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miércoles, 17 de mayo de 2017

Quisiera ser vuestro perro (Carta abierta a nuestr@s parlamentari@s)






Me llamo Jesús Mora y soy amigo de Luis de Marcos. Hace dos días conocí su deseo de morir y para eso ha iniciado una campaña en Facebook demandando la legalización de la eutanasia. Le comprendo, yo, como él, tengo esclerosis múltiple aunque mi estado físico no haya llegado todavía al extremo del suyo. Comprendo su sufrimiento, comprendo su agotamiento, comprendo su deseo de libertad para él y para todos. Yo aún no he llegado a su estado de tetraplejía, pero no me falta mucho, mis piernas no se mueven nada ya y mis manos van camino de ello. Desde hace 16 años tengo un dolor neuropático permanente en mi mano derecha, es como una quemazón, como si la palma de mi mano se hubiera quemado y desde entonces no he pasado ni un solo segundo sin esa sensación; desde hace algunos años menos también tengo esa sensación  en mi mano izquierda, también tengo diariamente espasmos dolorosos en las piernas. No es necesario entrar en detalles del resto de síntomas que acompañan a estos y del grado de dependencia que esto supone. No es extraño pues que llegado al punto en el que Luis se encuentra uno se encuentre agotado de respirar, pues a esto termina limitándose su vida. No se trata de amor a la muerte ni de odio a la vida, Luis ama esa vida, doy fe de su personalidad vitalista, es por eso por lo que ya no aguanta ese sucedáneo de vida en el que se encuentra. Podéis empeñaros  en negarle ese derecho, el de la muerte como parada cardiorrespiratoria definitiva, pero llegado a ese punto uno sabe que la muerte ya ha llegado aunque el corazón todavía lata. Únicamente lo que se logra es prolongar esa muerte de forma indefinida. Es por eso por lo que pienso en vuestro perro, el que tenéis o podríais tener, con toda seguridad no soportaríais contemplar diariamente su sufrimiento, su incapacidad de moverse, sus espasmos continuos, sus ladridos de queja. Con toda seguridad ya lo habríais llevado al veterinario para que pusiera fin a ese sufrimiento. ¿Vale menos la vida de Luis, o la de todos nosotros, que la de vuestro perro? ¿Qué Dios ha puesto un precio tan desmesurado a las nuestra? ¿En qué Dios tan falto de piedad creéis incapaz de un gesto que vosotros por humanidad tendríais con vuestro perro? ¿De qué tenéis tanto miedo vosotr@s polític@s que no os importa dejar morir con tanto sufrimiento? La política es un ejercicio de responsabilidad y esta responsabilidad hay que asumirla ante el ciudadano no ante el aparato de vuestro partido. Son las consecuencias que vuestras decisiones tienen para eso ciudadanos, no para vuestra organización, lo que hay que tener en cuenta. La vida es demasiado maravillosa como para dejarla en manos de cínicos o cobardes y que se haga de ella un infierno. No me valen filigranas dialécticas para ocultar vuestro miedo. Sabéis que el tema de la eutanasia ya está mayoritariamente asumido por nuestra sociedad, el que lo sigáis aplazando sólo responde a intereses partidistas y que no basta con los legítimos derechos del paciente expresados en el actual testamento vital. El momento es ahora, aplazarlo sólo pondrá de manifiesto la procrastinación de vuestra organización, el irritante trastorno del comportamiento estructural que supone. Ayudad a Luis y ayudémonos todos. No está escrito el futuro cercano de nadie en el horizonte, por eso, tampoco el vuestro.

jueves, 11 de mayo de 2017

DEPENDIENTES





Me seguía a todas partes, no podía deshacerme de ella. Era mi sombra, difícilmente podía hacer algo sin tenerla presente. ¿No tenía otra cosa que hacer esa mujer salvo estar pendiente de mí? Mi vida se había convertido en la suya, su rostro no me era desconocido, la había visto anteriormente, pero era incapaz de recordar su nombre. Su recuerdo se remontaba a un pasado muy antiguo, pero su presencia constante la había difuminado hasta mezclarse conmigo. Aquella mujer había perdido su personalidad para terminar siendo la mía. O la mía la suya, no lo sé bien, el caso es que yo no podía huir de ella.




En la foto, una mujer daba de comer a un hombre encamado. La fotografía formaba parte de la exposición Under Pressure sobre la situación de los enfermos  de esclerosis múltiple en 12 países europeos. Cuando el grupo llegaba a ella yo siempre preguntaba en ese momento: “¿Cuál es la persona dependiente?”. La respuesta inmediata era “el hombre”, pero no tardaba alguien en decir que eran las dos personas que aparecían en la foto.  En efecto, las dos personas estaban encadenadas una a la otra. Cómo puede realizar él cada una de sus funciones corporales si no es con la ayuda de otras manos, las manos que le visten, las manos que le asean, las manos que le levantan, las manos que le acuestan, las manos que le permiten realizar sus necesidades, las manos que le dan de comer, las manos… Sus tiempos han de ser idénticos, desde el amanecer hasta el anochecer, desde el despertar hasta el dormir. Dos seres que terminan siendo miméticos. Ella no puede dejarlo solo, sus pies y sus manos son inútiles, conoce el momento en el que se ha de levantar, no puede dejarlo sentado en su silla de ruedas desde el amanecer, su cuerpo no lo soportaría; tampoco puede dejarlo acostado todo el día, tiene que incorporarse en algún momento. Conoce las rutinas que hay que seguir con él en las horas de las comidas, sabe cuáles son sus momentos de micción y qué hay que hacer con él para que pueda defecar. Seguramente tuvo que abandonar el trabajo, todo esto sólo se puede solucionar a base de dinero, que otra persona realice alguna de esas funciones, pero sus ingresos no daban para ello. Es un círculo vicioso que no tiene salida, cada vez más pobres, cada vez más necesitado él y más necesitada ella. Atrapados, la una al otro. En ese pequeño infierno solo alguna caricia abre ventanas hacia el cielo, una mirada de ternura, un beso de complicidad. Dos santos atrapados en una vida infernal.



 En algún instante se me ha iluminado la memoria, ha abierto su cerrojo y he podido identificar su nombre, era la inmensa cercanía lo que lo dificultaba, era necesario tomar cierta distancia. Yo me llamo Mercedes, ella, Jesús. 

 Fotografía de Walter Astrada, tomada en Bielorrusia.