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viernes, 26 de febrero de 2016

CASI POEMAS (8)


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Qué decir cuando la mayor parte de las palabras resultan artificiosas, huecas,

cuando solo parecen simulacro, esconden nuestra porción de hipocresía.

Qué decir que no te manche más de lo que ya estás,

ruido,

voz sin más, carente de sentido, carente de corazón.

Qué decir si sientes que toda tu vida se haya construida sobre palabrería,

que razón exponer sin que suene a mera justificación.

Palabras, palabras, palabras huyendo en la noche,

corriendo un velo sobre mi rostro,

escondiendo lo que soy.

Palabras farsantes,

palabras huidizas escurriéndose entre las manos cuando intentas atraparlas.

¿Soy mi sombra o ese yo que parece generarla?

No hay oscuridad que me oculte,

los focos se encienden a mi paso poniéndola al descubierto.

Es cuando las palabras parecen carcajadas,

retumban en mi huida.

Un coro haciendo resonar en mi carrera las palabras que me comprometen.

***** 

Soy el que no soy, no soy el que soy,

es la infinitud del ser humano,

un big band encerrado en un ser finito.

Me reconoceré en la imagen de mí que Ellos proyectan

La complejidad de todo hombre imposible de ser abarcada

el engaño de quien tiene algo que ocultar.

jueves, 25 de febrero de 2016

LA COMUNICACIÓN



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Asisto perplejo al circo que nos rodea en el que cada figurante realiza su propio simulacro de comunicación y lo he de reconocer, cada vez me importa menos; estoy convencido de que los cambios significativos a los que yo podré asistir en el periodo que representa mi vida, una vida más, una vida normal y corriente, una edad media sin pretensión alguna de romper esa barrera, si existen, seguramente pasarán desapercibidos para mi pues serán una acumulación de cambios mínimos, casi insignificantes, siempre frustrantes y que sólo desde la distancia, a largo plazo, quizá adquieran enjundia. Es por eso que creo no me merece la pena mantener mi atención sobre ese ejercicio de mediocridad al que asistimos, a todos se le llena la boca con la palabra diálogo y comunicación y todos, en mayor o menor grado, pretenden guardar un as en la manga que seguramente sólo es un naipe viejo y trucado, gastado por muy usado y con el que todos parecen creer que podrán engañar al otro. No se si se trata de un pasotismo que me envuelve o es la edad y mis circunstancias que me lleva a reorganizar la jerarquía de valores a los que hoy debo prestar atención. En sólo tres días he asistido a tres ejemplos de la vida de a pie, la de cada día, que me han puesto de manifiesto la enorme dificultad que tenemos para establecer esa comunicación. Han sido tres experiencias cercanas de las que ponen de manifiesto la realidad compleja, bella y dura a la vez del ser humano. Si nosotros no podemos qué sentido tiene creer que ese ejército de… no sé cómo calificarlos, hacedlo cada uno, son capaces de lograrlo. Lo que verdaderamente cambiará una historia es ese ejercicio constante de comunicación anónima, diaria y verdadera, empezando en nuestro círculo más cercano e íntimo.
Las palabras acercan y alejan, depende de cómo las utilizamos, pero sólo comunican las que llevan adheridas a sus signos, sean gráficos o fónicos, una semántica auténticamente vital, una carga de emociones y, sobre todo, un enorme cargamento de verdad. Es muy difícil la comunicación sin que a veces lleve palabras que hieren, aquellas que hacen daño y que a menudo callamos por temor. Temor a dañar al otro o temor a salir castigados nosotros y la consecuencia, a menudo, es el distanciamiento y es ahí donde casi siempre resultamos doloridos. No hay madurez sin aprender a aguantar el dolor y no hay relación madura sin que en su ir y venir se entremezcle la alegría y el dolor, la risa y el llanto. Comunicarse es hablar con sinceridad y sin miedo a ese dolor. El significado de las palabras no es único sino que depende de su contexto, de su entonación y de todo aquello que las acompaña. El acto de comunicación no puede detenerse si creemos que las emociones que hay sobre el tapete no son las adecuadas. Hay emociones que aportan un plus de sinceridad en ese acto y que ayudan a que la comprensión del otro sea más completa, del mismo modo que nos ayudan a crecer. Dialogar también es llorar y que las palabras nos salgan como en una catarata mientras el llanto nos recuerda o que nos salgan entrecortadas al tiempo que intentamos controlar los sollozos. Pero dialogar también es reír, dejar escapar las palabras al tiempo que las carcajadas, pero una risa sin soberbia y sin egolatría. La comunicación se produce cuando la risa que la acompaña se encuentra basada en nosotros mismos, somos nosotros los sufridores de la mismas y sus destinatarios. En ese intercambio de sonidos también hay que recalcar la importancia del silencio en la comunicación, del mismo modo que el silencio es fundamental en la música lo es en el diálogo para aportar significado y para, fundamentalmente, escuchar. No hay diálogo sin escucha, no hay diálogo sin silencios, parece que estamos siendo educados en un combate verbal en el que lo que verdaderamente importa es imponerse al contrario derrotando el argumento que creemos que el otro emite para eso es necesario interrumpir, adelantarse, el silencio y la escucha parecen de perdedores. Este es el teatro del ring al que asistimos en la televisión pero muchas veces es tán bien el que nos encontramos en nuestra sala de estar.
Pero la comunicación no ha de basarse únicamente en palabras también es conveniente que sea un diálogo corporal. No me refiero exactamente a una sexualidad genital, está expresa sí pero carece de matices y estos son los que han de acompañarnos siempre, hablemos, callemos o acariciemos. Es nuestra naturaleza animal la que ponemos en juego, absolutamente necesaria, si, pero insuficiente. Expresarnos corporalmente es saber responder a la llamada  la otra persona. El diálogo corporal, la comunicación que pretendemos hacer es la del abrazo cálido y firme, es la que besa cada una de las lágrimas que van cayendo, la que acaricia con las yemas de los dedos el cuerpo desnudo, en silencio, mientras la otra persona siente y escucha ese silencio, es la que también besa ese cuerpo desnudo mientras el otro va cicatrizando sus heridas. En este diálogo es indispensable la mirada cómplice, sanadora, saber escuchar con los ojos y también hablar con ellos.
Se trata de cambiar el mundo desde nuestro entorno más íntimo con el ejercicio del diálogo y al mismo tiempo cambiarnos a nosotros mismos.
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martes, 23 de febrero de 2016

El lobo solitario

 
El llamado “terrorismo del lobo solitario” es utilizado para cualquier acto violento llevado a cabo fuera de una estructura de comando. El terrorista “lobo solitario” comparte una ideología con un grupo pero actúa por sí mismo sin recibir instrucción alguna, suya es la planificación, suyas las tácticas aunque los objetivos sean los del grupo. Pero no nos engañemos, el terrorismo no es siempre aquello que inmediatamente nos viene a la cabeza sino que también puede ser doméstico, el lobo solitario puede estar en casa, la violencia puede ser física y/o psicológica. El terrorista puede acostarse en nuestra cama, se trata de ese animal que se mueve encolerizado de una pared a otra de nuestro dormitorio, que con la misma mano que te acaricia también te golpea. La soledad en la que se mueve es también en la que a ti te va dejando. La boca que te puede halagar es la misma que te envenena y mancha Hay algo común a todos: es el macho. Se retroalimenta de algo que todos los machos parecemos llevar en nuestros genes: la pasión por el dominio, la ambición de poder, la exaltación de la fuerza. Es el macho el que caza, el que castiga, el que devora hasta encontrarse ahíto. Alimenta sus ansias de control devorando el plancton que el micromachismo siembra a su alrededor, aquel que frecuentamos la gran mayoría de los hombres sin darnos cuenta de su naturaleza o aquel ante el que guardamos silencio como si no tuviera valor en sí mismo y no mereciera la pena el conflicto en el que nos veríamos envueltos para la repercusión que tiene. Es fácil formar parte del coro que ríe las gracias envenenadas. Necesitamos detenernos ante el espejo con frecuencia y mirarnos a los ojos para descubrir en ellos de qué parte estamos ya sea por exceso o por defecto, por la presencia frecuente de la ira o por la ausencia cotidiana de la ternura. Ese lobo solitario que rechaza la presencia necesaria de su lado femenino para poder borrar en él las huellas del terror. Armarnos del coraje necesario para poder pedir perdón por el hecho de ser hombres sabedores del drama que desencadenan aquellos que se dicen nuestros iguales, los que han dejado heridas que difícilmente cicatrizan y que ellas las llevan para siempre en su mirada y que sólo nosotros, los hombres, podemos sanar al mismo tiempo que nos sanamos a nosotros mismos.
video 

Esta mujer se hizo una foto al día durante 1 año. El final me dejó mudahttp://www.nolocreo.com/violencia-domestica/


sábado, 6 de febrero de 2016

DESFILE DE COCHAMBRE


 

Acceder a la U.C.A., aunque sólo sea para una operación de cataratas, es acceder a un desfile de cochambre, la miseria que todos llevamos dentro disfrazada con camisones y batas, no sé bien diferenciar una cosa de la otra. Es triste y cómico a la vez ver caminar a ese varón adulto con una indumentaria de ese cariz sujetándose como puede la abertura que lleva atrás, intentando tapar lo que no debe ser visto. Así uno, y otro y otro y otro. En mi sala yo soy un caso atípico por la edad, el resto me supera ampliamente, la media de edad no debe bajar de los setenta y tantos, yo tengo veinte años menos, pero allí estamos todos encamisonados, sería difícil distinguir una clase de otra, todos con ese porte ridículo a la espera del quirófano. Supongo que los de alta alcurnia no estarán allí y si llegan a estar vestidos de esa manera no se ofrecerán a la vista de todos. Es patético y tierno a la vez observar los muslos blancos y las carnes flácidas que con dificultad son cubiertos por esa tela ligera que a todos nos iguala. En la sala del lado tres muchachas esperan igualmente vestidas así que les llegue el turno no sé a qué. La impresión que causan desde luego no es la misma, ni mucho menos, este indumentaria parece sumar años a quien los tiene y restárselos a quien no los tiene. Es difícil mirarnos unos a otros en silencio y no pensar en la vida misma, en nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Dos mujeres compiten en relatar sus males, quién da más. La artrosis, la osteoporosis, el lumbago, la diabetes nos sobrevuelan a todos. De vez en cuando, con una silla de ruedas vienen a buscarnos. Yo traigo la mía propia, no sé bien si es un punto a mi favor o en mi contra. Y sin embargo, en esa aparente basura humana, restos de un naufragio en el que intentamos sobrevivir como podemos, cuanta vida acumulada hay, cuántas historias trágicas unas, cómicas otras, cuantos relatos de amor podrían hacerse, cuántas miradas, cuantos silencios, cuantas caricias, cuantos fracasos, cuántas lágrimas, cuantos abrazos. La vida se pasea entre nosotros con una fina bata y sus vergüenzas al aire, sonreímos al verlas, poco hay que perder ya. Cuanto podríamos enseñar a esas muchachas en flor que están a nuestro lado, cuánto podrían aprender de esas miradas, de esos silencios, de esas caricias, de esos fracasos, de esas lágrimas, de esos abrazos, pero quizás hay un tiempo entre nosotros que nos separa y que no les permitirá descifrar los enigmas ocultos, hacerse las preguntas y encontrar las respuestas. Llegó mi turno, dejo mi soliloquio por un rato, toca remendar esta cochambre.

miércoles, 3 de febrero de 2016

LA UNIDAD INDIVISIBLE





En 1981 se aprobó la ley de divorcio en España, hasta entonces el matrimonio era considerado indisoluble, de todo el periodo nacional-católico se arrastraba la rémora de la sagrada unidad matrimonial.  Alcanzar aquello no fue fácil por la presión de la Iglesia Católica y de los partidos de derecha empeñados en esa unidad y una buena parte de la población escandalizada por esa posibilidad. La dificultad se plasmó en la propia ley ya que sólo se alcanzaba el divorcio cuando fuera evidente que, tras un dilatado periodo de separación, su reconciliación ya no era factible, y después de que se demostrase el cese efectivo de la convivencia de las partes o la violación grave o reiterada de los deberes conyugales. La separación había que ganársela. Hoy nos puede parece ridículo ese pensamiento en la medida en que tenemos asumido el sinsentido que supone forzar a la convivencia cuando esta ya no es posible. La posibilidad de divorcio como un derecho es algo irrenunciable y hoy viviríamos como una agresión que nos privaran de ese derecho. En 2005, entraba en vigor la controvertida Ley del 'Divorcio Express' por la aquí se suprimía ese amplio periodo de separación previa. Cualquier abogado aconsejará a una pareja en estos trámites qué en la medida de lo posible se opte por un divorcio de mutuo acuerdo antes que por un contencioso que supondrá un enfrentamiento entre las partes. La cuestión a dirimir no será divorcio si o divorcio no sino la elaboración de su convenio regulador, es decir, de las condiciones con las que se pacta la separación. Un divorcio supone un intento de convivencia fracasado en el que a menudo las culpas están repartidas. La solución a ese fracaso no puede estar en prohibir el divorcio sino en trabajar la convivencia.


El conflicto generado con Cataluña me recuerda, salvando las lógicas distancias, a todo lo anterior, desgraciadamente parece que las partes están interesadas más en el derecho o no al divorcio que en la restauración de la convivencia. Todo invento humano es perecedero del mismo modo que lo es su creador. La nación no deja de ser un invento humano que tuvo su principio y tendrá su final, sea este ahora o más adelante. La verdadera prueba no será cuanto se mantendrá entera sino como se pactará ese final. No todos aquellos que piden un referéndum pretenden romper España, al contrario, buscan la manera dialogada de mantenerla tal cual la conocemos hoy. Aquellos que se niegan a tratar de modo alguno este problema son los que verdaderamente la están rompiendo. Comprobar que son mayoría aquellos que pretenden permanecer en España es la primera manera de cerrar la boca a aquellos que defienden lo contrario. La locura de unos no puede contestarse con la locura de los otros. Los conflictos son la ocasión de pensar su solución no para encerrarse en ideas intocables, es el momento del encuentro y no el de levantar muros para la confrontación. Lo que verdaderamente es necesario tener en cuenta al final no es como queda España sino como quedan los españoles.


martes, 2 de febrero de 2016

EL REPOSO DE LA GUERRERA


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La vida, en gran medida, es un teatro, la representación de papeles que nos vemos obligados a realizar en distintos escenarios. Distintas caras de un yo en las que uno desaparece si no hay espacios y momentos en los que puede quitarse el disfraz. Lugares donde poder bajar del podium y pisar tierra, donde reencontrarse con el animal que uno lleva dentro y con el ser humano grande o pequeño que ha permanecido agazapado tras el ego que te han trabajado todo el día; lugares donde alguien recoja tus pedazos y te recomponga, donde alguien te haga levantar la cabeza y mirar hacia el horizonte; lugares donde poder llorar sin avergonzarse por ello, en los que poder rugir por la rabia acumulada para terminar descargándola en lágrimas; sitios donde encontrarse con uno mismo, donde reconocerse en el espejo sin ocultar sus miserias, esas insignificancias que nos humanizan y descubren el yo de la intimidad con sus pobrezas y sus penurias; momentos en los que a menudo sobran las palabras, basta con un abrazo y una mirada, es suficiente con el beso para sentir como se absorbe la falsedad que traíamos sobre nuestro cuerpo y quedamos desnudos pero libres.

”La mujer es el reposo del guerrero”, se trata de unos términos acuñados por Nietzsche. Es difícil interpretar ese pensamiento de una manera distinta a cómo se hizo. Es por ello que el reposo del guerrero es un concepto desgraciadamente asociado a un machismo dominante, grosero, zafio e incluso violento. Se identifica ese hombre con una vida supuestamente agitada, dura, necesitado de un hogar en el que todo gire su servicio, como directora de ese concierto de agasajos y paz, que la mujer quedaría reducida a un papel oficialmente secundario pero sobre el que gira en la obra, en realidad, la mayor parte de su dramaturgia. Se trata de un hogar sin reposo alguno, por supuesto para ella también encadenada a un papel que no le permite tiempo para la naturalidad, para el desahogo, para el llanto o la risa, para poder mostrar su cara oculta, esa permanentemente censurada incluso por ella misma. Un hogar que no hay reposo ni siquiera para los pequeños guerreros, aquellos que no pueden exclamar con alegría ese “¡casa!” que utilizábamos en los juegos de infancia. En estas circunstancias hablar del reposo del guerrero es, sencillamente, un insulto.

Es necesario el lugar en donde poder ser el débil que todos llevamos dentro tras todo un día de aparentar fortaleza en un mundo en el que no se permite rendirse, el espacio donde poder hacernos preguntas si afuera se nos tiene prohibido mostrar la menor duda, donde poder equivocarnos sin miedo a que se nos resquebraje el disfraz de hombre intachable, donde poder asomar el “pecado” que todos llevamos debajo de un caparazón de forzada pureza, donde poder expresar tu heterodoxia sin miedo a que te tachen de hereje, donde poder equivocarte sabiendo que allí todo tú eres conocido, donde descansar el gesto y la palabra, donde el silencio no es atronador. El lugar del reposo de todos los guerreros, donde la guerra desaparece y se establece la paz, el lugar dónde sanar las heridas que arrastramos de la pelea de la vida. La mujer es el reposo del guerrero y el hombre el de la guerrera. El lugar del reposo de la guerrera, aquella con la que desde hace tanto tiempo estamos en deuda los hombres y que es llegado el momento de ofrecerle tantos conceptos que hicimos nuestros y rendirle el tributo que desde hace tanto tiempo le debemos.


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