se abstuvieron exclusivamente en el Senado. Yo doy fe de que esto posible puesto que lo he realizado. Se cuestiona el Senado no sus posibles integrantes, y el cuestionamiento es mayor en la medida en que el número de personas que se abstienen es mayor. Esta posibilidad debería ser la propugnada por todas aquellas formaciones políticas que desean la reforma constitucional y en especial la de este órgano y no tienen grandes expectativas de lograr suficientes votos para tener senadores.
Sí es posible la perplejidad de los integrantes de la mesa electoral en la medida en que este no ha sido un acto corriente, pero esa perplejidad no nos puede privar derecho a ejecutar esa acción. La ley electoral y la Constitución nos asisten.
Como he dicho un alto número de abstenciones en la cámara alta reflejaría un rechazo masivo por parte de la ciudadanía que debería ser escuchado por parte de los políticos; en cualquier caso, la decisión de abstenerse refleja un planteamiento personal que no tiene por qué estar sujeto a cálculos posibilistas que en este caso son innecesarios.
Por lo tanto, pásalo y que esa abstención sea lo mayor posible.

martes, 10 de noviembre de 2015

SONRISAS DE COLORES



JoséLuis Gutiérrez Muñoz, es profesor de escultura en la facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Director del grupo de investigación "Arte al Servicio de la Sociedad" a través del cual desarrolla diversos proyectos de cooperación al desarrollo en orfanatos de India, “Color en Matruchaya” que ya va por su 12ª edición, y Nepal, “Color en Bal Mandir” que va por la 10ª; allí acude anualmente, junto con alumnado suyo, donde desarrolla diferentes actividades de carácter artístico con los niños y niñas que allí viven, muchos de ellos con alguna discapacidad.  También es necesario decir que tiene esclerosis múltiple en una fase bastante avanzada que le impide utilizar las manos de forma natural y le obliga a desplazarse en silla de ruedas.


Hace más de un año organizamos una doble exposición fotográfica, por un lado “Under Pressure”, un proyecto que recoge la situación de la esclerosis múltiple en doce países europeos, y por otro “Sonrisas de colores”, una relación fotográfica que recoge la experiencia llévala a cabo en los orfanatos citados. El terremoto del año pasado en Nepal se llevó por delante buena parte del orfanato nepalí y obligó a realojar a los niños y niñas que en él residían lo que no ha impedido que José Luis se encuentre de nuevo allí armado de nuevas iniciativas. La exposición la abrimos a la posibilidad de que diferentes centros educativos acudieran a ella ofreciéndoles una visita guiada por la misma. En primer lugar recorríamos la exposición europea, más dura, para terminar con la experiencia asiática de José Luis, de colores más vivos y esperanzadora. Finalizado el recorrido yo siempre hacía una pregunta al alumnado que allí se encontraba presente, era la siguiente: visto lo visto, ¿quién es el verdadero discapacitado?.


En el primer recorrido nos encontrábamos con personas en sillas de ruedas, acostadas, tumbadas en un sofá, dándoles de comer, realizando fisioterapia y otra serie de instantáneas que recogían a hombres y mujeres claramente dependientes, mientras que en el segundo se veían únicamente niños y niñas casi siempre sonriendo, no aparecía ningún adulto con las limitaciones anteriores puesto que en ese caso un adulto así era el que se encontraba detrás de la cámara. El concepto de capacidad y discapacidad puede ser muy amplio aunque siempre que lo oigamos nos viene a la cabeza una limitación física o psíquica. La pregunta que nos podemos hacer es donde reside la capacidad para llevar a cabo experiencias como las de José Luis, seguramente podríamos responder que ésta sólo se encuentra en manos de aquellos que físicamente están en condiciones de realizar un esfuerzo tal por el que sean capaces de desplazarse allá y de desempeñar todas las funciones y esfuerzos necesarios para ello, agrandados estos al considerar la realidad social de esos países. Pero la experiencia recogida en esa posición no viene sino a desmentirnos. Sonrisas de colores es ideada, gestada y desarrollada por una persona claramente “discapacitada. ¿En donde reside pues la dis-capacidad? ¿Cómo es posible que una persona con tales limitaciones sea capaz de llevar a cabo una experiencia así? Estamos en una sociedad repleta de discapacitados… morales, lo que de verdad nos impide hacer algo por los demás no es una limitación física sino esa limitación moral, es el egoísmo, el miedo, la comodidad. Hay personas capaces de pasar desapercibidas como una persona “normal” pero incapaces de hacer nada por los demás que suponga un mínimo sacrificio, incapaces a la vez de descubrir el placer de dar, mientras que hay otras capaces de sacar lo mejor de sí cuando la vida parece torcerse, mientras que las anteriores llegado ese momento se esconden, éstas parecen resurgir y reinventarse y reinventar distintas posibilidades. José Luis es una de ellas, a la que si miramos con sinceridad no puede sino poner en evidencia nuestras falsas excusas y nuestros tristes disfraces.

Foto propiedad de José Luis Gutiérrez.


lunes, 9 de noviembre de 2015

MORIR Y RENACER




Para renacer es necesaria una muerte previa, pero puede haber muerte sin renacimiento. No me refiero a la muerte biológica, a la que todos llegaremos algún día, me refiero a los grandes episodios de dolor a los que muchos nos enfrentamos, a esos momentos que suponen un frenazo en nuestra vida, que la ponen patas arriba, en los que se desmorona no sólo nuestro presente sino también ese futuro que fuimos construyendo. Me refiero al dolor físico y al psicológico, incluso, como consecuencia de ellos, al dolor moral, a esa herida que se abre en nosotros y que supone un abismo al que da terror asomarse. Bueno, pues tras esa muerte es posible renacer, llegar a ser un hombre nuevo, tras haber mirado a la muerte de frente es posible perderle el miedo y descubrir que nada nos llevaremos a ella, que todo lo que acumulamos luego después será un peso que sólo logrará hundir la barca de Caronte y que el tiempo al que a ello hemos destinado será un tiempo desperdiciado. Es posible sobrevivir tras esa muerte y despertar en nuevos amaneceres, elaborar nuevos sueños más pequeños y tímidos pero que nos permitirán sonreír de nuevo, transitar nuevos caminos más cortos pero más entrañables, más sombríos a veces pero en los que respiraremos con más profundidad y en los que nuestra mirada no estará vacía sino que despertará vibraciones hasta entonces desconocidas y nos hará repensar toda nuestra vida.

Sí, hay un importante peligro, construirnos la gran burbuja en la que habitar en solitario, pensar que nuestro dolor es todo el dolor del mundo, valorar que no hay cuestión prioritaria más allá de nuestra salvación, pensar que ese caparazón que nos separe mitigará nuestro sufrimiento, que ya no hay más vida que esa muerte lenta y tenebrosa a la que parecemos condenados y que todo lo demás ha dejado de tener importancia. Pero el dolor sigue más allá de nuestra ventana y nuestras paredes y a menudo es mucho mayor. Levanto los ojos y veo el tormento al que personas queridas se ven sometidas, no hablo de un dato estadístico, sino de una realidad corpórea, conocida, con nombres y apellidos a los que pongo cara, de un daño que puede ser no tan llamativo como el mío pero más insidioso, ese lento gotear de una tortura que te deja vencido, desarmado. Hablo de unas penas ante las que me siento impotente, de unas muertes que son también las mías y con las que, si quiero renacer, he de cargar, de alguna manera, con ellas. No hay mañanas idílicas en las que nunca habrá nubes que las ensombrezcan, ni despertares siempre con el sonido de un arpa. No hay renacer sin muerte en un diálogo constante en el que la segunda no tiene fin porque no ha de tenerlo el primero. Este es quizá el objeto de nuestra vida, saber aprovechar cada muerte para enderezar nuestro camino y saber aprovechar cada renacer de los otros para hacerlo nuestro. Morir sí, pero para después vivir.








miércoles, 4 de noviembre de 2015

BENDITA SEA TU PUREZA


 
El cuerpo se hace presente en la medida en la que va desapareciendo. Mientras anda, come, respira, digiere, eyacula, y realiza todas las funciones que se le suponen, a menudo pasa desapercibido para nosotros, transcurre el tiempo y no nos detenemos a pensar en él, no se posa en él nuestra mirada. Sin embargo, desde el momento en el que su maquinaria comienza a fallar para irse deteniendo poco a poco es cuando realmente hace acto de presencia y nos ocupa nuestra atención la mayor parte del tiempo de nuestra vigilia y se convierte en el principal motivo de nuestras pesadillas.
Cuando llega un momento así se siente uno indefenso, a merced del otro. De nuevo vuelve uno a ser el niño aquel que se dejaba hacer para que fuera tu madre la que llevara la iniciativa, la que te desnudaba, lavaba y vestía mientras te recitaba “bendita sea tu pureza y eternamente lo sea pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza”. Ya no hay pureza, ya no hay belleza, el cuerpo se encuentra ajado, ha habido un deterioro rápido que lo ha vuelto mustio, triste, deslucido, marchito. Uno en la madurez recupera sensaciones y emociones de esa infancia y entonces junto a esa decadencia es capaz de incorporar recuerdos placenteros y disfrutar de ellos en este presente.
Siento como después de ducharme me arropan cuidadosamente con la toalla para que no coja frío y me viene a la memoria aquel niño pequeño en el cuarto de baño de su casa, feliz viendo pasar el tiempo sin más. Noto el masajear de unas manos sobre mi espalda extendiendo la crema para evitar que mi piel se estropee. Desnudo me encuentro en esas manos sintiendo que la vida ha dado un giro y que yo, ahora, soy niño y abuelo a la vez, soy padre e hijo, vida y muerte, alfa y omega. En un bosque de tristezas gozo de esos momentos de luz y, por ello, me siento afortunado. Soy cuerpo limitado pero cuerpo querido, cuerpo que se aleja a la deriva hacia su final percibiendo a la vez como la vida continúa y ese seguir va en la misma piel que parece marchase. Voy dejando sueños a mi espalda para que alguien, si quiere, mañana me siga el rastro.

martes, 3 de noviembre de 2015

LAS PALABRAS


Cada vez tengo más dificultad en encontrar las palabras, a menudo sólo encuentro sus huellas, el rastro que dejaron algún día, pero no están allí, sólo la memoria sensitiva parece querer recordar el aroma que dejaron. Pero no están allí.

Tanteando en esa memoria a veces encuentro alguna de ellas y esto me permite avanzar lentamente entre la oscuridad, como pisando cuidadosamente cada una de las piedras dispuestas en la Laguna Estigia temeroso de caer en sus aguas y con un trago de ellas perder definitivamente mi voz. Es entonces, cuando al encontrar la primera, con frecuencia sola, yo, con una antorcha encendida voy siendo capaz de penetrar en ella y es cuando una palabra me lleva a otra, y esta segunda a una tercera y esta a otra, y así sucesivamente voy armando aquello que permanecía agazapado en mi interior. Solo cuando he podido parir aquello es cuando me veo y me reconozco, cuando adquiero una forma definida y puedo distinguir una naturaleza distinta dentro de esa amalgama en la que estamos inmersos.

Son las palabras las que nos unen y las que nos diferencian, los puentes que nos llevan hacia los demás, los instrumentos que nos permiten ser uno y todos a la vez, las que nos otorgan humanidad en la medida en que sean realmente nuestras, fruto de una intuición y de una búsqueda personal no el simple reflejo de un ser gregario. Las palabras nos hacen y nos deshacen, son las herramientas con las que podemos destruir nuestras carencias y construir un ser nuevo, sin ellas nada seríamos salvo una forma inanimada, insulsa y prescindible. Es por ello por lo que, cuando como ahora se me van escurriendo entre las grietas de mi memoria, merece mucho más la pena el esfuerzo por recuperarlas.


lunes, 2 de noviembre de 2015

LOS ELEGIDOS




Hace unos días remití mi anterior escrito “Estáis locosa Junts pel Sí y a la CUP. De los primeros recibí respuesta de los segundos ni está ni se le espera. La respuesta fue previsible tanto en su fondo como en su forma, aunque siempre es de agradecer. Esta fue:

Hola Jesús,

Lamentamos no compartir tu opinión. El 27-S escuchamos el clamor de la gente y ganó el Sí. Tenemos un mandato democrático que cumplir y es lo que estamos haciendo.

Saludos.



Hay dos momentos dentro de esta pequeña respuesta especialmente significativos, se tratan de “escuchamos el clamor” y “tenemos un mandato”, en un tono casi bíblico, la laberación del pueblo oprimido, la tierra prometida, la apertura de las aguas, esto se puede resumir en un, aparentemente, pequeño adjetivo, son los elegidos, pero que en este caso debería escribirse con mayúscula, Los Elegidos. Se encuentran iluminados por el foco que hacia ellos se proyecta y que les hará pasar a la historia. Ellos, pequeños mortales, se sienten los Iluminados. El Interrogante que se genera puede ir más allá de este caso. Cuando el foco se dirige hacia ti y su luz te deslumbra es imposible distinguir la realidad y confundirla con los destellos que ese haz de luz te provoca, tus propios fantasmas son los dueños de ti. Deslumbrado es imposible razonar pues te encuentras embriagado por el poder y la gloria en los que te bañas. Es el momento propicio para que todos aquellos minúsculos personajes que han venido alimentando odio y sinrazón encuentren su protagonismo. Es su desfile, mostrando orgullosos la bandera que los envuelve e identifica. 
Pero el hábito no hace al monje, al contrario, a menudo, únicamente le tapa, viene a cubrir sus limitaciones y vergüenzas. No es la indumentaria, por muy en camiseta o chaleco que uno se muestre, la que asegura el modo de pensar sino que es la estructura interna del ser, es decir, su estructura mental y su estructura moral. El disfraz sólo muestra la apariencia aunque muchos mediocres lo paseen con orgullo. Es la ocasión de identificar los riesgos que todos podemos correr y de alzar la voz contra ellos aunque, como a Casandra, la mayoría te tome por loco.