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jueves, 27 de abril de 2017

LLACH



Con frecuencia he dicho cuando ha surgido la ocasión que para mí Lluis Llach era el mejor cantante, por sus letras y su música, de España. Sé que esta opinión no sería de su agrado ya que él, supongo, que nunca se ha considerado ciudadano español. Si es así ha de perdonarme si digo que esta consideración es una solemne tontería. Le guste o no, es español. Sigo pensando lo mismo. Las canciones de Lluis Llach han formado y forman parte de mí. Que tinguem sort, L'estaca, Somniem, I amb el somriure la revolta, Vida, A força de nits y, por supuesto, el Viatge a Ítaca, estos temas son también míos, nunca dejarán de serlo, aunque seguramente yo los viva de manera diferente. Cuando uno produce una creación de ese tipo deja de ser exclusivamente suya desde el mismo momento que la hace pública. Estos días me genera una tristeza grande escuchar sus palabras de amenaza a los funcionarios que no obedezcan su sueño, obviando deliberadamente a esa mayoría que no lo comparte y sin importarle que su sueño sea para esos otros una pesadilla. El poeta se ha convertido en un hombre vulgar, o quizás siempre lo fue. Es nuestro pecado idealizar a aquellos que veneramos, sin atrevernos a asumir que el rey está desnudo. Lluis Llach ha olfateado el aroma del poder y ha decidido que es el momento de ejecutar ese sueño sin importarle el sufrimiento de aquellos que no lo compartan. Está convencido de que es el momento de construir su Ítaca particular aunque para ello tenga que contradecir a Cavafis, Ítaca ya no es el camino. La anhelada Ítaca deja de ser tal desde el momento en el que se la considera alcanzada. Aquellos que no compartan su ambición no son arios, se trata de personas que han venido a ocupar su tierra prometida, extranjeros, los charnegos. No parece consciente Llach de que las posiciones políticas no son legitimadas por un sentimiento nacionalista, que la pretendida pureza política también puede envenenarse, que la persecución ejercida desde el poder no se puede bendecir solo según sea el color que la ejecuta, el nacionalismo no es una posición social, en todos aquellos que no comparten el independentismo (que guste o no son mayoría) seguro que hay una parte muy importante de población trabajadora, aquella que sobrevive a pesar de las continuadas noches, para la que nadie consigue tumbar la estaca que la amenaza ni alcanzar su propia Ítaca ya que el poder siempre está en las mismas manos se llame como se llame la nación en la que vive. No dejaré de escuchar sus canciones, ya lo he dicho, ya son mías, aunque vea a su autor actuar de una forma patética. Detrás del arte siempre está el ser humano, con sus miserias y contradicciones; afortunadamente el primero permanece aunque el segundo, a menudo, se olvide.





sábado, 22 de abril de 2017

LIBROS



En algún momento de mi vida debió de iniciarse en mí cierto fetichismo con los libros que más allá de su lectura también se convirtió en el ansia de acumularlos. Era el placer de tenerlos en mis manos, de olerlos, de pasar sus páginas, de ver su tipo de letra, la manera en cómo se distribuye su texto, la ilustración de su portada. Siempre era este placer anterior a su lectura aunque pugnaba con el apetito voraz por comenzarla. Desde pequeño tuve una mala memoria por lo que he de reconocer en ese afán lector algún deseo de vampirizar su contenido suponiendo que alguna riqueza siempre quedaría con su lectura a pesar de que fuera fácil su olvido. Pero en ese vuelo obsesivo a través de los libros ha habido algunos que dejaron en mí una huella imborrable y formaron mi pensamiento y mi actitud ante la vida. Libros hermanos, libros amigos, libros maestros. No me entendería a mí mismo sin ellos, no se podría comprender totalmente mi mirada sobre la vida. Libros todos que me han ayudado entender la complejidad de la vida, llegado un momento no sé bien si fui yo el que fue hasta ellos o fueron ellos los que vinieron hasta mi, que estábamos condenados a encontrarnos.
En ese convivir en el que yo me empeñé pronto las librerías se convirtieron en lugares en los que yo me perdía  con frecuencia. Era la satisfacción de sentirme rodeado por libros y poder coger y hojear uno u otro, intentar olfatear aquel libro que me estaba esperando y dejarme sorprender por algún otro que no esperaba. Esas librerías condenadas hoy al transformismo para poder subsistir y esas editoriales obligadas a enriquecer sus ediciones para que el lector perciba que lo que tienen sus manos es una joya que difícilmente podrá encontrar en formatos electrónicos. El e-book, hasta el origen del nombre le ha sido robado al libro electrónico para que pierda su escasa sensación de cercanía, trae consigo muchas posibilidades pero no deja de ser una nube en la que nos adentramos y salimos de ella como si saliéramos de una niebla más o menos densa. Ese libro no pesa, no huele, no ocupa espacio, quizás virtudes para una sociedad líquida que exige que todo tenga ese carácter de venir y marcharse dejando la menor huella posible.
Hoy leo en un libro electrónico, no puedo sostener uno de papel, se me cae de las manos, no puedo pasar páginas, soy incapaz de separarlas, pero sigo necesitando vivir con esos libros que me han acompañado estando alrededor de mi. Poder verlos, sentirlos, saber que están ahí y que con ellos sigo estando yo, que los pedazos que de mí se van desmoronando aguantarán mejor si ellos están conmigo y si alguien coge después uno de esos libros me está también cogiendo a mí y yo sueño con quedarme en algún lugar de su interior.

martes, 18 de abril de 2017

LA VIDA ENTRA POR LA PUERTA



Tumbado en la cama esperas. Inmóvil, con los ojos abiertos, esperas. Tu cabeza le da vueltas a algún pensamiento, algo a lo que darle forma luego y déjalo vivir en la nube, esa en la que buscas pedazos de vida y en la que quieres ser medianamente útil. Ahora esperas. La nube es para ti la ventana por la que te asomas a la vida pero no es la vida. No te mueves, no puedes hacerlo, la inmovilidad es un trago duro de asumir, la vida continúa pero tú no puedes hacer nada para seguirla, sencillamente esperar.


Oyes subir los escalones de la vivienda común y girar la llave de la casa. La vida entra por la puerta. No la vida que has dejado abandonada porque esa que está entrando tú no la conocías, únicamente hablabas de ella porque habías oído hablar de la misma, habías leído algo, has tenido que esperar a esta situación para dejarle las llaves de tu casa y que entre en ella cuando quiera. Es la vida en estado puro. Quizás no sea una inmaculada  existencia, difícilmente lo es alguna, pero es aquella que viene a cuestionar tus prejuicios, la que pone en evidencia tu acomodado estado aún desde esa quietud que siempre puedes tener la tentación de utilizar como coartada; tu conservadora vida por mucho que quieres teñirla de rojo. Es la de los supervivientes, la del señalado y castigado grupo de los gays, la de la permanente cuesta arriba de los inmigrantes, los del riesgo de ahogo más allá del Mediterráneo de los subsaharianos, los del devaluado y apartado  grupo de los sudamericanos, la de los "amenazadores" musulmanes, la de los de familias desestructuradas, la de quienes sobreviven a la soledad, la de la mujer castigada doblemente por mujer y por pobreza. Supervivientes al fin y buenos. A pesar de las dificultades a las que se enfrentan, buenos. A pesar de sus orígenes siempre catalogados y sospechosos, buenos. Los de la permanente sonrisa a cambio de nada. Los del beso y la caricia, los que saben que nunca se rebajan cuando sirven, los que verdaderamente están cambiando el mundo.


La vida entra por la puerta cuando creías que en tu burbuja ibas a permanecer sin estar en ella. Es la vida la que ha venido a ti y te ha envuelto con su manto, la que te ha regalado su presencia, la que te ha abierto los ojos un poco más, la que desde tu inmovilidad  te ha removido por dentro. La que, a pesar de tu pequeñez, te ha dado valor y la que, sorprendentemente, entró y ahora también sale por la puerta, pero es también la tuya, a pesar de que quedes aquí inmóvil, es tu vida la que sale también con ellos, la que te ha enseñado una parte del mundo que desconocías y que te ha convertido, ahora sí, en ciudadano del mundo.